OCTUBRE 2017

19 de septiembre de 2017

Elvira Hernández Carballido comparte una emotiva crónica sobre su experiencia durante el sismo del 19 de septiembre. La amistad, el compañerismo y la esperanza resaltan entre la tragedia que se convirtió en una oportunidad para demostrar fuerza y apoyo.

Fue un día muy triste, miedo y lágrimas, tanto dolor. Mi única manera de recuperar aplomo fue escribir, escribir...

ESE DÍA

-Señor Rector, está temblando...

-Debemos bajarnos, vamos, hay que bajarnos. Todos, todos que se bajen...

El piso siete de las Torres de Rectoría se balancea como si los latidos de mi corazón soplaran iracundos sobre este edificio tan simbólico para nuestra universidad. Salgo detrás de nuestro Rector, el maestro Adolfo Pontigo, en segundos abren la puerta que comunica con las escaleras. Antes de salir de esa oficina veo la pequeña estatua que representa a la Justicia y que adorna uno de los muebles, se balancea al ritmo del sismo, su balanza me advierte que el movimiento es muy fuerte.

Admiro a cada compañero y a cada compañera. Bajamos apresurados, pero sin crisis nerviosas ni pavor delatado. El taconeo de nuestros zapatos resuena al ritmo de nuestra agitada respiración. Algún tropiezo. La voz del doctor. Agustín Sosa tranquiliza: "Con calma, bajemos rápido, pero con calma".

Sin embargo, cada piso parece eterno. El séptimo y el sexto se mecen al ritmo de nuestro miedo. En el quinto creo escuchar los suspiros de la estructura del edificio. En el cuarto ruego que la gente que amo esté bien. En el tercero me conmueve que una jovencita se dé tiempo para sonreírme. El segundo parece tener más luz. El primero representa un instante de alumbramiento, salimos a la vida. Ver el cielo, un azul nos abriga con su paz. Llamo de inmediato a mi hijo, su voz es mi gran consuelo.

Abrazo a cada persona que reconozco. Sandra Flores Guevara ya tecleando el celular para saber sobre su hija. Los reporteros de comunicación social. Mi querida Dra. Luz Elena Barranco. La sonrisa del Dr. Ray. Ivone Juárez que pregunta si estamos bien. Cada quien, buscando a su ser querido por mensaje, por llamada, por whatsapp. Se me quiebra un poquito la voz cuando el Rector pregunta por mí, nuestra tranquila charla fue tan abruptamente interrumpida: "Aquí estoy", digo agradecida. Observo con cariño a cada universitario, a cada universitaria. Alcanzo a atisbar al otro lado de la carretera que también desalojaron a mi amado Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades. Quiero correr hacia allá.

Aunque al llegar a mi instituto me vuelvo una fiera, la pobre señora guardia tiene la orden de no dejar entrar a nadie. Entro porque entro, amenazo. Adentro está mi esposo, están mis amigas, mis alumnos y mis alumnas. Me meto a la mala, pero por una razón buena, abrazar a la gente que quiero, agradecer que estén bien.

No puedo creer que hoy justo en la mañana le hablaba a mi grupo de Historia de los Medios sobre la importancia de la radio durante el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Vivir hoy lo mismo. Lloro, abrazo a mi amiga Josefina, parece que su edificio en la ciudad de México está afectado. Dios, Dios que sus hijos estén bien.

No puedo creerlo, lloro como hace 32 años. La tele me muestra los edificios caídos, pero también la fuerza de nuestra gente, la solidaridad es mexicana, la generosidad nació en México. Pero hoy no soy la chavita universitaria, hoy soy la señora periodista, debo escribir, dejar testimonio de este día de luto, este día donde nuestra fuerza debe ser más fuerte. Es más fuerte.

JOSEFINA QUERIDA:

Solamente ha pasado un mes desde ese 19 de septiembre de 2017, y me parece que ha transcurrido una eternidad cuando en ese abrazo intenso nos volvimos una para llorar, para manifestar nuestro pavor, las noticias que llegaban de la ciudad de México eran muy malas. Siempre que lloras, el alma se me desmorona poco a poquito. Siempre has sido tan fuerte, verte frágil me conmueve. Debo absorber tu fuerza, evitar mi llanto.

