ABRIL 2017

¿En fauces de qué bestia estamos las flores silvestres?

Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

En un sistema no sólo incompetente sino también cómplice, las mujeres somos violentadas y asesinadas cotidianamente. Desde el dolor, el coraje y el amor, la autora nos comparte su reflexión y poesía.

Una mujer libre causa tal pavor que resulta más beneficioso aniquilarla. Como si no tuviéramos derecho a vivir. Hora tras hora somos llamadas (por hombres y mujeres) "putas", "zorras", "perras", "rameras", por lo que hacemos y por lo que no hacemos, en el trabajo, en la escuela, la casa, la calle, en los servicios médicos... Según el INEGI, 47% de las mujeres mayores de 15 años han sufrido violencia por parte de su pareja. Pero también tendríamos que sumarle el acoso callejero que todas, sin excepción, hemos vivido por lo menos una vez en la vida.

Somos rehenes en lo público y en lo privado. Sabemos que saldremos de casa pero el regreso nunca está garantizado. No importa si nuestra edad es 40 o 13 años, si se vive en Tlaxcala, Guerrero o la colonia del Valle, en la Ciudad de México. Según la Comisión Interamericana de Derechos humanos, hasta entre 2011 y 2015 desaparecieron 7,060 mujeres (más las que van en este año y unos cuantos meses), las cuales son destinadas a la trata o simplemente han sido asesinadas, pero no encontradas.

Día tras día tenemos noticia de al menos siete feminicidios. En la población entre 15 y 29 años, es la primera causa de muerte. Si a esto le sumamos las cifras no oficiales, más cercanas a la verdad, donde no hay denuncia por temor a la vejación, la revictimización o el sentimiento de desencanto, el panorama es desolador, porque el sistema de justicia no solamente es incompetente, sino cómplice. Las mujeres desaparecemos de manera escandalosa y, aunque a diario vemos noticias, no vemos avance en ninguna investigación (cuando la hay).

Violencia en todas partes, atacando a las mujeres; peor aún, a las feministas. Porque el patirarcado nos asesina, nos borra de la historia, nos devalúa, pero ante los ojos de una sociedad sublevada a convenciones, al reforzamiento de la violencia machirrina (que ahora se vale de grados académicos para querer opinar sobre lo mal que las mujeres hacemos las cosas, siempre), a sustos pequeñoburgueses en decadencia, las malditas somos las feministas...

No importa cuánto digamos sobre violencia; nunca falta el machito (progre o no, hombre o mujer) que llora lágrimas de cocodrilo porque al él también lo violentan, porque de él también abusan... otros hombres (y ahí sí, arde la sociedad, porque a un hombre no se le toca; eso no es normal). Y entonces se vuelve a sacar de contexto el reclamo inicial.

A las mujeres nos queda simplemente continuar empujando, con lágrimas secas. Y coraje. Y amor.

¿En fauces de qué bestia?

 

Como colibríes acuchillados por la tormenta,
como lirios salvajes arrancados
como libélulas intoxicadas en un tomatal
como globos en agujas,
así vamos cayendo,
capturadas, desparecidas, masacradas.

¿Dónde dormirán quienes aún viven?
¿en fauces de qué bestia?
Lunas y soles negros arden:
ojos de un dios ignoto
que impasible contempla
el llanto unísono de una matria
mancillada.


Flores silvestres

 

Tiernas flores amarillas llenas de lodo
mancilladas,
son esculturas efímeras de sangre
pueblan las carreteras, los puentes
manos malditas las siembran en jardines
en habitaciones lúgubres.
Las destrozan, las comen,
esparcidos los pétalos
anónimamente
aun cuando se sabe quién fue el sembrador.
Ni siquiera el Ángel de la muerte
fue capaz de llevarlas,
en estos tres mil años
hacia el camino de la paz.
Tiernas flores, cardos, buganvilias,
lirios desangrados en los lagos,
silentes.
¿quién escucha el llanto de las flores?
No hay ramas piadosas
Y el llanto de otras flores,
las únicas sensibles ante la masacre
tampoco sirve para que dejen de sangrar.
¿Cómo será el mundo despoblado
de pétalos silvestres hechos luz?
Oscuro, gris, pútrido.
¿Qué impío dios se alimenta de flores?
Maldito sea quien siembre flores para desollar.