SEPTIEMBRE 2017

A las 122 mujeres que murieron entre los escombros

Con una comparación entre las consecuencia del reciente sismo y el de hace 32 años, Sara Lovera nos invita a reflexionar sobre lo que pasará en los próximos días, así como a recordar a las mujeres que dejaron huella y a las que continúan haciéndolo.

Para Concepción Martínez, empleada doméstica; Natividad Martínez,
empleada de intendencia; Brigada Feminista, que cuidó a las costureras,
las empleadas de la Ciudad de México que han trabajado incansables en los puntos de urgencia.


Imposible no hacer la comparación. Hace 32 años aproximadamente 10 mil muertos; hoy, cifras preliminares de 317 en todo el país. Hasta ahora, la mayoría mujeres, sobre todo en la Ciudad de México.

Imposible no comparar. Hace 32 años la gente tomó el control de mi ciudad. Hoy los trabajadores de Protección Civil, policías capitalinos, Marina y Ejército, ellos controlaron todo.

Entonces, el gobierno rebasado, hoy la gente se queja de que no los dejaron entrar, o colaboraron bajo protocolos, límites y acordonamientos inmediatos.

Hoy las labores de rescate se iniciaron 35 minutos tras el terremoto; hace 32 años pasaron 72 horas. Entonces, días de caos en las calles, días y días; durante 14 noches estuvo acordonado el Centro. Hoy, al siguiente día pudimos transitar. Claro, hay zonas imposibles, por las labores preventivas por edificios dañados y los puntos de rescate en zonas de edificios colapsados.

Todas y todos lo hemos visto en interminables, y con frecuencia, excesivos reportes en la televisión. Las redes sociales, los videos viralizados, la angustia colectiva; las sirenas a cualquier hora, el miedo, las historias inventadas y las historias reales, como la de la niña Frida o la hija de Laura Ramos que logró rescatar el cuerpo de su madre, amparo de por medio.

Aprendimos. Ciudadanía y gobierno. La destrucción entonces fue en las zonas más pobres de la ciudad, en las vecindades del Centro, en las casas y edificios viejos de la Doctores, la Guerrero, la Roma y la Obrera; también en Portales, Narvarte y Tránsito.

Entonces cayeron edificios oficiales por decenas. Cayó la Junta de Conciliación y Arbitraje; la Secretaría del Trabajo; la Secretaría de Comercio; se dañ ó estructuralmente el Centro Médico, los Teleteatros de Televisa, los hoteles Continental, El Prado, Regis. Se incendiaron cafeterías y cientos de establecimientos.

Se dañ:aron las instalaciones de Teléfonos de México en pleno Centro. Y se derrumbaron cientos de talleres clandestinos de costura. En 1985 se destapó la terrible explotación de miles de trabajadoras de la costura; hoy, un solo taller que estaba en uno de los 4 pisos de Chimalpopoca y Bolívar, entonces 400 costureras perdieron la vida, 8 o 10 operadoras de Telmex; hoy perdimos al menos 40, el 10 por ciento.

Resultado: miles de costureras, empleadas de pequeños establecimientos, empleadas del gobierno perdieron sus empleos; hoy fueron hasta ahora 122 mujeres perdidas que habitaban o trabajaban en edificios de departamentos en la Del Valle, Roma, Condesa y Narvarte, además de Los Girasoles y el multifamiliar Tlalpan, en Coyoacán cinco o 7 edificios inhabitables en Calzada Miramontes. Muertas las mujeres amas de casa, con teletrabajo y doble jornada; trabajadoras domésticas, mujeres de intendencia y maestras. Mujeres de la tercera edad que se quedan solas en las casas mientras la familia trabaja.

Un panorama aterrador, por la destrucción, el miedo y la impotencia. Un panorama que nos llevará a investigar los cientos de construcciones que los y las delegadas aprobaron, sin rectificar; entonces viejas vecindades en renta congelada; entonces la corrupción del gobierno de Miguel Alemán, según las fechas de construcción de edificios que personalmente investigué; hoy edificios de los años 50 y 60 y decenas dañados y caídos de los nuevos, de 12, 10 o un año.

Como hemos podido ver la ciudadanía se movilizó en la solidaridad. Con fuerza, corazón, coraje, capacidad de resiliencia y entereza. Ahí están y estarán durante muchas semanas. Datos oficiales indican que en Oaxaca, Puebla, Estado de México, Chiapas, Morelos, hay al menos 2 millones y medio de damnificados; más de 500 mil casas caídas, inservibles, destruidas. Miles de miles ya perdieron su patrimonio. Terrible.

Los ofrecimientos, de los que hay que tomar nota, dar seguimiento, documentar, varios y contradictorios. Los bancos avisan a quienes van a pagar hipoteca, que tienen un seguro; se habla del FONDEN que ayudará a los y las afectadas; más la ayuda, ayuda y ayuda, de aquí, de empresarios, de la Cruz Roja; también empiezan a aparecer fondos internacionales. Eso es lo que hay que conocer y seguir, durante el tiempo que viene.

Nuestro dolor enjugado en solidaridad y no en rabia; con la cabeza y la desconfianza en las autoridades; nuestro coraje que tendrá que convertirse en inteligencia y capacidad. No sé si de organización. Hace 32 años dio lugar a cientos de organizaciones civiles y luego políticas. Hoy le toca a la sociedad, porque esas organizaciones tampoco satisfacen.

Tendremos que tomarnos un tiempo para conocer cada detalle, cada circunstancia. Tiempo para definir de qué manera estamos actuando, sociedad y gobierno. Mientras, no cesa la emergencia, el apoyo, la conciencia, como si entráramos en una nueva etapa, bueno, como dice Silva Herzog Márquez, incluso en la esperanza.

Me niego a pensar como lo he dicho antes, que este país está derrotado e inmóvil. Su gente podría nuevamente dialogar, mirarse a los ojos, explicarse por qué a pesar de todo, de la corrupción de arriba a abajo, de la desconfianza, del uso y abuso de la diatriba, podrían convertirse en otra cosa. Otra distinta al resentimiento y la intolerancia.

Por ellas, por todas ellas que nos dejaron una huella; ellas que, voluntarias, movilizadas, activas están en esta hora y por aquellas que todavía se sumarán. En honor de los pueblos; de San Gregorio en Xochimilco y en Tláhuac; de los cerros de Oaxaca; de las comunidades que ya empiezan a reconstruirse; por las valientes que tomarán nota; por los desvelados sólo por ayudar; de las y los trabajadores de esos pueblos, comunidades y ciudades que no han dormido todavía hoy.