ABRIL 2017

Sexoservicio vía internet: ¿siempre a cambio de dinero?

Foto: Emma Blancas/MujeresNet

¿Qué lleva a las personas a vender y comprar sexo a través de la red? En búsqueda de respuestas, Rocío Herrera Moreno se crea un perfil falso y se adentra en el mundo virtual. Con esta investigación como base, la autora nos comparte una reflexión de los estereotipos que guían la transacción; de la prostitución 'voluntaria' y 'forzada', así como del derecho de las mujeres a ejercer su sexualidad.


La prostitución implica, al mismo tiempo, un desafío y una aceptación de la doble moral del statu quo. Como tal, no puede ser ni condenada totalmente ni aceptada con entusiasmo.
Mary McIntosh


Los mayores temores que aquejan a las trabajadoras sexuales se pueden distinguir en tres tipos: 1) contraer una Enfermedad de Transmisión Sexual (ETS); 2) ser descubierta -en dado caso de que su familia y amistades desconozcan su oficio-, y 3) morir asesinada por causa de algún cliente, patrón, sujeto obsesivo o policía. Así lo declararon ocho mujeres que tienen anuncios sexuales vía internet.

De acuerdo al informe sobre los Datos estadísticos y Georreferenciados de casos atendidos por el Sistema Alerta Roja (2015), los delitos más comunes durante ese año fueron la trata de personas, prostitución u otro tipo de explotación sexual, desaparición, privación de la libertad y reclutamiento para actividades delictivas, entre las que se menciona el crimen organizado y el sexoservicio.

Las cifras señalan que el rango de edad con mayor número de víctimas empieza desde los 12 y hasta los 18 años, le sigue el grupo de los 19 a los 25 años y posteriormente, las mayores de 26 años.

Según el informe, las víctimas tienen un nivel socioeconómico bajo y medio, con un ingreso por arriba del salario mínimo o con pobreza extrema; aunque también se destacan clases media alta y alta. En cualquiera de los casos, las formas de reclutamiento siguen siendo a base de engaños, seducción, enamoramiento y amenazas.

Para la maestra Teresa Ulloa, directora regional de la Coalición Regional contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe (CATWLAC), el 75 por ciento de las trabajadoras se inició en la prostitución cuando apenas contaba con 12 años de edad, tiene raíces indígenas, es analfabeta o con la primaria incompleta. Por eso mismo asegura que la pobreza es "el peor de los proxenetas".

A su vez, Marta Lamas (2014) indica que el comercio sexual aumentó y junto con éste diferentes "productos" y costumbres sexuales; permitiendo así la expansión de la industria y una proliferación abundante hacia los mercados, con misiones que van desde el sexo telefónico, shows de sexo en vivo, masajes eróticos, table dance, sexshops, cabinas, strippers, acompañamiento (escorts), turismo sexual, fetichismo, chats, venta o compra de bragas usadas, pack de fotografías, entre otros.

"La industria mundial del sexo se ha convertido en un gran empleador de millones de personas que trabajan en ella, y que atraen igualmente a millones de clientes", confirma Lamas (2014).

La también antropóloga indica que cuando las sexoservidoras buscan trabajar de forma independiente a través de distintas maneras de ofrecer su servicio tienen el control sobre el negocio, sus cuerpos, las ganancias y evitan lidiar con las autoridades. Sin embargo, enfrentan enormes dificultades y distintos tipos de peligros y prejuicios, tal como se verá a continuación.

Sexoservicio online

Locanto, un portal de internet que tiene el propósito de albergar anuncios relacionados a la venta de servicios, herramientas, objetos o empleos, se describe del siguiente modo: "Encuentra más de 126 mil anuncios gratis de empleo-compra y mucho más cerca de ti". Dicha plataforma tiene una categoría llamada "Contactos", señalada con el símbolo de un corazón rojo, y en ella hay subcategorías que van desde: "Chica busca a chico"; "Relaciones ocasionales"; "Transexual busca hombre"; "Tríos"; "Intercambio de parejas"; "Escorts"; "Gigolos"; "Masajes"; "Stripers"; "Líneas eróticas", entre otras [1].

Bajo la línea de una investigación, coloqué dos anuncios distintos en el apartado de "Contactos": 1) "Venta de virginidad a hombres mayores de 25 años, tarifa mínima 8 mil pesos" y b) "Cuatro amigas que cambian sexo por dinero". Fueron en perfiles distintos y eliminados después de cierto tiempo.

En el primer anuncio obtuve un total de mil 306 visitas y doscientas propuestas, con ofrecimientos desde los 9 mil hasta los 55 mil pesos. También invitaban a viajar, ser su "amiga", amante, tener encuentros frecuentes o relaciones sexuales sin el uso de preservativos, por un monto mayor al que ofrecían en primera instancia.



