Comunicóloga, escritora, poeta y catedrática de la UNAM.
Lucía Rivadeneyra nos ofrece una crítica literaria a esta novela de Rosa Montero, que aborda el temor que Soledad Alegre, la protagonista, tiene al paso del tiempo y a la vejez.
Amar queriendo como en otro tiempo
-ignoraba yo aún que el tiempo es oro-
cuánto tiempo perdí -ay- cuánto tiempo.
Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,
amor de aquellos tiempos, cómo añoro
la dicha inicua de perder el tiempo...
Renato Leduc
Decir que no se puede detener el tiempo, no es novedad. Por supuesto, nadie se angustia todos los días por él y por su indiferencia ante los mortales. Cuando se tienen 15 años se habla de los viejos de 30; cuando se llega a los 30, se piensa en los viejos de 50; pero cuando se cumplen 50 se dice que los de 60 son muy jóvenes. Y así sucesivamente, si se sobrevive, claro. Es una pena que haya poca conciencia de la juventud. Se empieza a valorar cuando se está acabando.
El clásico "a mí nunca me dolía" o "a mí nunca me pasaba", se pronuncia de pronto una mañana y se vuelve frase recurrente durante algunos meses hasta que se asume que ya no hay remedio, se envejeció. Paliativos para semejante golpe hay muchos: "Mientras se tenga el corazón joven no se envejece" (lo cual es una metáfora porque el corazón ya no es adolescente) o "la vejez es una actitud" o "hay jóvenes viejos y viejos jóvenes". Lo que es un hecho es que existe el temor a envejecer, a la enfermedad, al dolor, a la inutilidad. Con el paso de los años esto pasa del miedo al pánico y es casi inevitable.
Cuando se lee un libro que habla de una mujer que cumple 60 años y empieza a tomar conciencia del paso del tiempo y comienza a descubrir y describir algunos horrores del cuerpo, es difícil que las y los lectores no se vean reflejados en Soledad Alegre, el personaje principal de la novela La carne de Rosa Montero.
Sí, suena extraño, pero se llama Soledad Alegre. Aquí por supuesto es un juego de la autora, no es el caso de las madres o padres que cometen barbaridades al registrar el nombre de los hijos. Al inicio de la obra está a punto de convertirse en sesentañera. Es una profesionista brillante, exitosa, independiente, soltera, amorosa, apasionada de la ópera, de la literatura, de las artes plásticas. Ha tenido diversos amantes, pero como acaba de romper con el más reciente necesita "con urgencia" a alguien que la acompañe a disfrutar de Tristán e Isolda, para darle celos al ex y como -por decreto- no se consigue a nadie de la mañana a la noche, decide con cierta reticencia contratar un prostituto y aparece Adam.
Novela llena de citas y referencias a diversos autores y múltiples obras. Va de Wagner a Mary Shelley, de Thomas Mann a Visconti, de Patricia Highsmith a Freud, de Maupassant a Philip K. Dick, de Mozart a Gabriela Mistral... Con estilo ágil, fresco y una buena dosis de humor, gracias a la personalidad de Soledad, la obra se desarrolla durante el lapso que dura la relación que establece con el gigoló. Ocurre un poco de todo: conflictos laborales, conflictos con el tiempo y el cuerpo; pero también placeres y sorpresas que siempre ofrece la vida.
Una mezcla de personas gramaticales involucran a todos los lectores: "La última vez que hizo el amor. ¿Y si no volvía a tener un amante? La gente casi nunca sabía cuándo era la última vez que hacía algo que le importaba. La última vez que subes a un monte. La última vez que esquías. La última vez que tienes un encuentro sexual. Porque a ese cuerpo mutante que de pronto se plisaba, se ablandaba, se cuarteaba, se desplomaba y se deformaba, a ese cuerpo traidor, en fin, no le bastaba con humillarte: además cometía la grosería suprema de matarte".
Desde el primer capítulo hay un guiño de traición a la ficción, cuando dice "puede que el lector opine que..." Este tipo de cosas me molestan porque yo, lectora, ya establecí un pacto de fe con una historia y unos personajes y que me devuelvan a la realidad de manera arbitraria no me gusta.
Mario Vargas Llosa afirma que "cuando leemos novelas no somos el que somos habitualmente, sino también los seres hechizos entre los cuales el novelista nos traslada. El traslado es una metamorfosis: el reducto asfixiante que es nuestra vida real se abre y salimos a ser otros, a vivir vicariamente experiencias que la ficción vuelve nuestras. Sueño lúcido, fantasía encarnada, la ficción nos completa, a nosotros, seres mutilados a quienes ha sido impuesta la atroz dicotomía de tener una sola vida y los deseos y fantasías de desear mil. Ese espacio entre nuestra vida real y los deseos y las fantasías que le exige ser más rica y diversa es el que ocupan las ficciones".
Por lo anterior, si de pronto -en el curso de la metamorfosis- el narrador de golpe escribe: "Puede que el lector opine que Soledad debería..." es algo que no puedo perdonar y, para colmo, que la autora explique la tensión narrativa y pida favores, no lo concibo. Una gran novela no necesita de favores ni de explicaciones.
El común denominador de La carne, el leitmotiv, es el tiempo, el paso de los años en el cuerpo, el temor y el horror a la vejez y también, como somos tan humanos, la esperanza. A pesar de que se me cayó el final, la pasé bien durante poco más de 200 páginas. La historia tiene su encanto. Soledad Alegre es un personaje que convence. Si fuera película, diría que está "palomera".
Montero, Rosa. La carne. Alfaguara. México, 2016. 236 pp.



