MARZO 2017

Sin voltear para atrás y aventando monedas

Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

En México es común que las cárceles estén pobladas por personas inocentes; las que tienen más recursos tal vez consigan su libertad, pero ¿quién paga ese tiempo perdido? María Esther Espinosa Calderón nos relata la historia de Lucila, quien estuvo en el injusto encierro más de dos años.


A la memoria de Bertita Badillo


Lucila caminó con paso firme con su mirada siempre hacia adelante, sin voltear para atrás y aventando monedas al aire. Afuera la esperaba la familia, que siempre estuvo con ella. Al abrirse las puertas del reclusorio levantó los brazos y grito "al fin libre". Los 925 días con sus respectivas noches quedaban como una fatal pesadilla, una experiencia de vida que no se le desea ni a su peor enemigo. Acusada de un delito que no cometió, luchó por todos los medios para comprobar su inocencia, a pesar de que ya se le había dado una sentencia de 9 años, un mes y 19 días.

¿Cuántas personas habrá en las cárceles del país que son inocentes, que no tienen un juicio justo, que por delitos insignificantes purgan grandes e injustas condenas? Personas que no tienen para pagarse una defensa, o a quienes abogados sin escrúpulos las engañan, o las estafan. Indígenas que llegan sin traductor, sin saber qué es lo que firman o qué contiene el papel donde estampan su huella. Muchas de las veces llevados/as sin una orden de aprehensión, como en el caso de Lucila, o el de Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara Juan y Teresa González, quienes fueron acusadas de secuestrar a unos indefensos agentes armados de la entonces Agencia Federal de Investigación de la PGR. O todos aquellos casos de mujeres inocentes de las que no se sabe nada.

Hasta antes del 13 de febrero de 2014, Lucila vivía una vida tranquila con su esposo y su hijo en la ciudad de Tijuana, dedicada a su negocio, una agencia de viajes. Nunca imaginó que el destino le depararía una mala jugada. Con toda tranquilidad se subió a su camioneta, se dirigía a ver a unas amigas, de repente, a la vuelta de su casa, se le cierra un automóvil de donde se bajan cinco hombres, uno de ellos le dijo: "Su camioneta es robada", la obligan a descender y subir al auto de ellos, grita: "Me están secuestrando", porque así lo pensó. Asustada le dice al joven que atendía la cafetería que estaba enfrente, que por favor hablara a la agencia de viajes Olas Altas y les informara lo que estaba pasando.

Sin orden de presentación ni de aprehensión los agentes se la llevan a las oficinas de la PGR de Tijuana, de ahí al aeropuerto, la suben a un avión con destino a la Ciudad de México. El vuelo más pesado y largo de su vida, así lo sintió. No sabía qué pasaría con ella, el miedo no la dejaba tranquila, era la incertidumbre total. Hasta que llegan al penal de Santa Martha Acatitla, en donde se da cuenta que unos empresarios que habían solicitado servicios de su agencia la acusaban de fraude genérico continuado. Sabiéndose inocente y teniendo pruebas a su favor comienza la lucha para comprobar que se estaba cometiendo un atropello en su contra.

Para poder sobrevivir en un reclusorio, cárcel o penal, no debes dejar que la impotencia, la tristeza, la depresión, las incomodidades, las arbitrariedades, las carencias, el hambre, el sueño, la desilusión, la desesperanza, el encierro, te venzan, tienes que ser más fuerte que todo lo que gira a tu alrededor. Así es el carácter de Lucila, no se dejó caer en ningún momento de los 925 días con sus respectivas noches que estuvo injustamente encarcelada.

Gracias a tener una posición holgada, a ser una persona preparada, Lucila pudo defenderse hasta conseguir un amparo liso y llano y su libertad absolutoria. Le pedían 13 millones para reparación del daño, ella se negó a pagarlos ¿por qué los iba a dar si era inocente? Su familia invirtió dinero, tiempo y esfuerzo para que Lucila saliera libre.

