MARZO 2018

Algo sobre el encuentro político, artístico, deportivo y cultural de mujeres que luchan, organizado por las mujeres zapatistas

Fotos: Ambro Álvarez/MujeresNet

Aura Sabina comparte su versión de lo ocurrido en territorio zapatista en este primer encuentro internacional, asegurando que a su regreso se siente 'blindada de amor' tras lo que aquel espacio le despertó, recordó y enseñó.

Si lo hubiese pensado, no lo hubiera hecho. Esas palabras recorrían mi cabeza durante las 34 horas que tardamos en llegar al caracol 4, Morelia, ubicado en alguna zona montañosa de Chiapas (justo ahora, no estoy muy segura de revelar la ubicación por cuestiones de seguridad). Cada dos horas pensábamos que estábamos cerca. Y no, todavía faltaban dos horas, para que faltaran dos horas para estar a quince minutos de la posibilidad de llegar... Eran las 2:30 a.m.; las compañeras zapatistas estaban despiertas para recibirnos, registrarnos, decirnos: "Qué bueno que ya están aquí". Una gran manta, colocada a la entrada del caracol, decía: "Bienvenidas, mujeres del mundo". No importó esperar casi una hora para el registro. Todos los dolores musculares, el hambre y el sueño se hicieron nada. Para cuando estuvimos instaladas, listas para dormir, los gallos ya anunciaban el amanecer.

A las seis en punto de la mañana, hora zapatista, las compañeras del caracol nos cantaron las mañanitas. Lamenté mucho que mi cuerpo no pudiera reaccionar, pero mi agradecimiento estuvo puesto allí, por sus palabras dulces, su apertura y candidez puesta al micrófono. A partir de las siete todas buscamos alimentarnos con lo propio o con lo que las compañeras nos compartían: ya estaban listas las ollas de café, el pan, los tamales; fruta, jugos, caldos, guisados, verduras, elotes... Grupos de mujeres de los cinco caracoles se habían dividido las tareas para acarreo de víveres y agua. Algunas de nosotras, las invitadas, se dispusieron a la ducha; otras, a dormir y quedarse en ayunas.

A las nueve treinta, hora zapatista, se inauguró el evento. Más de 2 mil compañeras tzotziles y tojolabales estaban ya en la explanada, formadas, escuchando por horas todo lo que las compañeras tenían por compartir. Nosotras, las otras, las mestizas, blancas, blanquizadas, negras, amarillas, azules... Nacionales o extranjeras, desde allí, tuvimos mucho que aprender sobre la colectividad. Porque el yo dejó de ser el yo-yo de siempre: las compañeras anfitrionas siempre piensan en colectivo y a partir de ello debíamos entendernos, siempre escuchando y mirando a las demás.

Nos compartieron la aventura de haberse organizado solas, de estar al mando, de hacernos sentir seguras de que los hombres estarían siempre afuera, y que las mismas compañeras resguardarían el orden. El sol nos acarició, nos abrasó (sí, con s) nos permitió percibir el brillo del monte, de los ojos detrás de los pasamontañas, del agua potable que incansablemente acarrearon para que nosotras estuviéramos cómodas. Nos compartieron, por medio de teatro, de canciones, de danzas, la historia de su lucha, de cómo tuvieron que abrirse camino, primero a partir de su identidad zapatista y luego, al interior, con los compañeros que no por ser compañeros eran menos machos (lo de siempre), y cómo a lo largo del tiempo siguen buscando integrarse y dividirse las tareas, responsabilidades y decisiones.

Del caracol 4 Morelia para el mundo, nos hicieron entender las problemáticas de las mujeres de los pueblos originarios: la violencia machista, los atropellos de las fuerzas armadas, la pobreza, la soledad, el suicidio, las huellas del narco, la trata de personas, las violaciones sexuales, el desprecio de connacionales (que se creen superiores sólo por tener piel lechosa). Las vi tan fuertes, tan dueñas de sus mundos, tan organizadas, siempre en cardumen (otra palabra que estuvo presente en varias dinámicas) siempre combativas, siempre dulces y cálidas, pequeñitas y enormes, sin buscar protagonismos, sino la integración. Creo que hasta ahora es el mejor 8 de marzo que he tenido: un día de enseñanzas con las compañeras zapatistas.

