Profesora de la Escuela de Comunicación de la Facultad de Comunicación, Lingüística y Literatura (Pontificia Universidad Católica del Ecuador). Máster en Comunicación con mención en Dirección y edición periodística (Pontificia Universidad Católica de Chile). Especialista en Comunicación Corporativa Política y Publicidad (Universidad Complutense de Madrid) Diplomada en Género, Cultura e Historia (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales- FLACSO-Ecuador).
Foto: Emma Blancas/MujeresNet

Ana Gabriela Dávila J. analiza la evolución de los estereotipos de la mujer a lo largo de la historia: desde el marianismo y el ángel del hogar hasta la imagen de la mujer perfecta en la modernidad y las relaciones de pareja; sostiene que debido a la globalización y las nuevas formas de comunicación, los vínculos amorosos han revolucionado pero también se han vuelto más frágiles e individualistas.
Introducción
Las relaciones de pareja han sido uno de los campos más estudiados desde distintas ciencias. La sicología, la sociología y la filosofía, entre otras, han intentado abordar su complejidad e indagar sobre los comportamientos de los enamorados, y aunque muchas horas se han dedicado a este estudio, nunca se ha llegado a respuestas definitivas y comprobadas, ya que en el terreno del amor nadie tiene la razón. La escritora Rosa Montero apunta que desde el principio de los tiempos, filósofos y artistas han tratado el asunto del amor con obsesiva insistencia y que, probablemente, no haya habido nunca un solo ser humano que, llegado a la edad de la razón, no le haya dedicado al tema una buena cantidad de sus pensamientos (Montero 1999: 13).
El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, en su libro Amor líquido, sostiene que las relaciones son ahora el tema del momento y, ostensiblemente, el único juego que vale la pena jugar, a pesar de sus notorios riesgos; lo que hace pensar que más allá del romanticismo hay un mundo complejo e interesante que investigar, no solo para conocer el comportamiento humano, sino también para descubrir la vida misma.
Este trabajo pretende abordar el tema de las relaciones de pareja desde una perspectiva que mostrará cómo distintas características y elementos de la modernidad como las nuevas tecnologías y nuevas formas de comunicación, la globalización y las sociedades más individualistas han influido para que se configure un nuevo escenario de las relaciones entre hombres y mujeres, caracterizadas por una fragilidad de los vínculos y por situar a las mujeres en un espacio distinto respecto a décadas pasadas.
A lo largo de la historia, el rol clásico de esposa y madre que se le ha adjudicado a la mujer, en esencia, no ha cambiado. Aún hoy se sigue viendo al matrimonio y a la maternidad como condiciones para la realización de la mujer en la mayoría de sociedades. Sin embargo, esta idea, especialmente en segmentos de mujeres de niveles socioeconómicos y culturales medios y altos, con mayor educación y acceso a nuevas culturas, empieza a diluirse un tanto y comienzan a dibujarse para ellas otras realidades que les hace ver al matrimonio y a la maternidad como vivencias complementarias y ya no como primarias.
Hoy las mujeres muestran una postura más libre con respecto a las relaciones y se presentan más seguras a la hora de expresar sus deseos en el plano de lo sexual. "En nuestros días, las mujeres han desdramatizado ampliamente la libido; sus aventuras sexuales ya no implican el requisito del gran amor y pueden dar rienda suelta a su deseo al margen de todo proyecto de futuro" (Lipovetsky 1999: 31). Esta nueva postura femenina podría darles un giro notable a las relaciones de hoy y, al mismo tiempo, complejizarlas, ya que de alguna manera parecería que los papeles de hombres y mujeres se están intercambiando.
Aunque no se puede generalizar, se puede decir que hoy las parejas, especialmente las conformadas por miembros que pertenecen a las últimas generaciones, están viviendo una especie de revolución: relaciones a corto plazo, poco comprometidas y con una fragilidad en los vínculos. Las mujeres están menos sujetas a imposiciones sociales y son más libres a la hora de elegir la forma de relacionarse con los hombres.
