JUNIO 2018

Primera mujer piloto mexicana: Bertha Zerón, hidalguense

¿Qué puede hacer una mujer en un espacio tradicionalmente masculino?, se pregunta Elvira Hernández Carballido ante los obstáculos patriarcales que se enfrentan en la persecución de sueños y pasiones.

En 1943 se decidió en México por decreto presidencial celebrar el día de la aviación. Principalmente en memoria al Escuadrón 201, héroes mexicanos que participaron en la Segunda Guerra Mundial. Y hoy que pensaba de qué charlar con ustedes, advertí que esa fecha tan cercana era una gran oportunidad para honrar la memoria de una mujer nacida en Hidalgo.

Una mujer que logró acariciar las nubes con la punta de sus dedos, que aspiró el olor de un cielo azul y se tuteaba con los ángeles mientras piloteaba su avión, convirtiéndose en la primera mujer piloto en nuestro país.

En efecto, Bertha Zerón fue la primera mujer hidalguense en pilotear aviones y la primera mexicana en tener licencia de piloto aviador privado. El siglo XX ya estaba en su segunda década cuando esta mujer nació en la ciudad de Pachuca, el 23 de junio de 1924.

Me pregunto si al nacer lo primero que vio fue ese cielo azul adornado con nubes blancas e iluminado con rayos tenues de un sol despeinado por el viento juguetón de la capital hidalguense. Posiblemente en sus tardes infantiles ese mismo viento que levantaba su vestido de niña buena también hacía volar sus cabellos y las hojas de los árboles. El aire lograba que ante su mirada inocente su primer dibujo planeara por el patio de su casa y fue ese vuelo el que la embelesó por siempre y desde entonces soñó que volaba libre, feliz, alocada, formal, retadora.

Y fue precisamente en esa tierna edad cuando descubrió el avión de Amelia Earhart, esa inquieta y audaz mujer nacida en Estados Unidos que fue una gran aviadora. Al parecer fue un día que Bertha niña viajaba como pasajera en un avión que encontró una muestra de ese aeroplano color rojo brillante, lleno de historias y retos. Posiblemente se imaginó volando como esa mujer que fue la primera en hacer un vuelo solitario en el Atlántico, y no una sino dos veces. Una pionera de la aviación que reunió a mujeres con los mismos sueños que ella y se llamaron las Noventa y nueve con gran orgullo. Posiblemente todo eso averiguó Bertha Zerón y seguramente todo eso la inspiró para un día volar ella un avión.

Por supuesto, el sueño no era fácil de realizar. Estudió lo que se esperaba estudiara una mujer tradicional. Trabajó en una oficina, pero no en cualquier oficina, casualmente logró tener un lugar en una ubicada en el aeropuerto de la ciudad de México. Así, durante muchos años, fue secretaria y jefa de compras del Centro Internacional de Adiestramiento de Aviación Civil.

En ese escenario lleno de aviones y pilotos, hizo amistades, y seguramente con alguno de estos hombres compartió su ideal. Posiblemente algunos se burlaron en silencio de sus ilusiones. Pero otros, sinceros y solidarios, la escucharon con respeto. Y fue uno de ellos el que la animó a ingresar a la Escuela Nacional de Aviación.

¿Qué puede hacer una mujer en un espacio tradicionalmente masculino? Ser ella misma, doblemente segura, triplemente talentosa, infinitamente osada y feliz. Seguramente nada se le hizo difícil ni imposible, por eso a los 25 días de haber ingresado voló sola por primera vez y el 7 de marzo de 1965 recibe su licencia.

Qué grata sensación debe haber sentido al realizar un paseo por las nubes, paseo que repitió cada día de su vida con profesionalismo y pasión. En su primer año como pilota cumplió 200 horas de vuelo y en menos de un mes acumuló 370 horas. De esta manera obtuvo su licencia como instructora de vuelo. Además ingresó a un club de paracaidismo y en ese mismo maravilloso año de 1966 realizó su primer salto.

Pero Bertha Zerón no era una romántica que volaba plácidamente mientras contaba las estrellas o retozaba en las nubes, adoraba la velocidad, por eso participó en un buen número de carreras. Su gran trayectoria fue reconocida por todo el mundo, perteneció al centro de mujeres pilotos en Estados Unidos. Tripuló una gran variedad de aviones y fue de las primeras pilotas en el mundo en volar jets.

Tenaz como siempre, pionera eterna en la aviación nacional, durante un año luchó por adquirir la licencia de transporte público ilimitado (TPI), reconocimiento que recibió en 1972 de manos del secretario de Comunicaciones y Transportes. Fue la primera mujer en recibirla.

Pese a tanta pasión y logros, también vivió discriminación al vivir en una sociedad patriarcal que le puso todos los obstáculos y no pudo ingresar al cuerpo de pilotos de aeronaves de nuestro país. Nunca pudo volar en una aerolínea comercial, pese a que hizo todo lo posible e imposible por lograrlo.

Pero sus logros continuaban, recibió dos veces la medalla "Emilio Carranza", máxima distinción que otorga la Dirección de Aeronáutica Civil. En cada reconocimiento recibido siempre expresaba que para ella la aviación era su razón de vivir, toda su vida.

Se retiró en 1996, con más de diez mil horas de vuelo, cuatro años después su espíritu se fue a vivir por siempre entre las nubes de algodón que tantas veces acarició con sus aviones.

En diciembre del año 2000 decidió volar por siempre en todos los cielos.