Maestra en Comunicación (UNAM). Feminista, docente y tallerista.
Raquel Ramírez Salgado nos ofrece una introspección sobre cinco acuerdos que la columnista ha hecho consigo misma para vivir un proceso actual de ruptura, de pérdida, de soltar y decir adiós.
De todos los textos que he escrito para MujeresNet, este es en el que menos emplearé recursos académicos o intelectuales. Este texto está basado en mi experiencia, en la que estoy aprendiendo a soltar y a decir adiós. Deseo que, si alguna persona lee este texto, encuentre algo valioso. Sé que el momento histórico y político actual nos demanda análisis sociales y económicos, sin embargo, decidí compartir algunas reflexiones personales porque también es importante detenerse a mirarse, a revisarse... y porque estamos a la mitad del invierno, porque se acerca cada vez más la primavera, y porque creo que, de manera paralela, las sacudidas políticas, económicas y sociales son reflejo de una estructura que no puede sostenerse más, así como el sistema de creencias, miedos, fantasías e ilusiones que hemos heredado y reproducido. Debo decir algo más antes de empezar: el último texto que escribí para MujeresNet fue en septiembre de 2016, así que este texto representa volver a empezar; representa retomar la escritura y la apertura para compartir mis sentipensares; significa, pues, ir perdiendo poco a poco el miedo de despertar y darme cuenta de que estoy viva.
En el verano pasado llegó el fin de algo que venía anunciándose desde muchos meses atrás. Creo que, desde el fondo de mi corazón, ya sabía que pasaría. Una siempre lo sabe, ¿cierto? Una siempre sabe la verdad, la conocemos a partir de nuestro ser, pero nos han enseñado a negarla, a desconfiar de lo que sentimos. Los detalles del fin, de la ruptura, me los reservo. Tal vez nunca los comparta. No lo sé. Siento que eso, por lo menos hasta ahora, solo nos pertenece a las personas involucradas. Ya dije que lo sabía. Ahora debo decir que pocas cosas me han dolido tanto. A lo mejor, a diferencia de otras pérdidas y de otras rupturas (no solo amorosas), en esta ocasión tenía más recursos de vida; esta vez decidí afrontar el duelo feministamente. Ya había pasado por aquí. Hace años, ya había leído muchos libros, artículos, desde los filosóficos, sociológicos, psicológicos, incluso, de autoayuda; es decir, sabía de memoria que un duelo consta de diversas fases, y que las emociones están subidas a una montaña rusa que sube y desciende vertiginosamente. Ya lo sabía. Ya lo había sentido, desde la euforia pasajera, causada por una tontería, hasta el deseo absoluto de dormir, de desaparecer, de morir.
Pues bien, todo eso volvió a pasar. Es más, no puedo decir que he concluido mi duelo. No sé cuánto tiempo me tarde más, pero, realmente no me importa. Y ese es el primer acuerdo que hice feministamente conmigo: no me importa cuánto tiempo tarde, soy y seré tan amorosa y autocompasiva conmigo, que esta vez no mediré cuantitativamente mi avance. Me irrita muchísimo que la gente me diga que ya es tiempo, que ya pasaron meses, que debo estar feliz y dejar todo atrás. Eso me suena a esta condición posmoderna de lo efímero: carajo, ahora hasta el dolor es desechable. Sin embargo, el hecho de no medir compulsivamente el tiempo no implica que permitiré que la nostalgia invada mi ser para siempre. Eso no, ya me lo prometí.