Para entender esta realidad, se tomó el planteamiento de Zygmunt Bauman quien señala que las relaciones de hoy se tejen a manera de redes que se conectan y desconectan en cualquier momento y que permiten la interacción de varias personas. Este concepto hace referencia a que, actualmente, los vínculos y afectos son cada vez más frágiles, los mismos que junto a los valores y convicciones del pasado se encuentran sumergidos en lo que él llama la moderna vida líquida.
También se recurrió a lo que planeta el sociólogo francés Gilles Lipovetsky respecto a la "nueva mujer" que habita en la modernidad y quien es la que protagoniza estas relaciones. Para él, ella es la "tercera mujer"; ésta encarna un modelo que se caracteriza por su "autonomización" en relación con la influencia que, tradicionalmente, han ejercido los hombres sobre las definiciones y significaciones imaginario-sociales de la mujer. Lipovetsky plantea que existe la primera, la segunda y la tercera mujer. "La primera mujer está sujeta a sí misma, la segunda mujer era una creación ideal de los hombres y la tercera supone una autocreación femenina" (Lipovetsky 1999: 219). A partir de lo cual se entiende cómo la mujer de hoy ha ganado un espacio propio, autónomo y se construye cada vez más independiente del ideal que le impone la sociedad.
1. El rol tradicional de la mujer y la identidad femenina
Los roles clásicos de esposa y madre que desde siempre han sido adjudicados a las mujeres, siguen vigentes y siguen siendo aplicados en casi todas las culturas. Sin embargo, parecería que hoy, estas "camisas de fuerzas", se han visto atravesadas por elementos propios de la modernidad como las sociedades individualistas, la globalización, la irrupción de las nuevas tecnologías, las nuevas formas de comunicación, entre otros, que han logrado modificar, en algo, los conceptos con los que están construidos.
Para la mayoría de sociedades, especialmente latinoamericanas, la mujer debe necesariamente desempeñarse como esposa y madre para alcanzar su realización total y el reconocimiento social. Esta idea que prevalece hoy, ha persistido a lo largo de los siglos, y en esencia, no ha cambiado; aunque sí presenta notables diferencias respecto a décadas pasadas.
En el siglo XIX las relaciones de género intervinieron en la construcción de la identidad nacional de los países de América Latina y en las ideologías políticas. En ese sentido, el matrimonio lejos de ser una opción ligada al ámbito privado como es hoy (definido como lo que concierne al interés individual, a lo personal, familiar, sociedad doméstica) fue una opción relacionada con el ámbito público (definido como lo que concierne a todos, lo que es visible, la sociedad, el conocimiento, el Estado) que se la utilizó como una herramienta que posibilitó a las mujeres tener una representación en la esfera pública, mientras se convertían en sujetos que colaboraban en la construcción de los Estados. En este siglo el matrimonio sirvió para garantizar la formación de redes familiares que accedieron a los circuitos de poder. "Las mujeres interesadas en captar a los grupos de poder locales y regionales, utilizaron el matrimonio como estrategia de alianza" (Morant 2006: 562).
Si bien no se puede dejar de lado el hecho de que varias mujeres consideran al matrimonio como un estado que les permite cierta relevancia social, al ser ellas la pieza fundamental de la familia, que a su vez, es el núcleo de la sociedad, sí se puede manifestar que ese pensamiento hoy no está arraigado. Además, esta idea, actualmente, no está relacionada con el acceso a la esfera pública ni a una vida política de las mujeres como antes, ya que en los últimos años ese espacio ha sido cada vez más conquistado a través de la formación profesional y cultural.
