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Ganadoras del Primer Concurso "Abrazando nuestras Experiencias"

Preguntas y respuestas sobre el cuerpo femenino

Por Guadalupe López García
Periodista con Especialización en Estudios de la Mujer por el PIEM de El Colegio de México, se ha desempeñado como guionista y productora de radio; colaboradora, editora y coordinadora editorial en diversos medios como el IMER y la SEP, La Jornada, El Día, Uno más uno, Fem y Notimex. Fue jefa del Área de Construcción de Cultura Ciudadana del Centro Integral de Apoyo a la Mujer “Esperanza Brito de Martí” en Venustiano Carranza (ahora Unidad Delegacional Inmujeres-DF y coordinadora de la Unidad Delegacional de Iztacalco del Instituto de las Mujeres del D.F. (Inmujeres-DF), hasta este año. Ha recibido reconocimientos a su labor periodística y en defensa de los derechos de las mujeres por parte de la AMMPE, Conmujer, Cimac y la delegacion Iztacalco del DF.

En esta época en que los cuerpos femeninos y masculinos se muestran en público medio o totalmente desnudos sin que se escandalicen las “buenas conciencias”; cuando en los libros de textos presentan en imágenes los genitales de ambos sexos, o cuando la ropa para mujeres es minúscula y entallada, parece contradictoria la vergüenza, incluso el miedo, que sienten por sus cuerpos muchas niñas, jóvenes y adultas.

No me refiero a la gordura o a las famosas llantas, o a la anorexia, bulimia o la compulsión por comer, que suficiente tenemos con la condena social y el daño a la salud; sino al cuerpo en general y a las partes que juegan un papel fundamental en la sexualidad y reproducción humana.

Ya hay cambios en el exterior, pero por dentro aún queman y duelen las enseñanzas, los códigos implícitos y explícitos que la religión, la cultura y hasta la ciencia impusieron para mirar con temor, con desconfianza, con asco y hasta con sospecha este cuerpo nuestro.

Más que una reflexión a fondo sobre los significados del cuerpo femenino, presento mis vivencias en relación con los cuerpos de otras mujeres a las que he mirado o les he hecho muchas preguntas, ya sea en los talleres que he dado o en las pláticas entre conocidas y no tan conocidas.

“¿Te da vergüenza tu cuerpo?” es la pregunta que hago con frecuencia. La mayoría de las respuestas es similar: “No, yo no siento pena”. Bueno, tampoco me van a decir: “pues fíjate que yo aprendí que…” Otras con la mirada me dicen todo: “qué te importa”. Pero en cualquier comentario está lo que nos enseñaron o lo que aprendimos: a mentir, a no sentir o a ocultar aquello que nos haga daño o cause dolor.

Y en cada escena, como una obra teatral, está lo que nos han enseñado o hemos aprendido a representar: un cuerpo que disfrazamos, ocultamos o negamos.

Escena 1: en los vestidores
En los balnearios, aparte de que muchas mujeres se meten al agua con short, pantaletas, sostén y playera –todo junto–, existen diversas estrategias para evitar que las vean desnudas en los vestidores, incluso las de cuerpo escultural, altas y esbeltas que se pasean por todos los espacios.

Es muy común “hacer casita” entre varias para que una se cambie de ropa, pero me impresionó cuando vi a tres niñas de entre 7 y 12 años que tapaban a una cuarta y que se volteaban para no verla.

También para bañarse en las regaderas comunes, las mujeres lo hacen con el traje puesto, o cuando no hay puertas se cambian en los sanitarios, asunto que me saca de mis casillas, pues cuando voy a orinar tengo que esperar hasta diez minutos o más.

Una vez, una joven de unos 25 años se puso y abrochó el sostén sobre el traje mojado y con mucho trabajo se quitó la parte de arriba. Pensé ¿cómo le hará para lo de abajo? pues era un traje de una sola pieza.

En otra ocasión llegué al vestidor, me bañé y vestí. Al salir estaba un joven con un bebé que lloraba a pulmón abierto, pasaron 10, 20, y después de más de 30 minutos, la mamá salió acompañada de otras tres mujeres; el chavo estaba hasta la madre, se enojaron y bueno, el bebé tenía hambre.

Le pregunté a mi esposo si en los vestidores de hombres era lo mismo, "hacerse casita" y todo lo demás, la respuesta era obvia: no.

Escena 2: el sostén
Pensé que ya no sucedía, pero me equivoqué: muchas mujeres duermen con el sostén abrochado. Los argumentos que he encontrado son de lo más variado: “ya me acostumbré”, “me siento rara”, “me siento incómoda”, “me molesta el colchón”, “así las mantengo en su lugar”.

