MAYO 2018

Vocación es amar lo que haces

Foto: Mariana C. Bertadillo/MujeresNet

María Esther Espinosa Calderón retoma varias anécdotas para hablar de la vocación como factor imprescindible en el ejercicio magisterial, mismo que, enfatiza, marca de manera profunda un sinfín de vidas.

La educación es el alma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.
Nelson Mandela


No sé qué pasó con Dagoberto, aquel pequeño de apenas ocho años que cantaba en los camiones para ayudar con los gastos de la casa, a su corta edad trataba de cuidar y proteger a su hermana que iba en el mismo grupo de segundo de primaria, un año mayor que él y a la mós pequeña que cursaba primero. Lo conocí hace algunos años, una vez que acompañé a mi amiga de la universidad, Lulú Vaca, a la escuela donde daba clases, me pidió que la apoyara en el festejo que les haría a sus alumnos y alumnas por el día del niño (a).

Mi amiga, quien siempre amó su profesión de maestra, les celebraba con una gran fiesta, se gastaba parte de su sueldo, su escuela estaba en una colonia marginal, a donde iban niños y niñas de escasos recursos. Les llevaba regalos, comida, bebidas, golosinas, pastel, paletas de hielo y refrescos. Ese día les preparó tostadas, yo le ayudé en esa labor. Me sorprendió Dagoberto que a cada rato me decía: "Maestra me da otra tostada" y otra vez: "Maestra me puede dar otra tostada". Perdí la cuenta de las tostadas que le había servido. Le comenté a Lulú: "Creo que ese niño se va a enfermar del estómago, le he dado muchas tostadas".

No me había fijado que salía del salón y le compartía a su hermana y a las amigas que iban en otro salón, la maestra de su grupo había organizado algo pequeño y no les llevó de comer. A la hora de las rifas, él trataba siempre de ganar. Pidió doble paleta de hielo, también se la llevó. Cuando empezamos a repartir los juguetes, se me acercó y me pidió que si le daba una muñeca, me imaginé para quién la quería. En una bolsa guardó los obsequios, sus aguinaldos y todo lo que podía, para llevárselos a los otros hermanos. Su mamá trabajaba de noche y su abuela se hacía cargo de ellos y ellas.

Dagoberto, era un niño aplicado, responsable, de buena conducta, a pesar de la vida tan difícil que llevaba. Siempre contó con el apoyo de su querida maestra Lulú, terminó la primaria: "Ya no supe más de él, era un niño que le rompía el corazón a cualquiera, por su nobleza y su inteligencia. Espero que sea un hombre de bien".

María de Lourdes Vaca Espinosa, la maestra Lulú, para sus alumnos y alumnas, quienes guardan un bonito recuerdo de ella por el apoyo, el cariño y la forma de enseñar, comenta que una de las satisfacciones de estar en la docencia por más de 30 años es el agradecimiento de los padres de familia y el cariño y reconocimiento de aquellos niños y niñas, que ahora de adultos, la buscan para saludarla o comentarle lo que ha sido de sus vidas. "Me da gran alegría saber que muchos son ya profesionistas. Ahora con esto de las redes sociales, me he encontrado con personas a las que les di clases. De repente en algún lugar, en la calle me llegan a reconocer y me saludan con mucho cariño".

Recuerda con cierta nostalgia, pero a la vez con satisfacción cuando Olga, una niña que ya había repetido segundo grado, llegó y le dijo que no sabía leer porque tenía cáncer (leucemia), estaba recibiendo tratamiento para su enfermedad, Lulú le comentó que en su clase podría aprender porque ella le iba a ayudar. Le propuso a la madre darle clases particulares en su casa, la madre respondió que no tenía dinero para pagarle, le dijo que no les iba a cobrar. "Olga aprendió a leer, también le ganó la batalla al cáncer. Hace dos años me encontró en Facebook, me dio mucha alegría saber que pronto terminará sus estudios universitarios. Me dijo que yo era su motor para seguir estudiando, eso es algo que me hace sentir muy bien".

En uno de los mensajes que le envió Olga le escribe: "Hola maestra Lulú, fui una de sus alumnas en la escuela Manuel Altamirano, espero me recuerde, porque yo nunca la olvidaré, hizo grandes cambios en mi niñez y en mi vida, la quiero mucho".

Lulú dice que cuando hay vocación, amas lo que haces y te preparas día a día para apoyar a esos niños y niñas que están en tus manos y eres responsable de su formación: "Lo más triste es darte cuenta que muchos maestros y maestras no le tienen cariño a su profesión y descargan sus frustraciones en sus alumnos. No se preparan y desconocen cómo enseñar a niños/as con Trastorno de Déficit de Atención (TDH) o algún otro síndrome".

Cualquier trabajo que desarrolles "si das todo de ti, siempre recogerás frutos. Los alumnos, padres y madres de familia pedían que yo fuera su maestra, que estuviera con ellos".

Lulú recuerda la anécdota de su profesora Ofelia, le contaba que una vez que iba con su familia a su casa de campo cerca de Amecameca, los iban a asaltar, ya cuando los tenían sometidos, el líder de la banda reconoció a la maestra y les dijo a sus compinches, "vámonos, ella fue mi maestra en la primaria".

Para Lulú el magisterio es una luz, una esperanza para los niños y las niñas. Ella siempre demostró su gran vocación para la enseñanza. Fue solidaria, cuando estaba en su mano ayudaba. Siempre ha pensado que "las letras no entran con el estómago vacío". En sus primeros años de maestra hacía un enorme recorrido desde la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Aragón (ahora FES), donde estudiaba periodismo hasta la escuela Xochiquetzal, en la colonia San José de los Cedros en Cuajimalpa. Salía corriendo de la ENEP para llegar puntual a su trabajo.

Así como Dagoberto, Lulú tuvo en esos 30 años de docencia muchos niños y niñas con la misma problemática socioeconómica, algunos/as, a pesar de las vicisitudes por las que pasaron en su vida, salieron adelante, otros y otras se quedaron en el camino.

Años después que terminó la carrera de comunicación, la maestra Lulú, estuvo trabajando durante siete años en Casa de Moneda de México, sin dejar la docencia, por la que finalmente se decidió y de la que se jubiló hace tres años.

Esa es la resonancia y los ecos que trascienden a muchas vidas cuando hay verdadera vocación.