DICIEMBRE 2017

Eso era la vida...

A través de una anécdota, el autor pone al descubierto uno de los sentimientos más recurrentes en las masculinidades socialmente construidas: la soledad.

Me agrada asistir a los bares por dos razones: mi ferviente gusto por la cerveza y la frecuente oportunidad de conocer a personas y sus historias. Es un ejercicio antropológico involuntario que me ha dado gratas sorpresas. Sobre todo en el tema de las masculinidades; pues si bien las cantinas y los bares son los espacios públicos para la expresión de la masculinidad hegemónica por antonomasia, también es posible hallar manifestaciones contra-masculinas (especialmente llevadas a cabo por la comunidad gay) y de la masculinidad emergente.

Es común observar que los hombres que asisten al bar lo hacen para socializar su consumo del alcohol y en el proceso disfrutan de la compañ ía de otros hombres con los que comparten sus aficiones deportivas, sus preferencias políticas, sus experiencias sexuales y sus saberes cotidianos. La polémica en alguno de estos temas ha devenido en trifulca y enemistades.

Lo menos frecuente es ver hombres solos, en introspección. Disfrutando en solitario de su bebida y de la música que sale de la rockola. Al mismo tiempo ávidos de compañía, sobre todo de una que esté en disposición de escuchar sus pesares. Así conocí a "El Puma" (seudónimo que le asigno por su parecido físico con el cantante de los años ochenta), hombre soltero de cincuenta años, asiduo asistente de los bares de Bucareli.

Cierta ocasión en que el bar estaba lleno le pidieron aceptar mi compañía en su mesa. Con desden acomodó sus cosas para delimitar el espacio que le correspondía. Transcurridas unas horas cruzamos algunas palabras como para hacernos un somero perfil el uno del otro. Yo cantaba las canciones que los demás parroquianos ponían en la rockola, él me daba la impresión que lo hacía para sus adentros. Hasta que sonó la canción Eso era la vida de Emanuel, entonces el rostro le cambió, bajó la cabeza durante todo el tema, luego la levantó para dar un suspiro y decirme salud. Después de brindar me contó la siguiente historia.

El fue hijo único de una madre soltera. Una provinciana que se asentó en el centro de la Ciudad de México. Desde niño su madre lo llevaba al pueblo a visitar a los parientes, especialmente a su hermana con su esposo. Esta pareja los recibía con gusto debido a que no habían podido tener hijos. Por ser provincia, la pareja no contaba con televisión, únicamente con un radio. Situación que aprovechaban los adultos para platicar y actualizarse sobre los asuntos familiares pero que al niño le aburrían sobremanera.

Cuando tenía trece años, la madre le compró una grabadora y él le pidió dejarle llevar el aparato al pueblo para no aburrirse. La madre aceptó y él aprovechó para comprar cintas de los cantantes de moda. Entre ellos estaba Emanuel con el álbum que incluía la canción Eso era la vida. Ya en casa de la tía, se entretenía escuchando su música mientras las mujeres conversaban. Cuando tocó el turno al casete de Emanuel el tío estaba atento a la letra de las melodóas. Al escuchar la citada canción éste pidió que la repitieran. La melodía era ya lo único que sonaba en la habitación. Al terminar, el tío se levantó y se encerró en su cuarto.

La situación inquietó al joven, quien no entendía por qué la letra de la canción había afectado tanto a aquel adulto. El tiempo pasó. El joven se hizo adulto. Quedó huérfano de madre. Intentó vivir en pareja pero no funcionó. No tuvo hijos. Y ahora que tiene cincuenta años y que vive solo, me dice con la mirada acuosa, que al escuchar esa canción entiende y comprende a su tío.