Ya desde media tarde sentíamos que no podíamos con tanto amor. Sentí cierta segregación. Me sentía mal por querer tomarles fotos. Sabía que podía ponerlas en riesgo. Muchas compañeras, de las otras, o sea, todas las que no éramos parte de algún caracol, creo que lo vieron como turismo, como vacaciones. De pronto, parecía una especie de Woodstock, pero sin drogas y sin hombres. Sentí miedo de que todo se quedara en ello. Al poco tiempo, entre las compañeras comentamos que estaría bueno ayudarles en las tareas, porque éramos muchas.

Tendríamos que acomedirnos a llevar la basura (no sé por qué muchas no llevaron sus propios trastes para evitar el uso de unicel, pero eso es otro tema), la limpieza de los baños y regaderas, la carga de víveres o la misma vigilancia al interior del caracol. Algo mágico: nada se perdía: todo el tiempo se voceaban los objetos perdidos o los objetos encontrados. La utopía hecha realidad. Algunas compañeras llevaron a sus crías; de alguna manera, todas participábamos con el cuidado. Verlas caminar y jugar libres, sin miedo a la violencia, el robo, la agresión, el acoso, la mirada inquisidora del yugo machirrín...

Fue mucho, muchísimo, muchísimo todo: se habló de cuerpo, mente, espíritu, tierra, territorio, salud sexual, derechos humanos, capacitación para el trabajo, formatos electrónicos, arte, cultura... Hubo danza, música, teatro, pintura mural colectiva, poesía, fanzines, grabados, exposiciones fotográficas, proyecciones de películas... Batucadas, conciertos, minipeñas improvisadas... Talleres para trabajar el cuerpo, la identidad, la fuerza... Hubo futbol, voleibol, básquetbol. Y las entrenadoras, además de entrenar cuerpos para el deporte, entrenaban mentes para la vida cotidiana, para la lucha, para el equilibrio en el corazón. Cada palabra tenía una fuerza, un poder. Nada en vano, nada.

Sería difícil enunciar todas las actividades. Había alrededor de 25 espacios simultáneos. Empezaban desde las ocho de la mañana y algunas se prolongaban hasta ya entrada la noche, sin contar con los círculos espontáneos de discusión que se armaban entre casas de campañas o cuando alguna expositora no lograba llegar por problemas con migración, porque venir de oriente medio, con un ejército zapatista, no suena bien para las cúpulas, y menos si se es mujer...

Nadie fue protagonista. Vi a muchas activistas, a muchas institucionales y muchas autónomas, vi a algunas que no me simpatizan, pero las respeté por haber llegado hasta ese sitio remoto. Sé que también a ellas se les movió el piso al ver la horizontalidad en la que todas anduvimos. Recorrí una y otra y otra mesa, uno y otro y otro foro. Todas participando y escuchando a madres de desaparecidos, de personas que no sobrevivieron a la violencia machista; todas pendientes de las discusiones sobre explotación sexual.

Todas participábamos. Poco a poco las compañeras zapatistas se involucraron más y más con nosotras. Hablar otros idiomas no fue impedimento para abrazarnos, mirarnos, admirarnos, querernos por minutos, decirnos que somos hermosas, hermanas, que no importa la trinchera ni la clase social ni la nacionalidad, que todas, por el simple hecho de estar allí, habíamos sido parte de algo muy cabrón en la historia de las mujeres. Era un gran campamento donde las diosas se dieron cita y yo solamente podía dar gracias al universo por permitirme ser parte de eso. Sanamos en comunidad.

Nos abrazamos todas las que hemos sido lastimadas, porque el dolor también puede diluirse con abrazos y acompañamiento, porque al ver las estrellas en silencio, desde la casa de campaña, porque cada que una compañera se subía el pasamontañas o se retiraba el paliacate; porque por cada canto de guajolotes, cada gota de agua potable, cada paso de las feministas veteranas, cada risa de las adolescentes... Cada diminuta gran cosa era un milagro.

