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La maternidad y su lugar entre "cisnes negros y/o blancos"

Por Josefina Hernández Téllez
Periodista, investigadora en estudios de género, profesora de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH)y la UNAM, y responsable del grupo de investigación de Género y Comunicación de la Asociación Mexicana de Investigadores de la Comunicación (AMIC).
Como año con año, desde que trataron de callar y desacreditar a las sufragistas (1916) de nuestro país, este mayo se celebra un día más del Día de las Madres , símbolo en nuestra cultura del amor incondicional, resumen de la resignación, la sumisión, del sometimiento, del ser femenino perfecto que encuentra su realización a través de los otros, los hijos...
En México el promotor oficial del establecimiento de este día fue el director del periódico Excélsior, Rafael Alducín, quien ponderó la maternidad como la misión máxima de la mujer, el mejor espacio de realización, en detrimento de quienes en ese momento aspiraban a ser reconocidas ciudadanas, es decir, sujetos también de derechos y no sólo de obligaciones.
El papel materno en nuestra cultura no se discute y poco se reflexiona sobre él, sin embargo, éste no está exento de contradicciones, de claroscuros, de matices. El tema poco se aborda, la construcción de la maternidad se supone lineal y natural en todas las mujeres. Hace unos meses un filme hollywoodense permitió atisbar cómo éste condiciona a las mujeres hasta la locura.
Sin ser su propósito el filme Black Swan ( El cisne negro ), protagonizado por Natalie Portman (Nina Sayers) y Barbara Hershey (Erica Sayers), reveló la complejidad de la maternidad, donde dos sujetos, una madre, una hija, en roles impuestos, enloquecen y se pierden en sus aspiraciones, su amor, su pasión y su deber ser .
La crítica especializada destacó actuaciones y realización de esta película, se calificó el mundo del ballet y la personalidad "frígida y talentosa" de la protagonista, pero pocos, y desde una mirada convencional, señalaron el papel de la maternidad en la trama. De aquí que a la madre, Erica Sayers, se le haya identificado como "una madre sobreprotectora, una bailarina retirada que ejerce sobre ella (la hija) una presión afectiva tan neurótica como la de Annie Girardot en un papel similar en La pianista, de Michael Haneke" (Carlos Bonfil, La Jornada , Espectáculos , 30/01/2011, p. 1).
En esta mirada se dejó de lado lo que este filme refleja, sin querer, del mundo de las mujeres en una experiencia de vida cuando la fórmula no es "perfecta", "tautológica" para madres e hijas: el amor-rechazo, la incondicionalidad-control, la generosidad-envidia, y muchas otras duplas del sentimiento humano que se generan durante las relaciones maternas, pero que alcanzan tintes importantes o graves según el grado de frustración-imposición ante un embarazo no deseado o irremediable. Caso de Erika Sayers, quien en algún momento se queja de que su maternidad concluyó sus aspiraciones en el mundo dancístico.
Sin detenerse más en este hecho común a muchas mujeres, el filme va enfatizando otros aspectos pero lejos del origen del problema: la necesidad de la madre de realizarse en su hija profesionalmente porque ella debió retirarse precisamente por ella, hacen que Nina, chica de talento y aspiración a figurar en este ámbito, vea desdibujada su vocación ante el avasallamiento del autoexigimiento y la falta de respeto de su madre, quien la invade, le exige, la intenta anular en una relación agridulce de amor-odio, de amor-rechazo, de generosidad-envidia. Sumado a este ambiente asfixiante para su estatus de individuo, de sujeto, de mujer adulta, el control machista del director de su compañía de ballet en Nueva York, Thomas Leroy (Vincent Cassel), naturaliza la violencia, el hostigamiento sexual a que la somete para que gane y desarrolle el papel de protagonista en la puesta de El Lago de los Cisnes , cuya virtud será protagonizar un doble papel: el de Odette, el cisne blanco, que representa la pureza, y el de Odile, el cisne negro, que representa la perversidad.
El énfasis de la película se centra así en la "crisis psicológica" de la protagonista sin señalar las presiones de este bello arte para las mujeres, que no sólo se concentran en su talento físico y protagónico sino también en su condición de objeto, que el director Leroy muestra al acosarla pero que algunos críticos lo ven como "ayuda para desarrollar su talento": "hace lo imposible por ayudarla a liberar la sensualidad y energía que requiere un papel tan complejo. La joven vive, sin embargo, su propio infierno doméstico al lado de una madre sobreprotectora" (Carlos Bonfil, La Jornada , Espectáculos , 30/01/2011, p. 1).
El problema no se mira entonces desde la vivencia impuesta para la madre y para la hija, quienes presas de una sociedad donde una, al ser madre, se coartó su aspiración profesional artística y la otra, la hija, ve anulada su personalidad y talento por las demandas maternas de frustración y un ambiente enloquecedor donde su pasión dancística pasa por el control machista y la competencia desleal. Se desdibujan estos hechos, y la mirada, junto con el análisis y la crítica de los especialistas, se centran en los conflictos de Nina, la protagonista, pero sin relacionarlos con su condición femenina, de profesional, de amiga, de colega, de hija, de mujer y sólo se ve la trama desde el conflicto individual y no social: "captura la confusión de una jovencita reprimida al ser tirada a un mundo de peligros y tentaciones, con una veracidad estremecedora." (Mike Goodridge, Screen Daily, Black Swan).
Nina, sin embargo, representa más que la belleza, el talento y el ambiente competitivo de la danza profesional, representa la negación de la mujer individuo, la mujer sujeto, la mujer adulta que puede decidir sobre su aspiración, sobre su pasión. Realidad que de ser ficción de pantalla es hoy real en muchos espacios del mundo, particularmente de nuestro país, donde con las acciones emprendidas en muchos ámbitos pero particularmente en lo que a los códigos penales de 17 estados del país al penalizar por todas las causales la interrupción del embarazo (es decir, por riesgo de vida de la madre, violación y malformación del feto) y con ello se nos niega el estatus ciudadano con derechos, como el poder de decidir sobre nuestro cuerpo, nuestra maternidad. Se nos condena así a repetir historias de frustración, negación, rechazo y locura.
Este 10 de mayo representa el momento para repensar nuestra maternidad desde la ciudadanía, la adultez, la individualidad, para ser, antes que para los otros, para nosotras en riqueza y plenitud de decisión y vida.