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Bailando hasta el final



Por María Esther Espinosa Calderón
Periodista, ha colaborado en diversos medios, entre ellos el Uno más Uno, Mira, El Universal, Etcétera, 'Triple Jornada' del periódico La Jornada, y en la revista Fem.


Carmelita está ahí, con sus ojos cerrados, con su maños entrelazadas, con una sonrisa, su rostro refleja una gran paz y tranquilidad, ya no escucha, ni ve; la música suena en todo el velatorio, el llanto se convierte en murmullos de los presentes, cuentan historias, de su vida de esfuerzo, de su sacrificio, de cuando la vieron bailar, de lo bien que lo hacía y de su alegría.

Suenan los acordes del Son de la Negra: "Negrita de mis pesares, ojos de papel volando, a todos diles que sí pero no le digas cuándo, así me dijiste a mí por eso vivo penando"; "le sacaba brillo al piso", dicen unos, "su falda volaba", dicen otros, "se sentía orgullosa del baile regional", "sí pero también sabía bailar de todo".

Su traje favorito cubría el ataúd, que permaneció abierto toda la noche, todos comentaban la serenidad que trasmitía, frente a su rostro como si en su destino final la fuera a leer, una carta de la persona a quién le dedicó los 22 últimos años de su vida: Darío su nieto. Una carta de agradecimiento que en su momento le rompió el corazón: "querida madre: tú que me recogiste a los 3 días de nacido, te doy gracias por apoyarme en esta travesía, de estos 15 años, gracias a ti tengo la frente alta, gracias a ti porque me diste calor, gracias a ti por tu amor, gracias mamá."

Le había dicho a Darío: "cuando yo muera, quiero llevarme conmigo esa carta, no lo vayas a olvidar", como si buscara una luz que la acompañara en la oscuridad del sepulcro.

"Es buena la cervecita para el que está desvelado, para el que está desvelado es buena la cervecita. Yo prefiero un tequilita que es lo mejor pa lo hinchado, que lo mejor pa lo hinchado que hasta el panzón se le quita, querrequé", y así al son del Querreque otra vez comentarios, de cómo le gustaba el baile, que todavía 15 días antes de morir fueron con su hermana y su cuñado a bailar; les daba clase a sus contemporáneos pera ella les decía "mis viejitos". Pero también, gente joven tomaba con ella clases de zumba, de pilates; siempre estaba actualizándose, en cuestión de música, técnicas de ejercicio y balie.

Sus canciones favoritas no pudieron faltar, como aquella que cantaba Javier Solís: "Si alguna vez dudas de mí, y del amor que te ofrecí, piensa que yo no olvidaré, todas las horas que junto a ti gocé. En el club verde vivimos gratos momentos los dos, en el club verde florece de nuevo nuestro amor".

El chubasco lo baliaba y lo disfrutaba en las fiestas: "oiga mi amigo por qué está tan triste, pos como no si me sobra razón, porque la joven que amaba en un tiempo, me ha abandonado por otro nuevo amor".

Carmelita fue una mujer como hay miles que viven en el anonimato, que luchan, se superan y salen adelante. La vida de ella fue de ejemplo, sabiendo que tenía una cualidad en el baile la supo aprovechar; una vez que sus dos hijos ya no necesitaban de tantos cuidados, decidió superarse y buscar algún lugar donde pudiera adquirir técnica y disciplina para aprovechar el don con el que había nacido. Así llegó al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS); su maestra le aconsejó que buscara entrar a una de las escuelas del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), tomó el consejo y empezó a estudiar más en forma.

Pensó que con lo que sabía podía dar clases, pero para ello debía de estudiar otras cosas para hacerlo bien y poder conseguir trabajo en alguna institución, tomó cuanto curso se le ponía enfrente, entró a dar clases en diferentes secundarias, jubilándose años después.

Su vida parecía ya resuelta, su marido en el negocio, sus hijos ya se habían casado y ella con un trabajo que le gustaba y en el que se sentía muy bien; empezaría a viajar, a disfrutar la vida de otra forma, pero un acontecimiento lo cambiaría todo; su hijo mayor queda viudo, al morir su esposa dos días después del parto; él se pelea con la familia de su mujer y le pide ayuda a Carmelita para que atendiera al pequeño una vez que saliera de la incubadora.

Lo cuidó y protegió hasta de su propio hijo, se olvidó de los viajes, de las fiestas. "Llegaba a la secundaria con el bebé en brazos, mientras ella entraba a dar clase lo dejaba con la señora Lupita (su mamá), en el coche; volvió a ser madre; con pañalera al hombro, con biberones, con pediatras, a empezar de ceros, a criar, a educar, sin ayuda de nadie.

Su preocupación era que su nieto-hijo estudiara, fuera a buenas escuelas, tuviera una vida digna, lo rodeó de cariño y hasta el último momento lo protegió, como si ya supiera que su fin estaba cerca, arregló todos los asuntos que tenía pendiente, dijo que quería y como quería que fuera su último día en este mundo. Por eso en la funeraria, la grabadora tocaba la música que ella bailó, que ella cantó, que ella disfrutó.

Sus amigas de toda la vida, ahí estaban con ella, acompañándola hasta el último momento, solidarias como siempre Yola y Angie, se consolaban y consolaban a sus hijos y a sus nietos. "Todavía pasamos juntas un fin de semana en Cuernavaca".

"Debes de hacer ejercicio, es bueno para la salud", me dijo un día. Entra a clase de Yoga, es muy bonita, "yo he dado y tomado clase de todo, en cuanto veo que hay algo nuevo, investigo y me actualizo, porque si no, te quedas atrás, en esto hay que estar a la moda", y a la moda estaba ella, usando unos tacones que a cualquier jovencita le daría envidia.

La jubilación no la iba a deprimir, ni a quitarle lo que más disfrutaba, por eso se puso a dar clase de todo lo que ella sabía. Nunca se quejó de nada, era una mujer activa, se puede decir que hiperactiva, iba y venía de Tizayuca, siempre estaba haciendo algo.

"Dari es más que mi hijo, pero él sabe quién es su mamá", le enseño a querer su recuerdo, a respetar su memoria. Convivió con la familia materna de su nieto, siempre estuvo en contacto con ellos.

Un leve dolor de cabeza no la iba a mantener en cama, ese día después de hacer zumba, se subió a la caminadora y luego se fue al club a hacer Pilates, su cuerpo no lo resistió le dio un derrame cerebral y a los 8 días dejó de existir, así como ella quería bailando o haciendo ejercicio, así se fue a los 73 años. Descanse en paz Carmelita y gracias por hacer de mi sobrino un hombre de bien, ya está junto a Caty mi cuñada, quien le ha de estar agradeciendo todo lo que hizo por su hijo, al que ella sólo le pudo dar un beso el día que nació. Le ha de agradecer también los besos que Darío depositaba en su tumba cuando usted lo llevaba. Tenga la seguridad que las cosas se van a hacer como usted las dispuso.






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