Hoy el matrimonio es una opción que pertenece a la esfera privada y que tiene una trascendencia en el ámbito íntimo y personal. Es una opción, que además, hoy por hoy, ha sido atravesada por factores que la han modificado en su forma más que en su fondo. Uno de esos cambios se refleja en el hecho de que, varios sectores de mujeres, sin generalizar, se tardan más en casarse respecto a las mujeres de antes, haciéndolo a edades cada vez más avanzadas. Una de las causas de esto tendría que ver con que, muchas mujeres en la actualidad, tienen como prioridad su formación personal y profesional y ven al matrimonio como una posibilidad para optar después de haber cumplido con lo primero. "Las mujeres han tomado distancia respecto del lenguaje romántico, se han mostrado cada vez más reacias a sacrificar estudios y profesión en el altar del amor" (Lipovetsky 1999: 23).
Lo que ocurrió con el matrimonio en el siglo XIX, también ocurrió con la maternidad. Aquellas mujeres que intentaban tener una voz dentro del espacio público no solo se valieron del matrimonio para lograrlo, sino también, de la maternidad. Aunque hubo una baja participación política de las mujeres, esto no implicó que estas careciesen de influencia, ya que ellas legitimaron su papel aludiendo a su condición de madres y haciendo del espacio público que ocupaban una extensión de las actividades maternas. Esta "práctica" fue conocida como maternidad social. "Normalmente se consideraba que la actuación pública femenina era una especie de extensión del papel que la mujer parecía cumplir en la esfera familiar" (Morant 2006: 563). Ellas, además, estaban colaborando con la construcción del Estado, al ser quienes proveían a la nación de nuevos miembros, es decir, trayendo al mundo hombres y mujeres.
No solo el matrimonio y la maternidad evolucionaron con el paso de los años, sino también, las formas de acceso al ámbito público, desde las actividades que las mujeres realizaban basadas en los valores que poseían como esposas y madres. Con la entrega y sacrificio de una madre, ellas actuaban en el espacio público, a través del trabajo que desarrollaban en favor de los más necesitados de la sociedad, encargándose de casas de beneficencia, por ejemplo. Aunque esta tendencia, de alguna manera continúa hasta hoy, especialmente protagonizada por mujeres de las clases altas, en su mayoría las madres y esposas en la actualidad tienden a socializar más dentro de su ámbito privado, atendiendo más a los suyos que a quienes están por fuera de su espacio.
El matrimonio y la maternidad significaron para varias mujeres latinoamericanas del siglo XIX herramientas fundamentales para acceder a la esfera pública de una manera activa y representativa y constituirse así en sujetos que colaboraban en la construcción de la nación. Asimismo, sirvieron para configurar su figura siempre relacionada con la vida privada.
1.1. El marianismo: una exaltación a los valores femeninos
En torno a esa figura y a los roles tradicionales de madre y esposa se han plasmado un sinnúmero de imágenes. La mayoría de ellas han resaltado los valores asociados a la intimidad, el afecto, la lealtad y su relación con lo sagrado. A la mujer se la ha visto como la portadora del valor moral de la familia y como la guardiana de las tradiciones. Sus cualidades son su valor moral superior y su rol de mediadora frente a lo sagrado. "Ella responde por el honor familiar colocado en su pureza sexual" (Fuller 1995: 243). Es en ese sentido que nació el término marianismo para designar el culto a la superioridad espiritual femenina que predica que las mujeres son moralmente superiores y más fuertes que los hombres. "Esta fuerza espiritual engendra abnegación, es decir, una capacidad infinita para la humildad y el sacrificio" (Fuller 1995: 243). En contraposición a esto está la visión que se tiene del hombre. En el imaginario social, desde el punto de vista moral, los hombres son como "niños" y, por lo tanto, son menos responsables de sus actos.
La otra cara de la moneda vendría a ser el machismo, que como expresión de la masculinidad, define al hombre como "irresponsable, no domesticado, romántico y donjuán" que descuida las obligaciones domésticas.
