JULIO 2018

Complicidad inédita en las miradas

El 1 de julio de 2018 por la noche, el Zócalo de la Ciudad de México hervía de emoción, narra la columnista. La plaza se veía llena de gente eufórica que había llegado con esperanza y deseos de celebrar un triunfo histórico, con una complicidad en las miradas: el voto por AMLO.

En la calzada San Antonio Abad los cláxones de todos los coches pitaban. Era la noche del domingo 1 de julio de 2018 y era la noche de millones de mexicanos. Alrededor de las 22:30 horas había caos vial hacia el Zócalo. Fue necesario dejar el coche a una cuadra de la estación del metro. Pocos lugares para estacionarlo. Luego, el transporte colectivo, subir al vagón que a esas horas iba lleno de gritos de júbilo, banderas de México de diversos tamaños, otras con el logo de Morena y, por sobre todo, una complicidad inédita en las miradas: se había votado por Andrés Manuel López Obrador. Al bajar en Zócalo, el vagón prácticamente quedó vacío.

La plaza de la Constitución era una verbena improvisada: venta de banderas, matracas, playeras, máscaras, caricaturas, globos. En un templete los mariachis ofrecían canciones como Cielito lindo, Caminos de Michoacán, La vida no vale nada... que coreaban miles de gargantas. La red de los celulares casi saturada.

La estación del metro liberaba a decenas y decenas de personas: hombres, mujeres, bebés, ancianos, jóvenes, muchos jóvenes, y muchas, muchas, muchas mujeres, algunas que votan desde que pusieron en práctica el decreto de octubre de 1953, en el que se anunciaba que las mujeres tendrían derecho de votar y ser votadas; así como sus hijas y sus nietas.

La plaza se veía llena de gente eufórica que había llegado con deseos de celebrar un triunfo histórico, por puro gusto y con libertad. Para tener acceso a esa inmensa plaza, no le habían aplicado a nadie ningún detector de metales, ni revisado bolsas ni pañales de bebés; en resumen, "no habían pasado báscula".

Un par de horas atrás, al empezar a ver las encuestas de salida de una de las más importantes elecciones desde 1910, no pude evitarlo y empecé a llorar. Lo recuerdo, lo escribo y me vuelvo a conmover. Pido disculpas por la primera persona y el tono intimista, pero la vivencia colectiva también fue personal. Gaspar, mi padre, de 89 años, repetía: "Creí que me iba a morir sin ver este triunfo". Don Roberto Castrejón, de 80 años, padre de una amiga, lloraba de alegría frente al televisor. Mi querido rockero Rafael Catana escribía en feis: "Lloro, lloro". Decenas de amigos con el llanto a cuestas mandaron mensajes, llamaron por teléfono, enviaron messengers. Mientras más veíamos televisión y redes sociales, más llorábamos de felicidad, comentábamos.

Alguien dijo: "Voté por él, pero tengo dudas. No te pongas así. No es para tanto". ¿Que no?, contesté. Llevo 42 años votando por la "izquierda". Mi primer voto ¡en 1976! fue para el Partido Comunista (PC). Luego vinieron otros partidos y combinaciones como el Partido Socialista Unificado de México (PSUM), con él se volvió a llegar al Zócalo en 1982, desde el 68 no ocurría, y voté por él. Después, se reestructuró todo y se creó el Partido de la Revolución Democrática (PRD). Al principio fue un respiro y en 1988 voté por él. Fue la elección en la que "se cayó el sistema".

Y así sucesivamente en cada elección, por cuestiones de principios, me mantuve en la bien o mal llamada izquierda. Y ante el hartazgo, la rabia, la deuda pública y, por supuesto, la corrupción y la desigualdad social: más de 9 millones de personas en pobreza extrema y un promedio de 53 millones en pobreza, entre otras decenas de causas, hubo otra opción. Así que voté por Morena y por tercera ocasión por Andrés Manuel López Obrador (AMLO o ya saben quién). Cabe aclarar que mi sufragio nunca ha estado supeditado a que me den chamba.

El asunto es que miles reíamos y llorábamos. A ese alguien que me pidió tranquilidad, yo le pedí: "No me eches a perder este momento que no comprendes porque no viviste décadas de decepciones. Ya veremos qué pasa. Mientras tanto, me voy al Zócalo", avisé de manera intempestiva, casi a las diez de la noche. La "cultura de marcha", como yo la llamo, hizo que cambiara los zapatos por unos propicios para la caminata, cogiera suéter, paraguas, botella chica de agua, identificación, monedas...

El Zócalo hervía de emoción. Las y los ciudadanos bailaban de manera espontánea. Imposible perderse esa experiencia. Llamaba la atención un anciano en silla de ruedas con oxígeno. Sí, ahí, en esa fiesta, sonreía. Un joven con yeso en un pie y muletas sonreía. Las y los niños ondeaban banderas al igual que sus padres y madres y sonreían.

Toda la gente llena de alegría esperaba el arribo de Andrés Manuel. Cada vez que en el templete pasaban imágenes de él y anunciaban que ya estaba cerca, que venía de dar un discurso en un hotel, que estaba a unos cuantos minutos de llegar, todos gritaban y aplaudían. Era un verdadero escándalo. De pronto, una voz en el micrófono anunció que estaba a punto de subir al estrado. Cuando apareció, con su esposa Beatriz Gutiérrez Müller, la respuesta de los presentes fue una algarabía incontenible.

Muy cerca de las doce de la noche, en el corazón de la Ciudad de México, en el corazón del país, dicen algunos, él aseveraba: "Se decidió iniciar la cuarta transformación del país..." Era interrumpido por coros de "Sí-se-pudo, sí-se-pudo", "No-estás-solo, no-estás-solo". AMLO repite algunos de sus lineamientos: "No mentir, no robar, no traicionar al pueblo. No les voy a fallar. ¡Viva México!". Y el grito fue coreado a decibeles insospechados.

A las 00:12 del 2 de julio terminaba un encuentro feliz y espontáneo, en la plaza más grande del país. Y empezaba la segunda etapa del festejo. La calzada San Antonio Abad abarrotada hasta Tlalpan, algunos pasos a desnivel, igual. Sobre dicha calzada, de cientos de coches -de diversas marcas y modelos- salían gritos, banderas y el ruido casi inagotable de matracas y cláxones. Otros, a pie; era preciso regresar por el automóvil o buscar un taxi o caminar hasta donde fuera posible.

Ya era otro día, iniciaba otra etapa, la sorpresa casi esperada había llegado. Fue una voz, un ¡basta! La esperanza inédita flotaba en el aire al ritmo de porras y cantos; con ella, la complicidad inédita de las miradas anunciaba una madrugada diferente, que no será miel sobre hojuelas, pero que busca, como diría Rosario Castellanos: "Otro modo de ser humano y libre. Otro modo de ser".