Nunca como antes los 89 kilómetros entre Pachuca y la Ciudad de México nos parecen tan agotadores. Pero subes a tu coche color rojo para acudir hasta donde están tus hijos, Carlos y Raquel. Y el remolino de miedos y rezos por tu mente se sacuden como el peor huracán cuando te avisan que quizá el edificio donde vives está dañado. Quisiera irme contigo, acompañarte hasta allá, pero me recuerdas que aquí está mi casa y mi familia, que tú solita debes llegar hasta tu casa y tu familia.

La salida de la carretera Pachuca-Actopan se satura porque todos salimos al mismo tiempo de la universidad, luego del temblor. Te pedimos que nos sigas para rodear lo necesario y tomes el camino que te lleve hasta tu casa. Cuando nos rebasas, tocas el claxon fuerte, una sola vez, segura, sin titubear. Dios, Dios, que llegues con bien, que abraces a tus hijos, que tu casa resista como tú.

Te alejas poco a poco, yo me quedo espiando el paisaje de la Bellairosa, esta ciudad que me dio asilo. Se ve igual, como siempre, este cielo azul al que ya soy adicta, este viento que seca mis lágrimas, aunque de inmediato broten otra vez. Que manejes con calma, que llegues bien. Que al pagar la caseta sepas que ya falta poco. Que al entrar a la ciudad resistas. Dicen que en Lindavista el escenario es fatal. Pero informan que en tu colonia el desastre es mayor. ¿Qué has visto, amiga? Resiste, resiste por favor. Tantos edificios caídos, tanta gente entre polvo y llanto. Sigue avanzando amiga, el instinto maternal se construye con ese mismo deseo que esperaste a tus hijos, con esa pasión que te ha hecho luchar por ellos. Palpo el abrazo que se dieron cuando se encontraron. Los tres juntos resistirán.

Me he tenido que conformar con tus mensajes, que leo desde el terror hasta la esperanza: "Nos desalojaron. Hacemos guardias nocturnas para evitar robos. No puedo dormir. Respiramos, el edificio no tiene daño estructural. Amiga, qué días tan difíciles, ya te contaré". Qué impotencia siento, qué ganas de estar juntito a ti.

Las fotos provocan mi llanto, pero también mi esperanza. Todo tu departamento es un caos, todo por el piso, todo fuera de lugar. Pero ahí sigue ese librero que tú misma diceñaste. Las paredes tatuadas de mariposas y hojas al viento. Tus gatos, que tus gatos siguen siendo dueños de cada rincón. Los libros que has escrito. La foto de tu mamá en tu mesa de dormir. Dormir, no has dormido estos días.

Yo te leo evocando esta amistad resistente como tu edificio. Me doy fuerza contando estos 30 años de querernos bien. De presumir nuestro feminismo abnegado. De dar voz a tantas mujeres a través de nuestros textos periodísticos. Los viajes que han provocado conocernos al derecho y al revés. Resistir estos últimos cinco años tanta maldad de las villanas. Seguir nuestra amistad en las buenas y en las malas.

En estos días no he dejado de pensar en ti. De confirmar tu fuerza, de bendecir nuestra amistad. Espero llena de esperanza, quiero unirnos en otro abrazo, pero ahora unido por nuestra fe, porque te ayudaremos a reacomodar las cosas de tu lindo departamento, porque regresaremos a compartir esas comidas que tanto te encanta preparar, porque brindaremos con tu vino preferido mientras agradecemos haber nacido en México, un país generoso, fuerte, lleno de manos amigas como las nuestras, de abrazos fraternos como los nuestros, de esperanza inquebrantable como la nuestra. Te espero pronto en la Bellairosa.

LA ESPERANZA

Un amigo llevó a su nieto de 5 años a comprarle un juguete para calmarlo ante nuestra triste situación por el terremoto. Entre los peluches, carritos y pelotas el pequeño Valentino prefirió un casco azul de plástico:

-Es que abuelo, quiero estar listo por si necesitan más rescatistas.