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II Encuentro de Contracultura, 2011. Cuando "lo personal es político"



Por Alma Margarita Oceguera Rodríguez


Para quienes salieron, salen y saldrán
a defender sus/nuestros amores y derechos.
PTREA



El amor es, ha sido y debería de ser siempre, la circunstancia que mayor felicidad brinde a todas las personas, mujeres y hombres, jóvenes o adultas, independientemente de su orientación sexual o cualquier otra circunstancia ajena al respeto y dignidad humana.

En mi edad adulta me he enamorado perdidamente algunas veces, estuve casada con una mujer danesa, si, en Dinamarca. He vivido maravillosas y extraordinarias experiencias como muchas/os de ustedes y en todo ese tiempo, el feminismo, entre otras cosas, ha sido una guía de vida personal y política. Sin embargo, en mi adolescencia lésbica, mi primera relación lésbica estuvo caracterizada por la complejidad, la incomprensión, el rechazo, fue una etapa difícil, de represión, autocensura, temor, inseguridad, incluso sentimientos de culpa, así como de fuerza, entrega y convicción personal de lo que sentía. Mi entorno e interioridad emocional reflejaban la doble moral mundial y particularmente la sudcaliforniana, la visión paceña de los años 70,s. No muy distinta a la de hoy, en muchos aspectos. La diferencia fundamental es que quienes pertenecemos a la comunidad de lesbianas, homosexuales, bisexuales, transexuales, transgéneros, travestis, intersexuales, etc., ya no nos escondemos. Y no es porque el mundo, en abstracto, nos dio la bienvenida, ha sido y es porque imponemos con nuestra presencia orgullosa e irreverentemente abierta, un acto político, amoroso y cotidiano de elección de vida.

Hoy, quienes nos asumimos públicamente, ejercemos una posición que no se limita a cultivar pieles, noches y camas clandestinas, sino a la vida misma: exigimos respeto en el trabajo, en las calles, en la casa, demandamos derechos iguales a heterosexuales, demandamos justicia, reivindicamos la diversidad de familias, etc. Es decir, ejercitamos lo que actualmente denominan derechos humanos, aunque desafortunadamente, un gran número de la población mexicana, desde gobernantes, partidos y ciudadanía, desconocen que significan estos en la práctica. Por ejemplo, sabríamos que a cualquier omisión de una autoridad sobre hacer valer el respeto a mi elección sexual, a derechos de pareja, de igualdad de oportunidades, de no discriminación, etcétera, todo ello que por derecho me corresponde, el Estado-nación tiene la obligación de promoverlo, defenderlo, garantizarlo y rendir cuentas de ello sobre si lo hace o no, cómo, cuándo, etc. Es decir, los crímenes de odio, maltrato y discriminación, realizados de forma velada o abierta a las lesbianas y la comunidad de la disidencia sexual, serían castigados, habría culpables simplemente porque son delitos. El problema es cuando el delito se ha vuelto costumbre y ya resulta hasta difícil identificarlo, y por tanto, se vuelve imposible de castigarlo.

Una sociedad como la nuestra requiere de generaciones, todas, las jóvenes, viejas, y las que están por venir, que seamos personas lo suficientemente conscientes y empoderadas para elegir y exigir vivir en una sociedad con familias donde ciudadanas/os y gobiernos seamos íntegros, comprometidos y corresponsables del bien común, por tanto, del bienestar propio. Las cifras escalofriantes de abusos e impunidad en nuestro país son conocidas y nos colocan a la población de lesbianas y homosexuales como la más golpeada y discriminada del mundo por elegir una sexualidad diferente a la heterosexual, el grupo que le sigue son las mujeres, por discriminación sexista y luego la población con discapacidades y la población indígena.

Así que celebro estar hoy compartiendo con ustedes, aunque seguramente podremos celebrar eufóricamente cuando en el mundo entero estemos comprometidas/os con la indignación y la denuncia cuando alguien de la familia, la calle o el gobierno se atreva a afirmar que no merecemos los mismos derechos porque somos diferentes, porque aunque ello se refiera a una sexualidad disidente, esa afirmación habla especialmente de una intolerancia social, de la ignorancia colectiva y la inmadurez política. Celebraríamos más también cuando ante el ejercicio institucional y social de discriminación cultural lesbo-homo-bi- transfóbica y sexista reaccionáramos como si se tratara de nuestra propia existencia, y que nos indignara la omisión de no presentar la diversidad de familias y nos diésemos cuenta de que cuando algo o alguien no se mencionan, se le oculta, se le invisibiliza, es decir, se les/nos niega y se fortalecen políticas culturales machistas, sexistas, intolerantes, misóginas, ignorantes, lesbo-homo-bi-transfóbicas y por supuesto, neoliberales.