Estas dos visiones antagónicas, también están presentes en lo referente al sexo. Según el conjunto marianismo-machismo el sexo es concebido como una fuerza desordenada y disruptiva, tanto para hombres como para mujeres.
Aunque esa concepción es igual para ambos sexos, la mujer es la encargada, por su superioridad moral y mayor contacto con lo sagrado, de contener esa fuerza disruptiva, ya que los hombres no tienen capacidad de hacerlo. "El sexo es desorden y pecado, la mujer es capaz de contenerlo porque está protegida internamente por su superioridad y externamente por los varones de la familia" (Fuller 1995: 251). La pureza sexual corresponde a lo femenino y se piensa que gracias a su cercanía con lo sagrado, ella será capaz de realizar el ideal de pureza que los hombres no pueden realizar. De ahí que la mujer sea quien debe poner resistencia ante las tentaciones sexuales. Si ella sucumbe y se entrega será la única responsable del "desborde". En ese sentido, el hombre puede tener una vida sexual libre, lo cual está aceptado socialmente, a diferencia de la mujer.
Aunque las diferencias entre hombres y mujeres han tratado de ser entendidas desde el concepto del marianismo, la autora Norma Fuller en su artículo En torno a la polaridad marianismo-machismo, manifiesta que esta es una visión polarizada y que no se puede verla como una realidad absoluta y estática, agregando que son formas de simbolizar la manera de entender la femineidad y la masculinidad, válidas en diferentes contextos y situaciones (Fuller 1995: 246).
1.2. El "ángel del hogar" y la imagen de la "mujer perfecta"
Uno de los estereotipos que más se le ha adjudicado a la mujer es el " ángel del hogar", el mismo que resalta su papel dentro de la familia como pilar fundamental de esta.
Este concepto, según la autora Francesca Denegri en su obra El abanico y la cigarrera: la primera generación de mujeres ilustradas en el Perú estuvo especialmente vigente en Lima del siglo XIX, donde se hizo una redefinición de la mujer y de la familia dentro de la sociedad criolla. La familia era vista como un territorio inmune que funcionaba como un espacio de refugio donde el hombre podía descansar de las preocupaciones causadas por las tensiones políticas. Así, el papel de guardián de la vida privada fue encargado a la mujer y a la familia. En ese sentido, se debatió sobre la formación que la mujer debía recibir en los institutos de educación superior a fin de prepararse para este rol.
El paradigma de la feminidad moderna de esa época y el ideal de mujer al que se apuntaba, estaba dado por la mujer norteamericana "quien con su esmerada educación presta servicios a la sociedad y al Estado, lo cual lejos de hacerla disgustarse de los diarios quehaceres de la vida doméstica, no hace sino avivar y refinar su amor al orden, al aseo, a la comodidad y al ornato de su hogar" (Denegri 1996: 81).
Bajo este criterio y exaltando la figura de la madre, la esposa y la mujer ilustrada, imágenes que unidas dan como resultado una especie de "mujer perfecta" quien es la que encarna a la guardiana del hogar, nace el concepto del ángel del hogar.
La aguja y la pluma no se excluyen. Las obras más bellas del talento femenino se han escrito al dulce vaivén de una cuna en donde se aduerme el fruto de la bendición de Dios, y que la tierna esposa, la cuidadosa madre, la escritora ilustrada, personifican un solo tipo, el de la mujer llamada el ángel del hogar (Denegri 1996: 85).
Así, se ve claramente cómo la familia fue ganando importancia y acercándose al espacio que ocupa hoy, como núcleo de la sociedad. La mujer, como administradora de ese espacio, también fue ganando protagonismo en la sociedad; una imagen que la encasilla hasta estos días.