Al inicio de la investigación creí que todos los cuentahabientes eran "reales", y que las fotografías que mandaban -cuyas imágenes les solicitaba para "conocerlos"- eran de sí mismos; pero no era así, debido a que había cuentas evidentemente falsas, con fotografías de actores reconocidos, youtubers o con panoramas demasiado bellos para ser ciertos.

Por ejemplo, hubo un sujeto que me acechó por medio de nueve perfiles diferentes, probablemente más, pero no lo identifiqué en su momento, y en cada uno de ellos enviaba fotos de hombres distintos. Había otros usuarios que se decían interesados, pero sugerían que no sería posible el encuentro si no aceptaba sus condiciones, las cuales instaban a trasladarme a sitios alejados de la supuesta zona donde establecí (norte de la Ciudad), fotografiar mi vagina, acudir con ellos a ginecología, tener un trato de novios durante la reunión, enviarles un pack de fotos con poses sugerentes, acudir a una cita en un restaurante que ellos elegían, no romper la comunicación después del encuentro para que fueran los únicos con los que podría tener una vida sexual, convertirme en su sugar baby o bien, en una amante ocasional a fin de estar disponible cuando me solicitasen.

También había quienes violentaban de una forma más directa, al insultarme por hacer uso de mi sexualidad y aparentemente capitalizar con mi cuerpo y virginidad, cuando enviaban fotografías de sus penes, al menospreciar a las trabajadoras sexuales y a las mujeres que tienen una vida sexual activa, así como cuando olvidaban que no era un objeto de disfrute masculino que debía usar las prendas de vestir que indicaban, hablar de los temas de su preferencia o reducir mi participación al plano sexual. De igual forma hubo amenazas para que fueran ellos con quienes tendría la primera relación.

A algunos llegué a preguntarles por qué se interesaban en el anuncio y por qué pagarían por ello, a pesar de que rechazaría sus requisitos, de que me asumía como bisexual, con pareja y estudiante, a lo que respondieron:

"Quiero hacerlo con una primeriza".
"Es una fantasía".
"Nunca he estado con una virgen".
"Quiero ser el primero que te penetre".
"Mi novia y exnovias son bien 'putas' y ya no eran vírgenes".
"Sería un placer, todavía estás nueva".
"Deseo ser el primer hombre dentro de ti".

Como se logra ver, la mayoría de respuestas oscilaban en ser el primer hombre con el que mantuviese una primera relación sexual, pese a ser desconocidos, no involucrar ningún sentimiento amoroso y que para lograr ese acto sería indispensable una remuneración económica, misma que muchas veces no la tenían, pero fingían poseerla a través del discurso donde enaltecían su poder monetario, social u organizacional al que pertenecían.

Masculinidad y sexo

Cabe recordar que de acuerdo con Montesinos (2002) , la masculinidad hegemónica obliga a los hombres a ser valientes, poderosos, viriles, fuertes y dar prueba de ello. De allí que un reflejo de esto sea rechazar el uso de preservativos, asumirse con altos recursos monetarios, subrayar su heterosexualidad, así como mantener el control y dominio sobre las demás personas. De no hacerlo, su concepto de hombría puede ser inestable, e incluso perderse.

Por eso es que los hombres, al hacer rechazo de la homosexualidad, la feminidad y algunas expresiones de la propia masculinidad hegemónica que podrían denigrar su virilidad, depositan violencia sobre las mujeres porque son "víctimas" de las proyecciones del miedo a la feminidad, pero sobre todo, explica Martínez (2014) , a que sean las mujeres las que decidan sobre sus propios cuerpos y su sexualidad.



Otro patrón que noté sobre la conducta masculina fue que en muchos casos tenían temor al rechazo y una constante necesidad de asumirse con poder, por lo que al cuestionarles si realmente disponían del dinero reaccionaban molestos. Y al instante presumían contar con el dinero, tener propiedades y la facilidad de conseguirme algún tipo de material o puesto empresarial que requiriera. En cambio -de los más de mil interesados- nunca hubo quien dijera que no completaba o no tenía la cantidad, ya que esta característica, dentro de la sociedad patriarcal y heteronormativa, sería considerada inferior, afeminada y sin importancia.

Sobre su pene y las fotografías que enviaron, siempre estaba erecto, algunos se rasuraban y otros no, circuncidados o sin esto; pero siempre "listos" para el sexo. Pues de acuerdo con la mitología sexual del estereotipo masculino, un hombre sin erección no es reconocido como hombre, Sinay (2016) sugiere que por ley "cuando aparece una mujer debe surgir una erección" (p.34), de lo contrario, su masculinidad tambalea.