Así transcurrieron los días, las horas, las estrellas, las risas, la salud, el trueque, el comercio justo, la derrama económica. Compartimos el dolor, la rabia. Aprendimos que todas somos una misma, con todo y las diferencias, que somos un gran monte de árboles frondosos y brillantes que comparten su sombra, que somos fuertes, guerreras, que no debemos juzgarnos ni juzgar a las demás. Aprendimos a ser resilientes, a no quedarnos hundidas en el sufrimiento, porque vienen detrás otras generaciones y hay que enseñarles a luchar, a cuidar la tierra, el corazón, los animales, los cielos; que debemos compartir con los compañeros aliados y que debemos matar al macho, es decir, al ideal opresor del que muchas compañeras siguen enamoradas.

La clausura fue muy emotiva. Lo más seguro es que todas hayamos llorado en algún momento, cuando las compañeras se disculpaban de los errores. ¿Quién se habrá quejado? Al contrario: creo que cada una de nosotras debimos hacernos responsables de nosotras mismas. Hubo quien se quejó del dolor de rodillas o de espalda. Pero yo vi a más de 10 compañeras que en silla de ruedas hicieron presencia. Frente a eso, ninguna otra excusa tiene fuerza suficiente. Y sin embargo, todo es válido. Hay que reconocer que no todas las personas están preparadas para estos espacios. Se requiere cierta condición física. Humildad para aceptar que no tendrás tu habitación privada con cama y que estarás libre de bichos. Nada de títulos nobiliarios: doctora, maestra, licenciada: hermana, amiga, compañera, mujer. Es requisito deshacerse del princesismo. Y eso no es sencillo para todas.

Enlace Zapatista ya nos compartió las palabras muy bellas, muy entrañables todas, que las compañeras nos regalaron al clausurar el encuentro. Recibieron las semillas de muchas partes del mundo, para extender los lazos a partir de la alimentación. Al final, dejaron entrar a los compañeros que durante esos tres días se quedaron acampando afuera, cocinando, charlando, compartiendo, reconfigurándose. Me hizo un poco de ruido que quisieran cantar lo de siempre, es decir, sus canciones machirrinas. Algunas compañeras les aplaudieron eso y me saqué de onda pero luego pensé que igual, yo vendría de regreso a mi vida privilegiada de citadina con estudios y agua potable y caliente las 24 horas, con acceso a la Coca-cola y mi cultura occidental de internet y cláxones... Nos queda mucho camino por andar, pero ya dimos algunos pasos.

Pensar que la vida es un modo de resistir me toca profundo porque en varias ocasiones he sentido que ya no puedo más y que voy a claudicar. Que ya será pronto, siempre pronto. Eso sería traicionarlas. Hacer un voto por la vida para mí es un gran compromiso. Estoy en esa transición todavía.

Esto es a grandes rasgos. Poco a poco irán saliendo cosas que más bien quisiéramos compartir en persona, con cada persona y en cada espacio posible. No soy apóstata... Pero sí tengo un corazón nuevo, más suavecito, que no teme o más bien teme menos al rechazo, al dolor, al chisme, la burla, el escarnio. Me siento blindada de amor. Me estoy reconfigurando y quizá por ello mis palabras pudieran resultar vagas todavía. De momento, mientras salgo de mi estado de shock, no me queda más que dar gracias a las más de 6 mil mujeres que hicieron posible esto. No le crean a las notas firmadas por hombres: ellos no tienen idea de lo que nos pasó allá adentro. Confíen en nosotras.

Posdata:

Sobre el transporte: para la otra, debemos buscar opciones seguras, con mayor disposición, con choferes más sensibles, menos agresivos y más conscientes, que no paren a las 3 de la mañana en medio de la nada. Debemos ser más conscientes y hacer un manual de viaje. Pero eso es casi nada, en comparación con lo bello que pasó en el monte.