Estoy viviendo este duelo en condiciones completamente sui generis. Resulta que tuve que hacer una estancia de investigación en otro país. Cuando decidí hacerla y comencé con los trámites, ignoraba la manera en la que llegaría el temido desenlace mencionado. Simplemente, ya no había marcha atrás. Aún recuerdo la despedida en el aeropuerto. Mi familia, de sangre y la que yo escogí, estaba ahí. Me dolió mucho dejar a mis amados perros (mi consuelo es que mi mamá generosamente los cuida y que me reencontraré con ellos pronto). En otras ocasiones había cruzado esa puerta para comenzar la revisión del equipaje no documentado. Pero, en esa ocasión, todo era diferente. No quería irme porque eso significaba no tener excusa para no seguir adelante. De repente, me escuché sollozando, mi respiración estaba muy agitada; salieron lágrimas de mis ojos, volteé y solo vi a mi amiga Jovanna tomándome una foto y despidiéndose de mí. Decidí seguir. Respiré y acepté, feministamente, que me moría de miedo. Y ese fue el segundo pacto conmigo: no iba a negar ni a tratar de negar lo que sentía.
Llegué a un país lejano, sin hablar la lengua oficial. Me aseguraron que con inglés y español podría sobrevivir. Y además de eso, un país aún invadido por los fantasmas del racismo y la xenofobia. Nunca había sentido frío en los pies al caminar por la calle. Eso provocó en mí más miedo. Pensaba que no resistiría. Pero, decidí averiguar y aprender a protegerme y a sobrellevar el frío, lo cual me llevó a un tercer acuerdo feminista con Raquel: pase lo que pase, incluso si te estás "muriendo" de dolor, vas a hacerlo a través del autocuidado. Si un día no tenía deseos de levantarme y solo dormir, lo hacía, pero me cercioraba de comer bien, vitaminarme, usar calcetines y ropa térmica. Disfrutaba la sensación de calor proveniente de la calefacción. Aprendí a llamar a las cosas por su nombre, a asumir lo que sentía. Recuerdo cuando caminaba por las calles y el frío calaba mi rostro; yo me decía "esto se llama frío y lo estás sintiendo, así como la tristeza y la desesperanza". Mi sinceridad fue compensada con hojas otoñales, doradas y rojizas, cayendo de los árboles, y meses después, con tormentas de nieve.
Hay algo que todavía no entiendo: ¿Por qué me tocó vivir esta parte tan compleja lejos (físicamente) de mis redes de apoyo? No hay día que no extrañe a las personas y seres que amo. Gané dos lecciones muy valiosas: no sirve de nada vivir en un lugar donde hay "comodidad", supuesta libertad y seguridad, si no están las personas y seres que amas a tu lado para compartir todo eso. Cada vez que me sentía sola, me acordaba de mi familia, la de sangre y la que yo escogí, y también de mis ancestras; a veces, cuando sentía que ya no podía más, me permitía imaginar que detrás de mí venía un ejército de guerreras, de luchadoras, de todas esas mujeres que me acompañan en el camino, en espíritu. Y eso, las redes, los pactos de cuidado y autocuidado son un componente indispensable para vivir un duelo. Por cierto, muchas, muchas gracias a todas las personas que han estado al pendiente de mí, a quienes me escribieron, me llamaron, y a quienes, incluso, hicieron el gran y hermoso esfuerzo por visitarme. No quiero mencionar a nadie ahora porque temo olvidar algún nombre.
Yo nací en la Ciudad de México, lugar considerado por muchas personas como un "monstruo", un caos, un desastre. Pues yo amo a ese monstruo. La ciudad donde vine a estudiar es Berlín. Recuerdo que una vez, al inicio de mi llegada a Alemania, desperté en la madrugada y entré en pánico: me di cuenta de que prácticamente no había hablado con nadie en dos semanas. Fue sorprendente. Y aterrorizador para alguien que habla tanto como yo. La desventaja lingüística, el no entender nada de lo que dicen las personas me llevó a un estado de indefensión. Cada vez que esa vulnerabilidad me descolocaba, recordaba que había nacido en la Ciudad de México, y eso me llenaba de fuerza y valentía el cuerpo para seguir. Es curioso, estoy por regresar a la Ciudad de México, de reconectarme a mi realidad inmediata, y será un reto; no obstante, sé que pensaré: "Si pudiste sobrevivir en Berlín, podrás sobrevivir en la Ciudad de México". Y esa es otra enseñanza feminista: hay que honrar nuestro dolor y sufrimiento para darnos cuenta de que sí hemos avanzado. Hay que ser justas con nosotras mismas, dicho en otras palabras, reconocernos, darnos autoridad, sin importar que no falte quien diga que "no nos esforzamos lo suficiente".