Hoy, según Gilles Lipovetsky, existe una "nueva mujer" quien es la que habita en la modernidad. Para él, esta encarna un modelo que se caracteriza por su "autonomización" en relación con la influencia que, tradicionalmente, han ejercido los hombres sobre las definiciones y significaciones imaginario-sociales de la mujer. Ella sería más libre y más autónoma, lo que a su vez le permitiría tener una postura más abierta frente a las relaciones que experimenta. "Amores de verano, caprichos pasajeros, ligues de una noche, nada de ello resulta ajeno a las mujeres y se libran a tales experiencias sin turbación ni culpabilidad" (Lipovetsky 1999: 31). Ellas se sienten más seguras de sí mismas y de lo que quieren y se están mostrando cada vez más opuestas a vivir relaciones que las obliguen a postergar la satisfacción de sus necesidades de formación y crecimiento personal; ya no ven al matrimonio como la única forma de realización, ni a las relaciones de pareja como la única manera de complementarse. Hoy estas mujeres no quieren dejar de lado los valores de autorrealización y de independencia. "Las mujeres han tomado distancia respecto del lenguaje romántico, se han mostrado cada vez más reacias a sacrificar estudios y profesión en el altar del amor, pero su adhesión privilegiada al ideal amoroso se ha mantenido, han seguido soñando masivamente con el gran amor, siquiera sea fuera del matrimonio" (Lipovetsky 1999: 23).
La figura de esta nueva mujer es también impulsada por los medios de comunicación, especialmente por las revistas femeninas, en las que se destaca el estereotipo de la superwoman que combina rasgos de los modelos clásicos y hegemónicos (madre-esposa) reducidos a lo privado, con un perfil orientado hacia lo público: trabajadora, autónoma, liberada y audaz.
"La superwoman engloba la capacidad laboral de un hombre, la disponibilidad sexual de una prostituta, el aspecto físico de una modelo, la cultura de una intelectual y la capacidad de comprensión y bondad de la madre" (Rolón-Collazo 2002: 39).
El reconocimiento de la actividad profesional femenina, la legalización de la anticoncepción y del aborto y la liberación de la moral sexual, han contribuido a impulsar una especie de revolución de las mujeres que es la que hoy ha hecho ubicarlas en un plano distinto al tradicional, respecto a las relaciones.
1.3. El amor como parte de la identidad femenina
Lipovetsky señala que a pesar de todo lo que implica esta revolución sexual, esta época no ha logrado eliminar la posición preponderante que, tradicionalmente, las mujeres le han otorgado al amor. Y es que a lo largo de la historia hombres y mujeres no le han dado al amor el mismo lugar y significación, ya que mientras para el hombre el amor es un ideal para la mujer es toda su vida.
En ese sentido, el amor sería una pieza constitutiva de la identidad femenina, está incorporado a la naturaleza de la mujer y, por lo tanto, en ella es natural, obvio, primario. Es en esa idea en la que Nietzsche, Simone de Beauvoir y Balzac, entre otros, coinciden. En el siglo XIX, Balzac proclamó que la vida de la mujer es el amor. No solo estos autores del siglo pasado concuerdan con esta idea, sino también autores contemporáneos. Uno de ellos es la escritora española Rosa Montero, quien escribió sobre el amor en su libro Pasiones y señala lo siguiente:
"Supongo que la percepción de lo amoroso, el deseo de escapar de ti mismo y de fundirte en el otro, es básicamente igual para todos, solo que durante siglos a las mujeres no se les ha permitido otra ambición en la vida que la amorosa, lo cual ha contribuido a obsesionarlas aún más con un sentimiento ya de por sí obsesivo". (Montero 1999:21).
"Puesto que la mujer, según Michelet, no puede vivir sin el hombre y sin hogar, su ideal supremo no puede ser otro que el amor" (Lipovetsky 1999: 19). En la vida de pareja las mujeres son más sensibles que los hombres a las palabras y demostraciones de afecto, expresan más a menudo que ellos la necesidad de amor, así como sus decepciones por la rutina de la vida cotidiana. "La sobrevaloración femenina del amor tiene como correlato la prolongada queja de las mujeres con mal de amores" (Lipovetsky 1999: 27).
