Licenciada en Ciencias de la Comunicación (FCPyS), poeta y colaboradora en varias revistas independientes.
Foto: Emma Blancas/MujeresNet

Esta y otras preguntas nos plantea la autora, quien enfatiza que lo importante es lo que tenemos en común, ya que al final buscamos lo mismo: la liberación del yugo misógino y feminicida.
Hace no muchos días estuve en una reunión "casual" de feministas. Algunas de ellas hacen performance y tienen mucha presencia en las redes sociales. Algunas son muy profundas y escriben libros o dar cursos. Algunas simplemente están en el camino del aprendizaje... Casi todas se asumen radicales; aunque no faltó la compañera que señaló a cada quien su privilegio. Incluso yo, que me considero fuera del foco mediático o de zonas privilegiadas, fui levemente tundida por ser urbana e hispanohablante.
En realidad, más que ponernos a compartir y construir, se desató una controversia sobre la importancia de exponer ser extranjera blanca, europea (a pesar de que viva ya en nuestramérica) o ser mestiza mexicana, si se debe ser precaria o tener trabajo institucional; si ser autogestiva hace que una caiga en el capitalismo brutal, si todas debíamos ser forzosamente poliamorosas y quejarse amargamente de quienes no lo son, o respetar las decisiones de quienes prefieren un modelo convencional monógamo; si se tenía que renunciar a lo típicamente femenino, si bailar reggaetón era violento, si resistir o callar era más sabio o si en realidad al entrar en discusiones tan ásperas podríamos terminar por ofendernos e irnos. Al final, alguien dijo que el feminismo estaba jodido, y la lucha, perdida. Más de una asintió...
Mientras redacto, trato de ser lo más imparcial posible (hace tiempo supe que la objetividad no existe; luego entonces, desde la intersubjetividad, puedo entender mejor el mundo -los mundos-) aunque, por supuesto, tengo mis propias preferencias, y humildemente acepto la limitación que estas me confieren.
A la mitad de mi andar feminista, me consideraba radical. Hacer añicos mi blanquización, mi heteronorma, mi devenir mujer, mi nacionalismo bobo, mi pequeñoburgués deseo de progreso, era algo de lo que me sentía orgullosa. Ahora, no es que haya cambiado mi postura, sino que veo a chicas (de mi edad o más jóvenes) que verdaderamente apuestan por premisas incluso más radicales que las mías. Me encanta la deconstrucción de la que han sido capaces, aun no termino de comprender toda su cosmovisión. Hace poco una compañera de más edad que yo me dijo que le parecía muy joven para ser tan irreverente; en corto, me explicó que ella tardó algunos años más en rebelarse. Pienso en que muchas chicas que ahora tienen entre 15 y 27 años nacieron es espacios más autónomos (con relación a generaciones pasadas) o quizá la era digital las acercó desde muy temprana edad a este otro mundo, y de ahí se formaron (o deformaron), pero es gracias a las generaciones pasadas que se han tenido logros. Y sin embargo, algunas son, no irreverentes, sino irrespetuosas, demasiado duras con el pensamiento pionero. No sé si tengan realmente el contexto de dónde venimos, de los avances y de las vidas que se han perdido en pos de los derechos que ahora tenemos. Ante todo, creo que es necesario, insisto, unirnos, abrazarnos, escucharnos, sanarnos. Los foros feministas no son una machirrina pasarela para exhibir egos ni "mi lucha es más auténtica que la tuya porque yo no recibo equis o ye del estado ni las empresas", por ver quién luce más queer, por ser la más ovacionada. Creo que se está pasando por alto que lo que el sistema quiere es que nos separemos más y más hasta que esto se vuelva una contienda interna, donde se aniquilen los discursos, se azoten las manos en la mesa y que al final deje de ser efectiva la supuesta primera causa que nos une: la sororidad.
Me siento un poco aplastada por fuerzas opuestas. A mí me ha tocado convivir con feministas que tienen treinta o más años. Algunas abanderan la igualdad y otras la diferencia. He convivido con feministas institucionales y autónomas, con descoloniales, con mujeres que vienen de feminismos de pueblos originarios, con periodistas y con artistas, con veganas y con omnívoras. A todas las respeto y con algunas vibro más que con otras. Ajena no soy, pero creo que no por pertenecer a determinada formación o ala una es ya, per se, de predeterminada forma.
Conozco extranjeras precarias, que se parten la camisa por ir tras la lechuga (o chuleta o amaranto o lo que sea que coman; hablo en sentido figurado), con más identidad abyayala que muchas mexicanas de clase media, con idiosincrasia europeizante; a mujeres religiosas más laicas y humanistas que las que se dicen ateas; a mujeres sin estudios más preparadas que las mismas doctoras. Y no es que estén bien o mal, sino que no todo es lo que parece. El peligro radica en generalizar.
