MARZO 2017

Divorcios ¿civilizados?

Aunque 'cada quien habla como le va en la feria', cuando las mujeres son quienes piden la separación legal, muchas veces se enfrentan a un proceso en el que imperan el rencor y la venganza por parte de la otrora pareja, quien utiliza el control del dinero y de los hijos e hijas como armas. Lucía Rivadeneyra nos relata cuatro casos.

¿Quieres conocer a una persona? Cásate con ella. ¿Quieres conocerla de verdad? Divórciate. Algún día escuché esta frase en la radio. Confieso que jamás había oído una verdad tan grande como esa. Luego de oír decenas de historias cercanas y lejanas, podría afirmar que en un proceso de separación, en términos generales, sale la bestia peluda que casi todos tenemos dentro. Brotan a gritos los silencios atorados en la garganta durante años y hasta los traumas de infancia.

En su extraordinaria película Escenas de un matrimonio, Igmar Berman muestra a una abogada, la espléndida Liv Ullman, quien al oír las razones que su clienta tiene para divorciarse -una mujer de alrededor de 50 años, canosa, sin maquillaje, abatida, con ropa negra- queda atónita cuando le responde que quedarse sola "es mejor que vivir un matrimonio sin amor". Hace más de quince desea separarse y el marido le pide que esperen por los niños. Los niños han crecido y ya se fueron. Ella se sabe capaz de amar. "Mi esposo y yo nos bloqueamos mutuamente de una forma brutal. Es aterrador". Esta entrevista durante la cinta, sobre todo si se ve antes de los 20 años, es absolutamente inolvidable. Y todo el filme gira alrededor de más de alguna relación destruida, incluida la de la abogada y es, literalmente, aterrador.

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¿Cuándo romper verdaderamente? Quizá esta es la pregunta que cientos de miles se han hecho. En cuestiones de estadística, en la Ciudad de México hay más matrimonios que divorcios, pero cada vez el número de estos últimos se incrementa año con año. Según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en 1980 se realizaban cuatro divorcios por cien matrimonios. En 2013, hubo 18 divorcios por cada cien matrimonios. Las cifras, creo, no son escandalosas; pero, el hecho de que una pareja no se divorcie, no significa que sea feliz.

Cualquiera conoce cónyuges que han permanecido más de 40 años casados, pero llevan 10 o 15 sin hablarse, aunque aparezcan muy arreglados en bodas, bautizos, primeras comuniones, XV años, graduaciones. Al llegar a casa cada quien se va a su habitación, si la tienen. Otros no se separan porque a penas, y apenas, con dos sueldos logran mantener una casa. Algunos, los menos, han desarrollado lazos de amistad e incluso presumen de grandes complicidades.

Hombres y mujeres han padecido mucho y de diferentes maneras la disolución del otrora grato enlace. Al charlar con varias mujeres que se han divorciado, durante el proceso, el problema mayor ha sido el dinero. Será casualidad o no, pero en un promedio de veinte casos inmediatos, las mujeres son las que han decidido romper el vínculo matrimonial. Esto detona grandes dosis de rencor y de venganza. Casos hay miles y "cada quien habla como le va en la feria". Sin embargo, en los últimos diez años, he escuchado historias en donde se puede aplicar la frase "Kafka en México sería un escritor costumbrista".

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Jessica cuenta que cuando le manifestó al marido que no podían continuar, que buscaran una separación amigable, él en principio aceptó. Ella con un contrato laboral de unas horas, no podía solventar más allá de su manutención. El esposo se quedó con la hija, pero en el juicio le exigió que pagara la mitad de la colegiatura y amenazó con sacar a la niña de la escuela. Por supuesto, sabía la situación económica de su entonces esposa. Años atrás, a pesar de haber decidido entre los dos el embarazo, él a partir del inicio de la gestación jamás quiso volver a tener relaciones sexuales. Así pasaron casi diez años hasta que ella dijo basta y lo dejó. "He estado buscando un empleo más. Están por resolverme en una compañía. Ha sido difícil porque tengo más de 40 años. No obstante, me quité un costal de los hombros. Me siento liviana. Mi hija, en general, está bien. Es necesario que las mujeres busquemos nuestra Luna".

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Mariela relata su divorcio, luego de 23 años de haberse desposado. "Fue tormentoso porque yo tomé la decisión y él no aceptaba mi postura. Hasta me ofreció un viaje, para que lo pensara. No había tenido conmigo un detalle en más de 20 años, pero durante el año que todavía duramos juntos los tuvo todos. Cuando se dio cuenta que mi decisión era en serio cambió en el peor de los planes. 'Me voy y ya después vemos cómo quedamos' dijo y se fue. A los 15 días regresó y aseveró: 'Como eres tú la que se quiere divorciar, yo me quedo con todo incluso con las niñas. No te llevas nada". Cuando oí eso entendí que una reacción así no podía ser producto del amor de más de dos décadas, entonces me di cuenta que nunca hubo nada. Por supuesto, mi felicidad valía más que todo, excepto las niñas.