Conoció lo mejor y lo peor de la condición humana, aprendió a ser tolerante, a escuchar los problemas de sus compañeras, a ser solidaria con ciertas causas, a no dejarse de las reclusas que querían imponerle sus condiciones, a ayudar a quienes podía, aprendió que el mundo afuera era otro. A vivir con poco. En Santa Martha se volvió lectora de La Jornada, Proceso y de cuanto libro caía en sus manos. Estudió francés, inglés e italiano, iba a sus clases de yoga.

Sin embargo, a pesar de los talleres y de las clases que se imparten, dice que quien cae en reclusión se tiene que levantar por sí solo/a, si no se pierde y nunca logra salir de ese mundo. No existe un programa verdadero de reinserción a la sociedad. Adentro conoció por primera vez el olor a la marihuana, a chicas adictas a la cocaína y cómo dentro del penal la conseguían, vio como usaban la "mona". Supo del trato discriminatorio a las más pobres y a las indígenas, así como de los privilegios de algunas internas. Supo del amor incondicional entre parejas del mismo sexo. A pesar de su formación conservadora logró ver con otros ojos ese mundo diferente que se presentaba, sin ella haberlo querido o deseado.

Lucila probó lo duro que es el suelo para dormir, de bañarse a jicarazos, porque de repente quitaron el agua de las regaderas, para crear una necesidad y venderla. En el reclusorio todo tiene un costo. Ahí también, las más pobres son las más fregadas o a las que se les carga más la mano. Aprendes a convivir con tus compañeras de cuarto, con personas de todos los niveles.

Estar en Santa Martha Acatitla, como en cualquier otro centro de reinserción social necesitas dinero para todo, si tienes las posibilidades tu vida es diferente a las que no lo tienen. Compartió celda con Rosita, una mujer de Oaxaca que estaba por trata de personas; con Angélica a quien el marido la acusó de robo, porque vendió la casa y no le dio la mitad que le correspondía; con Melisa, una joven de 28 años, procesada por fraude y abuso de confianza a una casa de empeño.

Conoció a gente que se encontraba por delitos insignificantes, también a aquellas que estaban por ilícitos más graves, como la "mataviejitas", o la mujer que decían era traficante de órganos, a la que nombraban "La huesitos", por el collar que traía. O aquella interna que le dijo: "Yo soy sexoservidora, no puta. Porque doy un servicio, por el que cobro. La puta lo hace por gusto". O a Panchita, la mujer indígena de Puebla que estaba por secuestro y extorsión, siendo inocente, la obligaron a firmar sin tener un traductor.

Lucila dice que cuando le tocaba audiencia era un sufrimiento, pasaban a despertarla a las dos de la mañana para salir a las 5:30 al Reclusorio Oriente, si se desocupaban a las 12 del día tenía que esperar a veces hasta las 12 de la noche, en ocasiones podía estar sentada, en otras, de pie, la tardanza se podía deber a que algunas de las internas iban a "triunfar", así le decían al servicio sexual que prestaban por unos cuantos pesos.

El caso de Lucila no queda ahí, seguirá luchando para que se repare el daño que le causó el encierro siendo inocente. Ojalá que en todas las cárceles del país donde se encuentren personas que no son culpables, algún día llegue la justica y con ella la libertad, y a las/os que sí lo son, que se les encierre.

Jacinta Francisco Marcial, Alberta Alcántara Juan y Teresa González pelearon durante 11 años para que el Estado les pidiera una disculpa por el tiempo que pasaron encerradas sin cometer delito alguno. Alberta le dijo al procurador general de la República, Raúl Cervantes Andrade: "Señor procurador: espero que no sea la última ni la primera que reciba una disculpa pública porque hay muchas víctimas más que la esperan". ¿Quién le va a pagar, a Lucila, el tiempo perdido? ¿Cómo lo va a recuperar? Eso es imposible.¿Quién le responderá por los 925 días con sus respectivas noches que pasó en silencio, con frío, con calor, en la oscuridad de su celda, con gente extraña y lejos de sus seres queridos? ¿Quién?