Los hombres, dice Sinay (2016), ejercen violencia cuando compran o intentan adquirir el cuerpo de otra persona, pero al poseerlo y exigirle conductas a su antojo, las posibilidades de que sea explotación sexual son mínimas. Agrega: "Es una forma moderna de esclavitud y también de violencia hacia las mujeres. Comprar el cuerpo de otra persona es siempre una forma de violencia" (p.34).

Lo anterior debido a que las prostitutas "no son las responsables de la existencia de la prostitución, son los hombres que las prostituyen ya sea como proxenetas o como clientes, aunque unos sean criminales y los otros honrados ciudadanos, ambos resultan cómplices. En el momento de consumo, nada los diferencia", afirma Sinay (2016, p.34) .

Esto quiere decir que cuando recibía mensajes cuyo contenido cabía en el marco respetuoso y decente, no dejaban de ser disparos de un explotador sexual; un posible traficante de personas, un psicópata, obsesivo, curioso, abusador o enfermo mental que a su vez ocupa un puesto como profesor, ingeniero, electricista, comerciante, empresario, programador o político, -profesiones más mencionadas dentro de la investigación-.

Las putas

Para Lagarde y de los Ríos (2005) , el concepto "puta" tiene que ver con las mujeres que se definen por su erotismo, en una sociedad que lo asume como prohibido e intocable para ellas, de allí que tenga una carga negativa e implique desvalorización a su persona por parte de los hombres y mujeres buenas.

La agresión y violencia recae cuando los hombres las señalan o convierten en putas, al apoderarse eróticamente de ellas, ya sea bajo relación institucional o cuando ellas protagonizan y deciden sobre su sexualidad. Así lo explica:

La prostituta es libre y vende simbólicamente su cuerpo (pero no en realidad
ya que no es comprado su cuerpo inerme, sino con energía vital, con voluntad).
La prostituta vende de hecho su cuerpo/subjetividad, su situación social,
que permite al comprador quedar en libertad en relación a la mujer
terminado el tiempo de la transacción (p.567).

Recordemos a los usuarios de Locanto que invitaban a que me convirtiera en su amante de planta, sugar baby o puta ocasional, ya que a pesar de la supuesta libertad y discreción que habría en la relación, ellos estarían por comprar un conjunto de compromisos y obligaciones ligados a una aparente alianza familiar. La relación no sería tan distante, como con el resto de compradores, puesto que el tiempo que le dispondría iría acorde a las necesidades del sugar daddy. En cambio, el trato que se tendría con cualquier otro cliente sería limitado, dado que al término del acto culminaría el contrato y finalizaría también la privatización de la vendedora.

Cierre de venta

La subasta de la virginidad fue eliminada dos semanas después de que la empecé (a inicio de enero), sin embargo, hasta la fecha sigo recibiendo propuestas vía email, a pesar de que también eliminé la cuenta del portal. La diferencia recae en la respuesta, pues cuando les pido que me manden copia del anuncio donde vieron la promoción, dejan de responder los correos, motivo por el que sospecho se trata de algún usuario obsesivo y con su concepto de masculinidad muy primitivo.

Con el segundo anuncio hubo menos interesados, creí que sería lo contrario. Algunos usuarios que ya identificaba de la primera publicidad también me contactaron, y eran bloqueados luego de repetir la misma técnica: pedir información, enviar sus fotografías y cuestionar sobre el servicio.

Algo curioso es que posiblemente se evidenciaba más falso, ya que el número de interesados se redujo, así como el de visitas y chats con compradores -únicamente 80-. Además, mi conducta de atención a clientes cambió, pasó de servil a un comportamiento déspota y malhumorado; incluso reprochaba que no respondía preguntas que se deducían de una buena lectura al anuncio, no mandé ninguna fotografía o tuve diálogos más allá del producto que se pretendía vender.

Esto lleva a pensar en otro tipo de violencia simbólica y psicológica a la que están sujetas las trabajadoras sexuales: vender su servicio basado en el comportamiento amoroso que están obligadas a ofrecer, con el objetivo de tener al cliente satisfecho y ellas consigan el sueldo que, en el mejor de los casos, establecen de manera independiente.

Aclaro que también encontré agencias de escorts y gigolos, cuyas empresas solicitan violentos requisitos para poder ingresar a laborar. Por ejemplo, firmar un contrato por un año; no estar embarazada o tener vínculo con hospitales a fin de abortar sin inconveniente; tener una agenda de clientes mayor a 15 sujetos diarios y entregar la mitad del sueldo ganado a la agencia, -quedándose solamente con el 40 por ciento-, porque el otro 10 por ciento lo dispone la agencia para la higiene y cuidados de belleza de la trabajadora.