Según Lipovetsky, hoy existe un elemento que forma parte de la seducción contemporánea y del nuevo discurso amoroso, se trata del humor. Antes para cortejar había que hablar de amor, ahora hay que reír. En los años sesenta, el humor, según las encuestas de la época, era uno de los principales recursos para conquistar que los hombres debían tener. Treinta años más tarde esa idea prevalece; las mujeres de hoy también destacan al humor como una efectiva estrategia de conquista, señala el autor.
Hoy se viven relaciones más libres, más realistas, las mismas que proponen una imagen más informal y divertida del amor, contraria al pasado en donde se le confería una imagen poética, sagrada, casi religiosa.
Cabe anotar que el liberalismo sexual contemporáneo que muestra a las mujeres más decididas a tener encuentros sexuales sin compromiso, no ha logrado aislar del todo el concepto del amor eterno e idealizado. Por más liberación que haya, en el imaginario femenino sobrevive la idea del amor perfecto. "El erotismo femenino sigue alimentándose de significados e imágenes sentimentales" (Lipovetsky 1999: 31). En ese sentido, el reparto sexual de los roles afectivos no ha desaparecido: las mujeres siguen siendo proclives a asociar el sexo con los sentimientos y los hombres, en cambio, ven ambos por separado.
Este liberalismo sexual también traería consigo una actitud más desinhibida que se expresa en la estética corporal. "La estética del cuerpo de la mujer está expresando una nueva posición de la mujer sobre su sexualidad. Este nuevo lugar del cuerpo femenino muestra una sexualidad desafiante, más libre y autónoma, transgresora y provocadora. A pesar de los sacrificios que impone a las mujeres para mantenerse cerca de los modelos dominantes, constituye un grito de libertad sexual de la mujer" (Galende 2001: 57).
Al mismo tiempo que avanzaron las conquistas por la inclusión de la mujer en distintos espacios, se incrementó la utilización del cuerpo femenino para su exhibición como objeto del deseo de los hombres y para la promoción del ideal de belleza. Es así como la moda, los cosméticos y las cirugías estéticas tomaron una notable fuerza. Todos estos recursos que forman parte de la nueva estética femenina responden, en gran medida, al imaginario masculino de la feminidad y están ligados a la conformación de un nuevo ideal de mujer, muy vinculado a una nueva experiencia de la sexualidad femenina. El cuerpo de la mujer favorecido por estos recursos es la representación más acabada del objeto erótico masculino.
En ese sentido, la belleza femenina ya no se representa por las imágenes de la mujer-madre, sino por las más próximas a las figuraciones de la mujer profana (Galende 2001: 55). Esto hace pensar que nunca las mujeres fueron más esclavas de su cuerpo como en esta época y que los valores tradicionales de una feminidad que exaltaba la sensibilidad, la pureza y la disposición amorosa, cualidades de la maternidad, están en decadencia.
Bibliografía:
Bauman, Zygmunt (2003) Amor Líquido Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
Denegri, Francesca (1996) El abanico y la cigarrera: la primera generación de mujeres ilustradas en el Perú. Lima: IEP Ediciones.
Fuller, Norma (1995) "En torno a la polaridad marianismo y machismo". En Género e identidad. Luz Gabriela Arango, Magdalena León y Mara Viveros. Bogotá: Tercer Mundo Editores.
Galende, Emiliano (2001) Sexo y amor: anhelos e incertidumbres de la intimidad actual. Buenos Aires: Paidos.
Lipovetsky, Gilles (1999) La tercera mujer: permanencia y revolución de lo femenino. Barcelona: Anagrama.
Montero, Rosa (1999) Pasiones: amores y desamores que han cambiado la historia. Madrid: Santillana.
Rolón-Collazo, Lissette (2002) Mujeres en Carmen Martín Gaite, revistas femeninas y ¡Hola! Madrid: Iberoamericana.
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