"Como la relación ya estaba muy complicada, unos meses antes había dejado mi trabajo para que, según ambos, tuviéramos más vida en familia. Ja... Así las cosas, en dos días me salí con mis hijas y 200 mil pesos que fue la mitad de un negocio que tuvimos. Claro que al alquilar un departamento se me fueron como 40 mil pesos por las rentas adelantadas, un refrigerador y unos colchones. Esa primera noche dormí, descansé. Pronto encontré empleo. Aprendí a cocinar bueno, bonito y barato. Aprendí a cuidar el dinero y mis hijas también.

"Soy extranjera. No tengo a nadie de mi familia aquí. Una vez afuera, empezó el regateo brutal por parte de él. Decía 'si quieres que las niñas coman que vengan conmigo, si están contigo tú te las arreglas'". Él sabía que yo aún no tenía trabajo. Logré invertir en una pequeña empresa. Tuve que viajar, se la encargué y se quedó con ella. Nunca me imaginé que pudiera actuar de esa manera. No le conocía esa maldad.

"Pasó el tiempo. Se llevó a cabo el divorcio. En resumen, fueron tres años de horror. Una de las peores situaciones de mi vida. Uno cree que conoce al hombre con el que se casa, pero no. Tuve un gran aprendizaje. Creo que les he dado un buen ejemplo a mis hijas. Al principio quizá me sentí egoísta, pero también pensé en ellas. No debían creer que una relación así era normal. No me arrepiento. No fui de las que traen la queja y el llanto por todos lados. Nunca perdí mi alegría".

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Elsa tenía una hija y alrededor de cinco años de casada. Un día decidió divorciarse. No había grandes coincidencias ni culturales ni familiares ni sociales. Quizá fue mucha hormona, pero se agotó. El marido eludió toda responsabilidad. "Cuando se volvió a casar, le pagaba la colegiatura de una universidad privada al hijo de su nueva esposa y a nuestra hija no le daba ni un peso. En ese momento yo no tenía empleo. Me tuve que ir a vivir unos meses con mis padres. En cuanto levanté una empresa que poco a poco fue un éxito, decidí que aunque era obligación darle a la niña una pensión, no me iba a volver a meter en pleitos legales y no le volvería a pedir ni un centavo. Mi hija se dio cuenta de todo el horror. Cuando me volví a casar, ya era una adolescente y a quien le dice papá es a mi esposo. A su padre biológico le llama por su nombre. Ella, con sus treinta años, cuando lo llega a visitar, me platica algo de sus encuentros. La última vez, de golpe, me preguntó '¿mamá, por qué Pepe será tan inmaduro si ya tiene la credencial del INAPAM?'"

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Aurora le informó al marido que era necesario divorciarse. Tienen un hijo. Le contestó que estaba de acuerdo. No abundó. Pasaron unos tres meses y no se volvió a tocar el tema, hasta que ella le dijo: "Nos vamos a divorciar. Busca un abogado y yo busco el mío. Hay que arreglar tu responsabilidad con el niño. Yo no necesito nada de ti". Él respondió que no tenía tiempo ni dinero. "Si tú eres la que se quiere separar, arréglatelas y consigue abogados". Así se fue un año más. Un día, ante el exceso de la violencia del silencio y de las actitudes, fue necesario exigir que él se fuera. Entonces, dejó de pagar la renta, aunque el niño vive en el departamento. Su obligación económica la redujo a pagar una parte de la colegiatura, a nivel primaria, y a comprar cinco yoghurts a la semana y cinco jugos. Cada vez que Aurora le informa que el niño requiere una medicina o varias, shampoo o leche responde "tengo muchos gastos. No me han pagado. Me deben". Ya le avisó que el divorcio está tramitándose, pero que -aunque él no lo crea- tiene que participar. Hace dos años que están separados; sin embargo, el todavía marido afirma categórico que no tiene tiempo ni dinero para llevar a cabo el asunto. "Cada vez que hablamos y toco el tema hasta se endereza. Se pone como gato boca arriba. No escucha. Le he dicho muchas veces que lo hagamos en buen plan, para que todo sea más fácil y más barato y se niega. Ninguno de los dos nadamos en dinero, pero yo estoy prácticamente a cargo del niño. Estoy abierta a negociar de la mejor forma en beneficio de mi hijo. Es más, estoy dispuesta a pagar el divorcio. Creo que hay que pasársela bien en la vida".

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Hace varios años, durante una comida de fin de año, un colega me preguntó "¿Y tu marido?", a lo que contesté "ya no tengo marido. Lo dejé". Me dio un codazo amigable y en un tono pícaro dijo "¿te encontraste otro, verdad?". Le respondí "no, me reencontré conmigo". Guardó silencio. Luego de que terminó la sopa, me miró a los ojos y aseveró "me has dicho algo muy interesante". La comida siguió, se brindó y se desearon parabienes. Meses después coincidimos en una estación de radio y comentó "no olvido que te reencontraste contigo".