MAYO 2018

Raíz de la memoria

Como breve homenaje a la noción de memoria en tiempos de fácil olvido, Lucía Rivadeneyra habla de la antología poética de Silvia Pratt.

¿Qué somos sin memoria? Nada. La memoria, el acto de recordar. La memoria, una asociación de ideas. Nada más oportuno que evocar, hoy en día cuando la memoria "está en desuso", cuando todo se ha vuelto "la cultura inmediata", esa que está en el celular y sólo saca de apuros y una vez consultado el dato, la información se va al olvido, creo que es buen momento provocar a la memoria.

Desconozco si hay ejercicios de memoria en las escuelas primarias, pero me consta que, por lo menos, las últimas 15 generaciones al llegar a la Facultad que sea, cientos de alumnos no recuerdan ni siquiera datos que los ubiquen en el mundo. Por eso, apostar a recordar e ir a la raíz del recuerdo -en la actualidad- es un deporte de alto riesgo, una afrenta.

Sólo una poeta puede hacerse preguntas o hacernos preguntas y dejarnos con impactos e inquietudes, con dudas, con certezas, con deseos de memorizar. Silvia Pratt (1949), defeña de nacimiento, domiciliada desde hace muchos años en el Estado de México, tiene en su haber ocho poemarios y una cantidad más que importante de libros traducidos. Su profesionalismo y su calidad como traductora la hicieron acreedora a la Condecoración de la Orden de los Francófonos de América, que otorga el gobierno de la provincia de Quebec. Silvia seduce a las palabras para que la traducción sea más dúctil, para que un poema no se sienta ajeno sino para que parezca escrito para nosotros, en nuestra lengua. Su labor en esta área, nada fácil, la hace con pasión. Es una verdadera profesional.

Su producción poética va de la mano con lo que la vida decidió ponerle en el camino. Sin embargo, ella transforma la vivencia. Como muestra tenemos esta antología personal Raíz de la memoria, que reúne tres títulos: Espiral irrepetible (2003), Caldero ciego (2000) e Isla de luz (2004). La edición, como todas las de esta colección de escritores nacidos o radicados en el Estado de México, es bellísima. El editor responsable, el poeta Félix Suárez, hace un prólogo que refleja al lector atento que es: da un contexto y hace referencias a diversos autores. Es un trabajo que acompaña con calidez los poemas de Silvia Pratt, poeta que emana un hálito de misticismo y de entrega a la vida.

Tengo la sensación de que esta antología está arropada por el epígrafe de Caldero ciego, de Olga Orozco: "Alguien está despierto estrujando las sombras, disponiendo los leños". Y mientras todo eso pasa, Silvia Pratt reta a diversas temáticas que se hacen constantes: la muerte, el tiempo, la memoria, el luto, el origen. Su estilo tiene mucho que ver con la naturaleza. Flores como los crisantemos, los alcatraces, las madreselvas, los rosales, los cipreses, entre otros, iluminan la densidad del dolor.

"Un caldero sagrado el universo", dice la poeta. La palabra caldero tiene que ver con la alquimia, con un encuentro de hechiceras. Y sí, Pratt cocina emociones, altera palabras, juega con ellas, mezcla sonidos, hace preguntas... "Creo en el dolor / que refleja el vaho del espejo, / en la soleada soledumbre de la sal". O bien, "Hoy deambulo en calles / como el alfil infiel / que infeliz festina / en el filo del desfiladero". Causa la f una sensación de angustia.

Me gustan las antologías porque dan un panorama del autor, de su evolución, sus constantes, sus palabras predilectas, sus sorpresas... El periodo que abarca 2000-2004 es corto; sin embargo, las pasiones de la poeta son infinitas y quedan claras.

En Espiral irrepetible mezcla poemas en prosa con poemas en verso. Tiene algunos que alteran a cualquiera como "Palpita el eco / de una sirena embalsamada" (p. 30); "Con su cuerda infatigable hirió mi rostro la tristeza" (p. 37); "Amanecí sin ti, madre, y el rostro del mundo / al igual que el mío estaba pálido".

En Caldero ciego, ofrece versos inquietantes por la búsqueda de Dios a toda hora "¿En dónde estaba Dios aquel domingo?" (p. 59); versos impecables y no por ello menos intensos. También sabe del pavor "de volcar los ojos en sábanas infieles". Y un verso confiesa: "Vivo con el mar en adulterio". El verso "Piel de oso sin curtir el dolor repugna" (p. 111) transporta, por ejemplo, a Las Medinas de Fez, en donde curten pieles casi como en el medievo y en donde lo único que mitiga el dolor que repugna es el aroma de la menta.

Las aves son otra parte importante en los poemas. Quizá, por eso, cuando ya las hemos encontrado, es muy fuerte saber lo que la autora confiesa: "Y ya no tengo pan que ofrecer a las palomas" (p. 116).

Isla de luz tiene el agua como riesgo. Es un poema de largo aliento. Es compulsivo, es una necesidad de no parar y, al mismo tiempo, una necesidad por detenerse. Es como llegar a una ermita y tener urgencia de orar con fe inédita. Y nuevamente las aves, la tierra, las inaprehensibles nubes, los árboles, las hojas, los dioses. Esta luz nos ilumina en plena angustia. El gran consuelo es que la poeta sabe que "la memoria olvida año tras año" (p. 108). Es probable que a eso se deba que los lectores de Silvia Pratt nos quedamos con sed, pero saciados. Y sabemos que corremos el riesgo de olvidar, pero mientras estén sus palabras tendremos en qué detenernos.

Como la piel del oso que requiere ser curtida, los lectores buscamos el bálsamo del verso y podemos saber que la ramita de menta mitigará el nauseabundo olor de la desdicha. Desde aquí celebro esta edición; desde aquí aplaudo la antología Raíz de la memoria; desde aquí entiendo que el misticismo de Silvia Pratt es muy terrenal. Y por si fuera poco, ella confiesa: "Mi único santuario es la palabra".

Pratt, Silvia. Raíz de la memoria. Antología personal (2000-2004). FOEM. México, 2013. 244 pp.