MAYO 2017

El pasaje nunca fue obscuro

Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

Roberta L. Flores Ángeles nos comparte cómo vivió el proceso de duelo después de una ruptura de pareja, pero sobre todo cómo aprendió a generar las fisuras necesarias para iluminar el camino, para 'reír con el dolor'.

Agradezco a todas y cada una de las personas que me regalaron un poco de su tiempo
y cariño en este periodo. Sin ustedes, este texto y lo que hay detrás no sería posible.
Ana Sofía gracias por impulsarme a narrarlo.


Este texto no pretende ser un listado de consejos. Son más bien reflexiones que he necesitado plasmar para darle un sentido distinto a un proceso de duelo que recientemente viví.

Distinto, porque los duelos parecen ser algo parecido a un pasaje obscuro y tortuoso, o al menos yo pensaba que era siempre así.

Hoy pienso que puede ser diferente.

No sé si será de otra manera siempre o específicamente el duelo que he atravesado tuvo circunstancias alrededor que lo alejaron de ser ese pasaje obscuro. Y es que terminar una relación de pareja de once años, lo lógico es que tendría que significar un enorme vacío difícil de reparar. Pero no fue así.

Por supuesto que hubo mucho dolor, enojo, tristeza, incertidumbre, angustia, desconsuelo, llanto y muchas preguntas a partir de que supe que se había terminado. Esa es una parte de la historia.

Cuando una relación -o un ciclo- se acaba, la vida continúa... esto parece una obviedad, pero creo que no lo es porque de pronto la ruptura inunda de una manera particular que parece que la película de nuestra vida se pone en pausa. Sin embargo, las experiencias siguen palpitando, las personas siguen circulando, las conversaciones se siguen articulando, las miradas se siguen cruzando... El tiempo no se detiene, simplemente se desincroniza.

Una se siente aletargada, el tiempo propio es otro, es pausado porque se repasa con detenimiento lo que ha sucedido sorpresivamente... se repasa, se detiene, se pausa. El cuerpo pesa, la respiración se hace espesa, la mirada se adormece, la memoria se entorpece, ¿dónde estoy?, ¿por qué llegué aquí?, ¿hacia dónde ir?

De todo eso está hecha la sensación de transitar por un pasaje obscuro... de aquellos sentimientos, de esas y otras preguntas, de la confusión y de ese tiempo subjetivo que demanda mucha energía. Paralelamente, la vida cotidiana continúa. El trabajo, la familia, las amistades continúan. El viento sigue soplando, el sol sigue brillando, la luna sigue mostrando su blancura, los árboles siguen susurrando. Pero, hoy me doy cuenta de que en otras ocasiones ponía toda mi atención a los elementos que componen el pasaje obscuro y pasaba por alto otras historias que se estaban tejiendo al mismo tiempo.

Terminó la relación. Me tomó por sorpresa, no era algo que yo buscaba o esperaba. La confusión se instaló en todos los espacios en los que me movía; me sentía vulnerable y tratando de encontrar respuestas. Como feminista me sentía totalmente absurda por la forma en que reaccioné: con dudas y sin una respuesta contundente.

Dolor, miedo, tristeza, angustia, enojo, dolor, angustia, angustia...

Estaba entrando al pasaje obscuro.

Al poco tiempo algo sucedió.

El tiempo pausado y la necesidad de estar ensimismada, me devolvió la certeza de querer reconectar conmigo misma, con mi placer; de trabajar conmigo para encontrar la fortaleza y afrontar lo que viniera. Ese consejo me lo dio el feminismo. Me hizo saber que aunque tenía la profunda necesidad de mirar la relación, lo que fue de ella, lo que había sido, lo que podría ser o podría haber sido; al mismo tiempo me susurró no dejar de mirarme, cuidarme y pensar en mí, en mí, en mí. Entonces al pasaje obscuro se le coló un delgado pero brillante rayo de luz.

A partir de ahí se entretejieron muchos hechos que uno a uno representaron nuevos rayos de luz, de tal forma que el pasaje dejó de ser obscuro en su totalidad. Había fisuras, rendijas...

Necesitaba hablar mucho de lo que había pasado, de lo que no entendía y de lo que creía comprender. Elegí a las personas con quiénes hacerlo, que no me juzgaran, que respetaran mi proceso. Busqué gente que estaba cerca, pero también que hacía tiempo no había visto e incluso gente nueva que en ese momento estaba conociendo. Quería entender mi presente, recorriendo partes de mi pasado. Nuevamente algo sucedió.

