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La ausencia



Por Silvia Rodríguez Trejo
Profesora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo, y colaboradora en el Programa de Radio "Quinto Poder" en Radio Universidad de Hidalgo


Por quienes se han ido,

y siempre estarán presentes.

La ausencia, la terrible ausencia de los seres que se van para no volver, esa ausencia donde el adiós no fue planeado como definitivo, ya que hubo un "hasta luego", un "nos vemos después". Promesas no cumplidas, caricias que se han perdido. Ausencia que nos dolerá hasta los huesos, cuando nos arrepentimos por no haber dicho esa palabra de apoyo, por no haber dado ese abrazo, por negar ese beso. La ausencia de quienes no estarán ahí, en nuestro espacio aunque su presencia lo inunde y el vacío se impregne. La ausencia que duele, la ausencia que agobia y que, poco a poco, vamos llenando de olvido, de tiempo, de cosas. La ausencia de quienes sabemos no regresarán y que, de alguna manera, esperamos ver en cada esquina, en cada plaza, en cada puerto.

Ausencia que se toca y al hacerlo, nos hiere; vacío que carga silencios, preguntas sin respuesta, un par de brazos que rodean la nada, unos ojos que lloran el recuerdo, una risa que inunda el pensamiento pero que no llega a los oídos, un rostro que se lleva en el alma y nos quita el aliento.

La nostalgia nos invade por quien hoy se ha marchado, y hurgamos en nuestros recuerdos como queriendo rescatar tantas historias, tantos momentos, pareciera que así le rescatáramos del tiempo. Y si el tiempo corrompe todo, también corrompe el recuerdo, y esas historias poco a poco se pierden, se las lleva el viento lejos, muy lejos, aunque de pronto las regresa, las pone frente a nosotros para decirnos que el pasado es parte de lo que somos y lo que seremos.

Ausencia de risas, nostalgia de momentos, recuerdos que sabemos de cierto, serán en principio constantes y que, poco a poco se irán perdiendo. Presencias que se alejan, juramentos que se pierden en lo eterno, espejos que se cubren quizá por un momento para después ser el reflejo de otra mirada, de otro cuerpo, objetos que se tornan a veces tan violentos.

Suspiros que de pronto se vuelven lamento, pasos sin destino que no llevan a buen puerto cuando recordamos con tristeza a quienes que se han marchado, cuando les quisiéramos aquí, en nuestro espacio, en nuestro tiempo.

Ausencia que nos hace buscar un consuelo en el cielo, en las estrellas, en Dios, en nuestro yo interno. Ausencia que nos mueve a ser menos severos con la vida, con la gente, al menos por un tiempo para después por costumbre y por suerte, volver a ser como siempre, cargando solamente un tenue recuerdo de los seres que partieron.

Adiós no se dice, se dice hasta luego, y en lo profundo del alma se agotan los sueños de volver a verles, de escuchar sus voces, de sentir su aliento, de contarles nuestras penas, de compartir nuestra dicha, de tomarnos unos tragos, de "morirnos" de la risa.

Pero es hora de guardar los objetos que nos dejan, aquel libro apenas leído, aquella foto de la escuela, aquel boleto de la entrada de un antro de mala muerte, la medalla que decía le traía buena suerte, el perfume que seducía al amor de sus amores, el trabajo inconcluso, la invitación desechada porque en su agenda no estaba marcada su despedida.

Ausencias que hoy nos cubren, recuerdos que no nos dejan, pero pasadito el tiempo, poco a poco se van yendo, como todo un día se irá, que al fin, nada es eterno.






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