MAYO 2018

La violencia contra los grupos más vulnerables

Foto: Mariana C. Bertadillo/MujeresNet

A través de este texto, Georgina Rodríguez Gallardo habla del significado de la violencia en un contexto donde ésta ha sido socialmente legitimada, normalizando así también el dolor. Para frenar el fenómeno, dice, debemos comenzar por humanizar al Otro.

La violencia y el dolor no son ajenos a las relaciones humanas. Si bien afecta a la población en general, son los grupos vulnerables como: mujeres, menores y personas adultas mayores y/o con discapacidad, quienes conocerán sus peores facetas. Los conflictos, enfrentamientos y embestidas han ido de la mano de la humanidad, así como el sufrimiento que de estos hechos se desprende; hasta llegar a convencernos de que es parte intrínseca de las relaciones sociales. Sin embargo, no es así -o no debería de ser así-; la violencia y el dolor no deben de ser entendidos como propios de la persona. Somos animales racionales con emociones controladas por un entorno social determinado histórica y culturalmente, por tanto moldeable a nuestras necesidades.

La desigualdad y la inequidad son los detonantes de la violencia y compañeros de la persona social construidos por la idolatría a la cultura del poder, del dominio del otro. Para Max Weber, el poder "es la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aún contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad" (Weber, 1983:43). Si bien la desigualdad y la inequidad son fenómenos estructurales remitidos a un contexto social e histórico. A lo que se suma un ingrediente adicional: la violencia que en su expresión más simple, es definida como el ejercicio de la fuerza, del poder, del fuerte sobre el débil. Pero en esta relación existe un tercer participante: el espectador; los que observamos las manifestaciones de la desigualdad e inequidad y sufrimiento -principalmente de grupos vulnerables como son las mujeres, niños/as, personas con discapacidad y por supuesto las personas adultas mayores- manteniendo una posición cómoda y distante.

El observador no sólo presencia y permite el acto de violencia, sin importar la magnitud de éste, sino que en este proceso lo está interiorizando y legitimando, con lo que permea en las estructuras sociales convirtiéndolo en un acto consensuado. De esta manera la violencia queda institucionalizada, como un hecho social, inherente a la actividad humana.

Las diversas manifestaciones de la violencia generan dolor y sufrimiento en quien la padece, es un círculo de reproducción; la violencia cuenta con sutiles o groseras maneras de manifestarse, que a través de la historia se han transformado pero dan sustento a las representaciones más aberrantes de violencia y por tanto de dolor y sufrimiento.

En este sentido, dolor y sufrimiento han ido de la mano de la persona social. Las formas de reproducción o de generar dolor en nuestro semejante se han contado con diversas y crueles formas de hacerse presente. El dolor y el sufrimiento son legitimados en el grupo social, y es reproducido conforme a la cultura y momento histórico. Violencia y dolor son ocultos a los ojos de todos/as, son invisibilizados, se encubren o se niegan, para permitir su reproducción aprobada, consensuada y legitimada por el grupo social, pero siempre salvaguardando la preservación de la especie.

Como miembro de la comunidad se cuenta con la capacidad, además de la necesidad de convivir en un marco de justicia, igualdad y equidad. Sin embargo la violencia y el dolor son cotidianos, conviven con la persona como miembro activo de su comunidad, son cercanos, nos rodean, nos invaden. Llevamos de la mano la intolerancia y la desigualdad; detonantes de los desazones sociales.

¿De dónde nace la tolerancia? Del respeto del otro, de respetar su espacio, su cuerpo y sus ideas; de tratar a nuestro semejante cercano o lejano con apego a su dignidad. Es ética, es el sentido de humanidad ya perdido.

...se ha convertido en la base para una ética: ante todo, debemos respetar los derechos de la corporalidad ajena, entre los cuales debemos incluir el derecho de hablar y pensar. Si nuestros semejantes hubieran respetado estos 'derechos del cuerpo', no habríamos tenido la degollación de los Inocentes, los cristianos en el circo, la noche de San Bartolomé, los autos de fe, los campos de exterminio, la censura, los niños en minas, los estupros en Bosnia. (Eco, 1998: 104)

La violencia y el dolor se han convertido en componentes de la sociedad, se recrean a sí mismas, la actividad social se ha vuelto adicta a la violencia, e indiferente al dolor ajeno; vemos, leemos y escuchamos en cada momento del día sobre sufrimiento y agresión. Son tan cercanos que inquietan, producen temor y aíslan impactando con ello en los niveles de calidad de vida.