Para dormir, una joven de 15 años, aparte del sostén se pone camiseta. Tiene los senos grandes. Dice que sus compañeras le hacen burla pero que no le importa. Ella usa playeras holgadas y siempre anda con suéter, incluso cuando hace calor. “Es para no darle gusto a la gente de que me vean ‘prieta’.” Cuando le pregunté si se ha visto desnuda en el espejo dijo que no.

En un programa radiofónico, una radioescucha comentaba que es muy bonita, con buen cuerpo y eso le ha abierto las puertas en varios lados; pero no logró superar la vergüenza de tener los senos grandes y por eso siempre usaba suéter, aun cuando hiciera calor.

Escena 3: el espejo
Cuando pregunto a las mujeres con qué frecuencia se miran desnudas al espejo, la frecuencia es “nunca”. Mucho menos se ven sus genitales. Me alegra que muchas mujeres identifiquen al clítoris como la parte que tiene como función el placer, y que cada vez más hablen y sientan un orgasmo, pero a ellas mismas les pregunto si conocen su clítoris, si se lo tocan y lo revisan, o si se rascan cuando les da comezón. La respuesta es simple: “no”.

Les comento que pueden verse acostadas o paradas y poner un espejo entre sus piernas, abrirse con las manos limpias para conocer la entrada de su vagina o sus labios mayores y menores. Pero este comentario, más que con gusto, es recibido con asco, bueno, lo digo por las caras que hacen.

Escena 4: los senos
En unas jornadas de mastografías gratuitas en las que participé en su organización, la pregunta que más hacía era si se hacían su exploración mamaria, muy pocas respondían que cada mes, algunas de vez en cuando y la gran mayoría que nunca lo habían hecho. Unas sí sabían cómo pero no lo hacían, y otras lo desconocían.




Al preguntarles a las radiólogas cuál era el momento en que más se tardaban para practicar el estudio, me dijeron que cuando las mujeres se desvestían. El estudio tarda menos de diez minutos, pero había ocasiones en que el tiempo se duplicaba por ese hecho.

En una de esas jornadas, una joven más o menos de 19 años –no recuerdo bien la edad— insistía en que le hiciéramos la mastografía. Se le explicó que sólo a mujeres mayores de 40 años y le recetaba todos los argumentos. Ella decía que era urgente porque le salía pus de los pezones. Al preguntarle desde cuándo, ella me dijo que hacía más de un año. La cuestioné que por qué no había ido al Centro de Salud. Se soltó a llorar y me dijo que tenía miedo de que le dijeran que estaba mal.

Otra joven de unos 20 años tenía el mismo problema y le pregunté si ya se lo había dicho a su mamá, me dijo que no, que le daba pena y sólo se ponía papel de baño para no mancharse la ropa.

Varias mujeres de más edad, pero que no llegaban a los 40 años, edad mínima para realizarse el estudio, se molestaban porque se les negaba el servicio. La mayoría aludía a que tenía bolitas o que les dolían los senos y las molestias las tenían desde hace meses, pero casi ninguna se había atendido.

Escena 5: la vagina
En dichas jornadas, organizadas por el gobierno del Distrito Federal desde el 2005, también se ofrecía la prueba para detectar el cáncer cérvico uterino, conocida como Papanicolaou. Hablé con cientos de mujeres de 40 años y más que nunca se habían hecho la prueba. El argumento era que no la conocían. Pero ¡cómo! Si cada vez más se habla de esa prueba, y en los centros de salud y otros servicios médicos la ofrecen. Pues sí, pero así era.

Una funcionaria de la Delegación Iztacalco me comentó que cuando hacían visitas domiciliarias para invitar a las mujeres a su unidad móvil, un hombre muy molesto dijo: “mi mujer no tiene que hacerse esa prueba pues no anda de loca”. Había jovencitas de unos 19 años, no más, con bebés o niños pequeños, que no conocían la prueba y no sabían a partir de cuándo se la tenían que hacer.

Algunas adultas mayores decían que ya no tenían relaciones sexuales, otras que no tenían útero y, de nuevo, la gran mayoría, que les daba pena. Pero también muchas decían que esa prueba era muy dolorosa y por eso casi no se la hacían, que había enfermeras que las lastimaban y que las trataban mal. Sobre el dolor estoy segura que así es, pues las mujeres se ponen muy tensas y por eso cuesta trabajo introducir el espejo y raspar.

Pero es un dolor que puede evitarse si nosotras las mujeres empezamos a conocer y a convivir con nuestro cuerpo de otra forma. No sólo nos ahorraríamos el dolor físico, sino el emocional, pues también puede causar dolor la figura que refleja un espejo de cuerpo entero.

El cuerpo nuestro de cada día ya no debe ser un terreno de dolor, sino de placer, de un inmenso placer que nos da el conocernos, tocarnos y acariciarnos. En mis pláticas con mujeres conocidas y no tan conocidas les hago otra pregunta más:¿quién nos dijo que para sentir placer se necesita de otro u otra?

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