Estos encuentros de contracultura son una de las posibilidades para fortalecer corrientes de apertura, de expresiones, filosofías y pensamientos de diversidad cultural y de exigencia social. Aún hoy, a tan poco tiempo de infinitos esfuerzos, de acertados y aún limitados logros del movimiento feminista y lésbico feminista internacional-nacional, y del movimiento político mundial LGBTTTI de respeto a la orientación sexual, se olvida que el machismo es la base de la violencia contra las mujeres, niñas y niños. Pero además, también se desconoce que esa violencia es la base para creer que sólo existe un modelo amoroso de pareja (la heterosexual), un modelo de relación entre mujeres y hombres (la de un poder masculino oprimiendo, controlando y vejando a las mujeres). El Patriarcado tiene tentáculos tan fuertes que en algunos sectores reaccionarios como en algunos de los más liberales de la izquierda se cuela entre jóvenes y no tan jóvenes de la población; el patriarcado es capaz de instalarse, acomodarse y camuflagearse, haciéndose más sutil pero no menos machista y es precisamente la violencia psicológica la que más daño hace a cualquier ser humano, independientemente de su orientación sexual.

El machismo y el patriarcado son desafortunadamente pilares de la cultura institucional mexicana y como todo edificio con bases defectuosas, requieren cambiárselas por el respeto y la pluralidad.

El Instituto Sudcaliforniano de Cultura, así como el Instituto Sudcaliforniano de la Mujer, entre otros, sobreviven como institutos, cuando deben, necesitan requerimos, reclamamos para mejoramiento de la sociedad sudcaliforniana y todo México que tengan rango y presupuesto de secretarías, con esquemas y mecanismos de programas estatales integrales, con políticas públicas transversalizando la perspectiva de género y los derechos humanos, metodología política que incluye a todas/todos. Con dicho rango, facultad y alcance económico, podrían como secretarías responder a la pluralidad y necesidades de una sociedad democrática y moderna, tendrían, entre otras, la obligación de monitorear, vigilar, fomentar y/o evitar aspectos culturales que día a día se reproducen e impactan nuestra vida y que cotidianamente nutren las mentes, con imágenes y mensajes de violencia, clasismo, sexismo, xenofobia, maltrato psicológico, desinformación, reproducción de valores cavernícolas machistas, etcétera. Los instrumentos de poder y control, o aparatos ideológicos como son la educación, la iglesia, los medios masivos de información, entre otros, se verían supeditados a otras reglas del juego, a una lógica y escrutinio ciudadano que exigiría espacios de rendición de cuentas de los gobiernos y ante ello, de cada autoridad y tendrían que responder a esquemas que jamás han existido hasta este día en México. Esa misma lógica y ética cultural en las políticas públicas de la cultura, la educación y en el desempeño institucional debieran ser capaces de empoderar a cada quien aún en la elección sexual.

La sociedad sudcaliforniana y mexicana la conformamos heterosexuales y no heterosexuales y cada cual somos quienes participamos para fortalecer o transformar aquí y ahora en nuestras casas, relaciones, gobierno y a través de nuestro compromiso amoroso, social y ejercicio ciudadano. Coincido cuando acertadamente se afirma que la vida está llena de pequeñas y grandes decisiones y entre ellas está cuando elegimos, conscientes o no, si: "somos parte del problema o somos parte de la solución" para alcanzar una sociedad plural, crítica, amorosa y con ejercicio de transparencia.

Por ello, solicito a este II Encuentro de Contracultura se pronuncie:

•  Por la defensa del Estado Laico en Sudcalifornia y México

•  Por la libertad de credo

•  Por el respeto al Art. 130 constitucional

•  Por el respeto al Art. 3 de la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público

•  Por la Instalación del Consejo Estatal para Prevenir y Erradicar la discriminación en Baja California Sur, que está en estado vegetativo hace dos años.






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