Han pasado meses, poco más de cuatro meses de los seis que estaré en Berlín. Resulta que, venciendo y conviviendo con todos mis demonios, me he permitido recordar que estoy viva. Creo que cada vez que salgo del edificio donde vivo y siento el aire frío en mi rostro, despierto. Y así, la vida llega a mí de nuevo, cada vez que río, que lloro, que disfruto de una buena película, libro, de una charla, de una comida o bebida deliciosa. Estoy aprendiendo a convivir con el deseo, la alegría y el placer, y al mismo tiempo, con la tristeza, el vacío y la nostalgia. Lo cierto es que ahora ya puedo escuchar muchas canciones que hace meses estaban tajantemente prohibidas. Eso está muy bien. La música es un placer maravilloso e imprescindible.
El duelo aún no concluye. Ya dije que no me importa cuánto tarde. Un sábado hice una tregua conmigo misma y opté por quedarme en casa viendo películas y durmiendo. Por obvias razones, llegué hasta la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos. Esa noche tuve pesadillas. Han pasado semanas y hasta ahora comprendí que no deseo olvidar los recuerdos, ni a él; pero, no me refiero a conservar un sentimiento de amor, no. Me refiero a que estoy haciendo un profundo trabajo de resignificación. Es complicado. Como feminista hay cosas que ya no pueden pasarse por alto, porque duelen en el corazón y en las convicciones políticas y éticas. Aun así, no quiero olvidar. Es parte de mí. Creo que este punto es decisión de cada quien y depende del daño causado: tenemos el derecho absoluto de alejarnos y de olvidar a quienes nos causan dolor. Eso lo tengo bien claro. Incluso, tenemos derecho a no olvidar, a lo mejor, y hasta a no perdonar. No discutiré eso aquí. Reafirmo, yo no deseo olvidar, solo sanar.
Debo confesar que me he permitido fallar. Es cierto que el anonimato ayuda mucho, aunque la autoexigencia es difícil de superar. He aprendido a aceptar la ayuda de otras personas y a reconocer que no lo sé todo. Eso parecía bastante atemorizante al principio, sin embargo, generó una dulce recompensa. Aprendí a decir, sin pena, que no entendía nada de lo que muchas personas me decían en la calle. Fui recompensada con sonrisas y con empatía, desde la adulta mayor a quien ofrecí mi brazo para bajar de una escalera, y quien, sin importar que yo no comprendiera sus palabras, me pidió acompañarla hasta la parada del autobús; ella se despidió de mí con una sonrisa y balanceando su mano enfundada en un guante afelpado y marrón. Muchas más sonrisas en el metro, en la calle; posiblemente muchas menos que los gestos de hostilidad; aun así, las atesoraré. Además, me dejé consentir y ayudar por mis compañeras y compañeros de seminarios, que amablemente me traducían todo lo que no entendía y hasta me ayudaban a pedir la comida en las barras universitarias. Por un momento, mi ego me hizo pensar que mi autonomía se veía vulnerada al no saber ni siquiera pedir un plato de sopa. Nada de eso, para eso existe la solidaridad. Creo que a veces la vida te lleva a límites insospechados para recibir amor, compasión, ayuda. Y aquí otro aprendizaje feminista: tal vez, vale la pena encontrar la belleza de las personas, de las situaciones, de la Naturaleza, incluso la propia, durante un duelo.
Una última cosa. Tras escribir este texto, reafirmo la convicción de que un duelo feminista posee una condición política y ética. No hubiera podido descubrir lo anterior sin los recursos que las mujeres y los feminismos han construido. No hay que olvidar: lo personal es político.