¿Qué hacemos para combatirlas? En realidad poco, las manifestaciones de la violencia y del dolor son cotidianas al ser frecuentes e ir en escalada. Las noticias, el cine, la televisión, la prensa, el internet y las redes sociales acercan de tal manera a la violencia y al dolor que lo dimensionamos como ajeno y distante. Convierten al espectador en indolente.

Hemos degenerado el sentido de sensibilidad para dolernos del sufrimiento que ejercemos o presenciamos, sólo lastima nuestra pesadumbre. ¿Y los otros? Nos hemos desensibilizado, perdiendo con ello el sentido de misericordia, somos apáticos "... la apatía no es un defecto de socialización sino una nueva socialización flexible y 'económica'..." (Lipovetsky, 1986:43). La continuidad y variedad de la violencia y el dolor ha deshumanizado a la persona. ¿Qué queda? Más que trabajar en recuperar ese sentido de humanidad a través de la emoción de la compasión por los otros, compasión del dolor ajeno.

El análisis usual de la emoción, de Aristóteles en adelante, enfatiza que la compasión requiere del pensamiento de que otra persona está sufriendo algo muy grave. En la emoción misma, entonces, evaluamos la situación de la otra persona como algo serio, algo que tiene 'magnitud', con palabras de Aristóteles. La estimación de la 'magnitud' puede reflejar la evaluación de la persona que sufre, pero eso no tiene por qué ser siempre así. (Nussbaum, 2006:67)

La desigualdad e inequidad generan ambientes adversos que impactan en los más vulnerables: mujeres, menores de edad, personas adultas mayores y personas con discapacidad. Pero si a ello se suman dos ingredientes como la falta de tolerancia y la cotidianidad de la violencia, tendremos el marco perfecto para su manifestación y desarrollo con todas sus expresiones y dimensiones. En el estudio y análisis de la violencia se asigna una mayor relevancia a las diferencias, como detonante de las injusticias, si bien, es un ingrediente, no es un componente exclusivo o excluyente.

La violencia se manifiesta en todos los entornos de la actividad social: educativo, cultural, religioso, político, urbano y ecológico. No cedemos a la práctica de la violencia, se exterioriza en las diversas relaciones sociales, en la comunidad y en la familia. La violencia precede y supera, es la adrenalina que la persona social reclama.

¿Cómo es posible entonces que haya o hayan habido culturas que aprueban la matanza, el canibalismo, la humillación del cuerpo ajeno? Sencillamente, porque, restringen el concepto de los 'otros' a la comunidad tribal (o la etnia) y consideran a los 'bárbaros' como seres inhumanos; tampoco los cruzados sentían que los infieles fueran un prójimo al que debían amar excesivamente. (Eco, 1998:106)

El ejercicio de la violencia no es algo nuevo, ha estado presente a lo largo del quehacer humano con sus emanaciones e impacto en el bienestar social; si bien sus manifestaciones e intensidad se han trasformado, es sin embargo, perpetuamente calculada y medida para garantizar la sobrevivencia de unos sobre otros: la violencia es racional. El dolor es sintomático. "El derecho del más fuerte, del más astuto, del más ingenioso o artero para hacer todo lo posible por sobrevivir a los más débiles y desafortunados es una de las lecciones más horrorosas del Holocausto" (Bauman, 2003:124).

Para comprender la violencia es necesario entenderla como un fenómeno cultural y estructural, un componente social de la ausencia de humanidad, es la facultad humana de ejercer dolor en los otros, por poder, porque es factible. Al grado de ya no distinguir el dolor que se infringe. ¿Dónde queda la compasión? En el rincón de los olvidos. "Sin compasión por el que sufre y sin alegría por la felicidad de los demás el artefacto de la justicia no puede mantenerse. Las formas de vida que son deficientes en estas virtudes carecen de las condiciones necesarias para el bienestar humano" (Gray, 2001:18). La cotidianidad de le violencia desmedró la capacidad de impacto de los hechos violentos y dolorosos, se ha perdido la capacidad de apiadarnos del dolor de los otros.

Bibliografía:

Bauman, Zigmunt (2003). Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. México: Fondo de Cultura Económica.

Eco, Umberto (1998). Cinco escritos morales. España: Lumen.

Gray, John (2001). Las dos caras del liberalismo. Barcelona: Paidós Ibérica.

Lipovetsky, Gilles (1986). La Era del Vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Barcelona: Anagrama, colección Argumentos.

Nussbaum, Martha C. (2006). El ocultamiento de lo humano. Repugnancia, vergüenza y ley. Buenos Aires: Kats.

Weber, Max (1983). Economía y Sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.