El problema, creo, es que por más que pretendemos quitarnos de prejuicios, vamos en pos de otros tantos, vamos prefabricándonos enemistades gratuitas, cuando lo que deberíamos estar proponiendo es la unidad y las estrategias amorosas (también he sido tundida por promover el amor, porque eso es "romántico" y lo "romántico" es violento... -entiendo el punto, pero para mí, tiene que ver con otra cosa, completamente distinta; ética y estéticamente-). Supongo que en vez de defender a las personas violentas, debemos dejar de criticar las denuncias al interior de los mismos espacios creados, idealmente, para la convivencia y el esparcimiento. Es urgente escuchar la versión de la otra, también. Hacer tábulas rasas nunca ha dejado cosas positivas. Escuchar, volver a escuchar, más que vociferar sin sentido, solamente por parecer más convincente...
Hablar de interseccionalidad siempre será vital para entender desde dónde vemos las cosas que vemos pero a veces, creo, por ver una rama, por intentar saber si se cayó por el aire o si alguien la arrancó, se deja de ver el bosque, los árboles vivos, los arbustos. No condeno en modo alguno la capacidad de pensar, de crear ceibas neuronales; al contrario, aunque supongo que, justo por eso, la diversidad debiera ser válida. Es "natural" hallar diferencias, pero lo importante es lo que tenemos en común.
Alguna vez leí, en una entrevista a una muy querida filósofa, que para ella el feminismo no tenía que ver con el combate, pues el combate es parte de la cultura machista: aniquilar lo diferente, lo que se contrapone a los intereses de quien domina. Entiendo que hay una diferencia enorme entre cómo nos come el sistema androcéntrico heteropatriarcal, y las luchas feministas, sobre todo las llamadas terroristas. Entiendo que se deben tomar cartas en el asunto y que ninguna manifestación feminista es equiparable al exterminio sistemático pero creo también que de pronto se cae en lo que se critica. Eso es humano, pero hay que hacerlo consciente y movernos de lugar.
Para muchas personas que aún se sienten alejadas del feminismo, esto puede resultar beligerante. Y, por desgracia, sí: dos mujeres que en aras de argumentar se arrebatan la palabra, dos grupos de chicas que en aras de ser más feministas, más "barrio", más "marginales", pueden violentarse a niveles insospechados y, cierto, dolorosos, mientras que otras chicas, también autodenominadas feministas, le echan leña verde al fuego. Así, con ese nivel tan elemental, tan visceral y desde luego violento, ¿cómo acercar a las nuevas generaciones al feminismo? ¿Cómo explicar que buscamos equidad? ¿Qué estamos planteando? ¿Por qué corregimos las planas de otras, en vez de simplemente guiar, sin caer en posturas obtusas?
El uso de las redes sociales, si bien hasta ahora es libérrimo, también vuelve posible aventar piedras y esconder manos (y nombres). Pero me pregunto dónde ha quedado la capacidad de dialogar frente a frente y de manera amorosa, no entre "iguales" (seccionalmente), porque eso se da de manera muy orgánica (siempre me da un gusto enorme cuando me entero de seminarios, grupos de autodefensa, talleres, campamentos, retiros, redes, publicaciones, encuentros...), sino con aquellas con las que no comulgamos del todo, pero que al final buscamos lo mismo: la liberación del yugo misógino, feminicida.
La definición de "feminista" no le pertenece a nadie. Desde hace tiempo leo en foros el término "Feministlán", del cual muchas se mofan, pero cuando les pregunté qué era y quién lo "habitaba", nadie, ni siquiera en privado, me supo responder. Luego entonces, creo que es un lugar de fantasía colectiva, donde nadie nombra y varias imaginan quiénes lo "presiden", pero nadie es capaz de argumentar por qué sí o por qué no "Feminsitlán" es un lugar de feministas. A estas alturas, sigo dudando entre si es el lugar de las radicales o de las institucionales, de las partidistas o de las autónomas, de las empresarias o de las precarias, de las hippies o hipsters.
No se es menos feminista por ser heterosexual, bisexual o lesbiana, así como tampoco es obligatorio que todas seamos de extractos humildes o de clase acomodada. No se es más feminista si se trabaja en una institución (universitaria, gubernamental, ONG, OSC), pero tampoco se es más (no por default) si se renuncia a la misma. A algunas nos gusta estudiar, y optamos por la academia (sí, aunque pongan esa cara de susto ante la palabra). Tratamos, en la medida de lo posible, de integrar nuestra visión feminista en un mundo que sigue mostrándose reticente con "las mujeres y sus temas": la religión, los medios de comunicación, la literatura, las relaciones exteriores, las políticas públicas... Hay quien reniega porque no pudo acceder a equis programa, porque no es amiga de "la mafia", y vocifera en contra de equis o ye, pero si fuera más honesta, aceptaría que quería ser parte de equis o ye lugar.
Se vale criticar, pero el ataque en despoblado, sin argumento, sin beneficio común real, sin sustento, de manera
violenta y en espacios que no lo ameritan, me parece riesgoso.


