MAYO 2018

Cuando sueño con mi abuela Artemia

Como si hubiera sido testigo, Elvira Hernández Carballido cuenta la historia del nacimiento de su madre, que fue también una historia de su abuela, quien se convirtió en madre siendo una niña.

Fue el 9 de mayo de 1929 cuando el momento de dar a luz llegó. Tú caminabas al pie de la Madre Sierra del Sur cuando la primera contracción detuvo ese andar de niña, porque eras una niña. Por supuesto, te asustaste, te asustaste mucho. El dolor te sacudió completa, te pusiste en cuclillas, deshojaste el girasol que traías en la mano y tu primer gemido hizo eco en todo el valle.

Con cuánto trabajo lograste regresar a casa, donde Mamá Tere de inmediato te tomó en sus brazos y te preparó para el parto. Así, deshizo con amor cada una de tus trenzas y te quitó la blusa de azucenas bordadas, luego la falda tatuada de soles zapotecas, los huarachitos de correas blancas que te regalaron en tu primera comunión. Cortó un pedacito del zacate y lo remojó en esa agua de rosas que ya tenía preparada desde hace varios días. Recorrió primero tu rostro infantil, bajó por tu cuello que todavía guardaba un aroma infantil, tu pecho coronado con dos pequeñas estrellas, tu ombligo de luna esponjada. Cuando ya estabas empapadita de rosas, ella tomó tu mano para llevarte al centro de la habitación.

Te recostó en un petate entretejido con palmas de color sol marrón. Tu mirada quedó clavada en el techo donde no había cielo ni nubes. Y cada contracción brotaba entre la aflicción o el tormento, el dolor y la vida. De pronto recordaste la frase que oíste decir a una de las mujeres sabias del pueblo: "El momento del parto, el momento de la muerte..." Bebiste el té preparado con cola de tlacuatzin, que la tía Elvira te dio sin poder ocultar ese gesto de preocupación.

Algunas mujeres del pueblo empezaron a llegar. Voces y murmullos te rodeaban, las contracciones se multiplicaban. Lágrimas y sudor se confundían, sudor y lágrimas te delataban. Tanta gente y tú te sentías tan sola, aunque la niña que estaba dentro de ti, empujaba deseosa de salir para conocerte, para acompañarte, para palpar si tu mirada era tan dulce como la voz que durante 7 meses la acompañó.

La partera mayor fue traída de emergencia, te aferraste a su mano, te aferraste a su voz. Murmuraba a tu oído un canto de fuerza y esperanza, el milagro esperado, que no llegaba, que por alguna razón empezaba a alejarse. El fruto de tu vientre se asomaba para ver la luz, pero en ti todo se oscureció. Te empezabas a apagar poco a poco, la oscuridad te envolvía.

De pronto, la partera dijo una palabra que puso de rodillas a tu madre, que provocó el coro más doloroso de todas las mujeres que te amaban. Muy bajito, por segunda vez, repitió la palabra que marcaba tu destino: Mocihuaquetzqui. La dijo justo cuando el llanto de tu hija delataba la vida. Lo dijo justo cuando tu último aliento alcanzó a besar la frente de esa pequeña que por un segundo lograste bendecir con toda tu inocencia. Te despediste sin decir adiós, te despediste con un suspiro eterno que provocó lluvia de lágrimas, gritos de dolor.

Todas las mujeres de nuestra familia lloraron tu muerte, te bañaron con sus lágrimas. Esa misma tarde te envolvieron en ese petate marrón y te llevaron a cuestas. A tu paso, lluvia de girasoles, pétalos amarillos te siguieron hasta el cementerio. Abuela Artemia, mi mamá no te conoció. Yo solamente puedo inventarte. Abuela Artemia, espero que te hayan enterrado al momento de la puesta de sol, como dictan las leyendas de nuestras antepasadas. Deseo que ese mismo 9 de mayo te hayas transformado en un ser divino que acompaña al sol y lo alienta a levantarse cada mañana. Un ritual que solamente puede cumplir una Mocihuaquetzqui, una mujer muerta en el parto. Mi guerra, mi diosa. Abuela Artemia...