JUNIO 2017

Los años falsos

Lucía Rivadeneyra nos habla de Josefina Vicens y su obra, quien 'sabía contar historias y llegar al corazón de sus lectores', al tiempo que reflexiona sobre la repetición de los esquemas de opresión en las familias y la relación amor-odio en ellas.

Existe una novela memorable que ofrece un panorama sobre el horror de tener en casa, en casi todos sus papeles en el cine, a un Jorge Negrete, un Carlos López Moctezuma, un Pedro Infante, un Fernando Soler o un Pedro Armendáriz. Quizá sólo una mujer podía haber aprehendido tan bien a un padre macho hasta las cachas, descrito por un personaje: el hijo embelesado por su progenitor; pero, al mismo tiempo, harto de esa figura masculina que se lo devoraba. Sólo Josefina Vicens (Villahermosa, Tabasco, 1911-Ciudad de México, 1988) lo pudo hacer con maestría y sin sentimentalismos en su novela Los años falsos, publicada en 1982.

La relectura tiene sus riesgos. Volver a un libro que se leyó en la adolescencia o en la juventud, cuando ya se rebasan los cincuenta años, puede ser maravilloso y más revelador o, por el contrario, decepcionante porque quien lee ya es otra persona; a lo mejor el libro ya no dice lo mismo, pero puede decir más... Hace alrededor de 30 años leí esta obra. Recuerdo que me conmovió y gustó mucho. Ahora que he vuelto a ella me ha cimbrado.

¿De qué trata? En una familia ortodoxa a la muerte del padre, por un accidente con la pistola, el hijo adolescente tiene que tomar su lugar "-Ahora tú eres el señor de la casa -me dijo mi mamá el día que empecé a trabajar". Y el resto de la gente esperaba que actuara igual que su progenitor porque "Poncho Fernández era lo que se llama un hombre...". ¿Y por qué? porque "Poncho Fernández sí sabía vivir", porque "Poncho Fernández era el primero en sacar la cartera", porque "Poncho Fernández gastaba en una parranda lo que ganaba en un mes".

Lo único que logra el vástago es defender su nombre, Luis Alfonso, para que no le digan Poncho Fernández. Todos los amigos de cantina se lo recuerdan siempre. Y la adoración que sentía por su padre lo hace tomar actitudes y un lugar que a él no le gusta. Cree que no le quedaba de otra y, en cierta forma, así fue. Quiere ser como él, pero no quiere; es como él, pero no quiere.

La escritora maneja a ambos personajes de forma magistral, como sobrevivientes de un proceso de simbiosis, como una absorción de personalidades, como una sola persona en plural. Para el padre lo realmente valioso era el hijo varón. No obstante, el hijo varón tenía otro estilo, otro carácter, otros deseos, pero quería parecerse al padre.

Poncho Fernández en su casa era el rey. La voz que se escuchaba, el que tenía una amante, el que estaba a punto de hacerla en grande con el diputado, el que iba a burdeles, al que la esposa no podía reclamarle nada. Sí, la esposa era casi el silencio, la opresión, la sumisión. Se lo habían enseñado. Lo había aprendido. Así educó a las hijas gemelas. No conocía otra forma. A tal grado llegaba la negación del padre por el género femenino que su amante se entera de la existencia de las hijas cuando éste ha muerto y Luis Alfonso en su primera visita se lo platica.

Al final de cuentas, se hace amante de la amante del padre, acaba trabajando con el diputado, llega a la hora que quiere a su casa y aunque la primera vez no sólo espera sino desea la reprimenda de la madre, ella le dice: "Pero si no te estoy diciendo nada, tú puedes llegar a la hora que quieras. Acuéstate, voy a la cocina a traerte algo".

Así, hace con sus horarios lo que se le da la gana, alguna vez se emborracha y, en el colmo del horror, se confiesa estar dividido en tres: "El heredero de ti, el huérfano de ti, y el encargado de acompañarme y consolarme". Y, además, "había que olvidar la escuela. Tú dijiste siempre: 'el dinero es para gastarlo y los que ahorran son unos coyones que le tienen miedo a la vida'. Y como no eras coyón, no nos dejaste ni un centavo".

En ese periodo, ante los amigos del padre y ante su familia, Luis Alfonso se siente "un montón de cenizas", está harto de que la madre lo fastidie "con sus consultas, sus atenciones y su obediencia" porque el padre está más presente que nunca. Él es el hijo, pero ya le dieron el lugar del padre, que no era el de él.

Es común escuchar en la vida cotidiana la sentencia, que cada vez me molesta más: "Las mujeres son las culpables de hacer machos", la repiten personas de lo más disímbolas, incluso gente formada en ciencias sociales. No las culpo. Mi argumento es que la cadena de opresión es de centurias y se repiten los esquemas en las familias. Muchas veces no hay ni siquiera un proceso reflexivo y lo solapan hombres y mujeres. Me atrevo a afirmar que todas las personas que hacen culpables de todo a las mujeres, incluso de hacer machos, olvidan la imagen y las estampas que ofrecen los hombres diariamente.

Es probable que quien afirma semejante aberración, no ha considerado que la repetición de esquemas es producto del sometimiento y muchas y muchos no han tenido -ni siquiera a estas alturas- la posibilidad de cuestionárselo. El siglo XXI ya lleva 17 años de andar por el mundo y en los salones de clase, a nivel Facultad, en diversas universidades, hay alumnas y alumnos que al oír estas reflexiones dudan por primera vez sobre quién debe planchar las camisas o calentar las tortillas, si las hijas o los hijos.

Los años falsos es una novela que cimbra porque muestra la relación amor-odio que se da en ciertos periodos de la vida con padres y madres y su descendencia; así como la conflictiva que brota en un duelo sorpresivo, el sí y el no entre ser como él o ella o no ser como él o ella. La sensibilidad de Josefina Vicens toca fibras internas que podrían dar pautas para decir: no sé cómo quiero ser, pero no quiero ser como los personajes femeninos o masculinos de esta escritora.

Mucho se ha hablado de las únicas dos obras que publicó y que han marcado la literatura mexicana, la que ahora se comenta y El libro vacío (1958). Sobre ésta Octavio Paz afirmó: "Lo acabo de leer. Es magnífico: una verdadera novela. Simple y concentrada, a un tiempo llena de secreta piedad e inflexible y rigurosa". La tabasqueña también fue guionista cinematográfica de filmes mexicanos sobresalientes, entre los años cincuenta y setenta, como Las señoritas Vivanco, Renuncia por motivos de salud o Los perros de Dios y muchos más.

Josefina Vicens sabía contar historias y llegar al corazón de sus lectores. Fue, también, una gran cronista taurina. Alguna vez declaró que le gustaba visitar los cementerios y leer epitafios. La vida, la muerte, el riesgo, siempre presentes en su trabajo de creación.

Los años falsos tiene una dedicatoria: A Alaíde Foppa, ausente, pero siempre presente en mí.