Empecé a disfrutar la compañía estrecha de todas y cada una de las personas que se cruzaron en mi camino. Lloré con muchas de ellas, pero también reí, reí mucho. Caminé, escuché música, cociné, bebí con gusto y sin necesidad de perderme, salí, bailé, fui al cine, lloré, reí... todo ello conmigo misma y en colectivo. La vida sigue, he dicho, a eso me refiero, sigue vibrando. Pero el asunto es ¿a qué le doy mayor importancia o qué ilumino más -o menos?

A veces creo que el duelo me lo he tomado tan en serio que no había dejado espacio para reconocer que también hay momentos de disfrute. O no había permitido que entraran dichos momentos en esa fase particular de mi vida, o que las personas me compartieran parte de su cuidado y magia. De esa manera, quizá había garantizado -antes- que el pasaje fuera realmente obscuro: como debe ser.

Con esto no quiero decir que la apuesta sea anular/esconder/negar el dolor, el enojo, la tristeza, la angustia y otros tantos sentimientos que nos acompañan durante los duelos. Lo que quiero decir es que la vida es contraste, incertidumbre y contradicción... y existe siempre la posibilidad de reír en medio del dolor. De dolerse en medio de la risa. De reír con el dolor.

Pero lo que hasta ahora me habían dicho, no sé quién pero lo tenía muy grabado en la cabeza, es que esa disonancia no era posible. Que o se está feliz o triste, triste o feliz, pero no las dos cosas a la vez. Hoy pienso que el reconocer esa disonancia -reír con el dolor- y haberle dado un lugar en mi historia produjo una fisura. Así lo viví: el pasaje obscuro sufrió otra fractura, un nuevo rayo de luz penetró.

Pareciera, insisto, que el duelo tiene un carácter de solemnidad incuestionable. Debe ser seriamente triste y doloroso. Había escuchado la idea de "dejar fluir" las emociones, pero normalmente eso se refería a la gama obscura de las mismas. Se niega la posibilidad de que también fluyan otros sentires que van de la mano de la alegría, aunque sean breves y efímeros. Se niega hasta el extremo de que, cuando aparece la alegría, llega a producir culpa, desconcierto o una sensación de que se está "negando" el duelo. Me opongo a estas ideas. Permitir que entren en tensión y contradicción las emociones, permitir sentir el dolor/miedo/enojo/etc. y al mismo tiempo defender la alegría -como diría Benedetti-, abre la posibilidad de generar otra fisura, otro reflejo de luz se cuela, por débil que sea.

Todo esto, de alguna manera, me lo permitió hacer el feminismo. Ya lo había dicho antes, ahora sumo que junto con él me hice preguntas, encontré ciertas explicaciones, me alerté de cuidarme y refrendé ciertos puntos de partida que hoy me acompañan con mayor fuerza: saber que una ruptura duele, pero que no es el fin del mundo; que a las mujeres nos construyen en el amor de pareja como destino pero que podemos deconstruir esa idea y ampliar nuestra gama de objetos de amor; que también nos enseñan a no defender nuestro derecho a enojarnos y que permitirnos sentir enojo es un acto de amor a una misma; que el amor es una construcción social y que su eternidad es un mito; que la monogamia y otros mitos del amor romántico son unos de los pilares del patriarcado; que la vida en soltería no es el fin del mundo sino el principio de otro; que la soledad no es mala consejera sino condición para construir/fortalecer autonomía. Aunque no hace falta decirlo, enfatizo que con la nueva fuerza en que aparecieron estas ideas frente a mí, se hicieron otras tantas grietas luminosas.

El futuro parecía tan incierto que dejé de pensar en él y me concentré en el presente. Esto fue otra forma de fisurar el pasaje obscuro, porque aferrarse a la certeza en un momento tan incierto produce mucha angustia. Soltar la certeza, paradójicamente, ilumina. Soltar, soltar, soltar, libertad.

Lloré mucho.

Me tiré a la cama muchas veces.

Me encerré otras tantas.

Mal comí muchos días.

Bajé de peso.

El insomnio y el desorden físico, mental y emocional se instalaron.

Dejé de escuchar mucha de la música que disfrutaba.

Pero también...

Permití nuevas interacciones.

Conocí gente nueva, fortalecí relaciones añejas.

Exploré eróticamente, en el sentido más amplio.

Integré nuevos espacios de disfrute.

Conocí música nueva.

El insomnio lo usé a mi favor para tener más horas en el día y poder platicar con alguna buena amiga, pasar una buena velada.

Recuperé tiempo y espacio para mí misma, recordé la bella sensación de soledad libertaria.

Repensé el feminismo, los feminismos, mi feminismo.

Me repensé. Aprendí a defender la alegría. Me repensé.

Obscuridad y rayos de luz.

Aprendí a reconocer las grietas. Aprendí a producirlas. Dejé pasar su tenue luz hasta que como un río rompieron la dureza del pasaje... que, en realidad, nunca fue del todo obscuro.