¿Qué lleva a las personas a vender sexo vía internet y a los compradores a buscarlo?: ¿lujuria?, ¿fetiche?, ¿explotación?, ¿pobreza?, ¿falta de oportunidades?, ¿deseo?, ¿soledad?, ¿independencia sexual?, ¿fantasía?, ¿adrenalina?, ¿ambición? Hay sin duda, infinidad de respuestas que se pueden crear, pero sin duda la certeza la tendrá cada internauta que decida navegar por los sitios donde se consuma y venda la sexualidad.

Sin duda, el sexoservicio se ha convertido en una fuente de trabajo, un modelo "rápido" con el que se consigue más dinero que el obtenido tras una jornada laboral oficinista y obrera. Es también -en el caso de Locanto-, la posibilidad de decidir con quién podrían tener sexo sin necesidad de arriesgarse a pasar una jornada laboral en la calle. Y en el mejor de los casos, independizarse de padrotes o madrotas para conseguir una ganancia más íntegra. Despojarse de los sesgos misóginos y patriarcales que impiden que las mujeres decidan sobre sus cuerpos, su sexualidad y su condición de vida.

Lo cierto es que el trabajo sexual, en cualquiera de sus modalidades, implica proyectarse bajo ciertos estereotipos: el de la puta, femenina, sumisa, deseable, atrevida, seductora, fiel, con la capacidad de dar placer y tener constantes orgasmos. De preferencia ser delgada, joven, nalgona y con busto grande, ya que dichas características irán acorde al precio que maneje y aunado a la pregunta "¿qué incluye?" (que realizan los interesados), las mujeres deberán reconocerse como ávidas para el sexo vaginal -distintas posiciones-, shows, sexo oral, fetichismo, sexo anal y detallar el servicio que el cliente estará por comprar. Mencionar el uso del condón -en qué posición podrían quitarlo-, si están dispuestas a no usar ningún preservativo, que el sujeto eyacule en alguna parte de su cuerpo, aceptar el uso de instrumentos y vestuario, o bien, cumplir con alguna fantasía y fetiche.

Lamas (2014) sostiene que a pesar de que la prostitución es una sola categoría, se abre el paradigma entre "castidad y recato, inherente a la feminidad", ya que al existir la diferencia entre trabajo sexual "forzado" y el "voluntario", crea la distinción entre "putas" y "santas", siendo "puta" la que se dedica "voluntariamente" y "santa" la que es forzada.

Posiblemente el temor de las usuarias de Locanto a ser descubiertas se deba a varios factores, entre ellos la propia seguridad y que en la cultura homocéntrica se prohíba que las mujeres tengan sexo casual con desconocidos, aunque no cobren, puesto que no se encontrarán en el marco de una relación amorosa y aprobada moralmente. En cambio, de asumirse como tal, les ocasionaría estigmas, dificultades, discriminación, amenazas y señalamientos, ya que la sexualidad de las mujeres se valora de manera distinta a la de los hombres.

Finalmente, en aras de la concepción donde la mujer se sitúa como objeto, de disfrute sexual, desechable y manipulable, Sinay (2016, p.34) reflexiona que para los hombres que compran cuerpos "toda mujer es prostituta en ciernes, una vagina a su disposición, salvo que se trate de su hija, su hermana o su madre (hay esposas que caen en la sospecha)".

Nota:

[1] Entre los anuncios que me causaron más sorpresa fueron en donde menores de edad ofrecían sexo de manera gratuita, viudas (os) que buscan a jóvenes; estudiantes o profesionistas sin empleo y con deudas; infinidad de fetiches; gente pretendiendo manutención u ofreciéndola; empleo a cambio de sexo; alquilación de vientre materno o venta de esperma; casados, solteros o con buena posición social; vacaciones regaladas, acompañamiento a reuniones, etcétera.

Bibliografía:

CATWLAC (2015). Datos estadísticos y Georreferenciados de casos atendidos por el Sistema Alerta Roja. Ciudad de México.

Lagarde y de los Ríos, M. (2005). Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas. México: UNAM.

Lamas, M. (2014). "¿Prostitución, trata o trabajo?". Nexos.

Martínez, A. (2014). "Heteronormatividad y masculinidad hegemónica. Una mirada psicoanalítica para pensar la violencia contra las mujeres". La manzana de la discordia, pp.7-17.

Montesinos, R. (2002). "Relaciones familiares y masculinidad". En Las rutas de la masculinidad: ensayos sobre el cambio cultural y el mundo moderno, pp.131-171. Barcelona: Gedisa.

Sinay, S. (2016). La masculinidad tóxica: un paradigma que enferma a la sociedad y amenaza a las personas. B.