FEBRERO 2017

A propósito del 14 de febrero... Los vicios de una Malquerida

'Te has convertido en mi vicio más pervertido'... La columnista hace una introspección de una experiencia erótico-afectiva.

Y soy capaz de caer en la más hermosa corrupción con tal de que alguien te delate y me confíe si es tu aroma natural el que me llevó a la locura de obsesionarme contigo.

A quién puedo extorsionar para que revele si es tu piel recién bañada la que me hizo incondicional a tu cuerpo que ya extraño y yo misma me juré nada más explorar por una noche.

Cómo puedo usurpar mi propia necedad de desearte justo en el momento en que repito mi nombre a tu oído para que no me olvides cuando te alejes de mí y te vayas a tu mundo bondadosamente rutinario.

En qué momento yo, la malquerida por siempre, empecé a perderme en este enviciamiento de desearte y de pensarte.

Yo, la que solamente juega con sus propios sentimientos y se niega la oportunidad de enamorarse perdidamente de ese otro que siempre amenaza con lastimarme.

Yo, la que ahora muere por olfatear completa tu alma, por saborear tu aroma de niño malo, por memorizar tu corazón bondadoso.

Pero soy simplemente una depravada muy malquerida que sigue mezclando la miel con el veneno más dulce si te besa, que revuelvo mi sosa madurez con tus años de experiencia inexperta, tu boca perfectamente virgen con mi corazón saturado de malas experiencias, tus suspiros con mis desaires al amor verdadero.

Entonces caigo en la más fascinante perdición y quisiera inyectarme tus besos con una simple mirada perdida. Intento aspirar tus orgasmos como una advertencia de que necesito respirar para darle vida a esto que de seguro no debería ser amor. Y me atraganto con mis silencios que surgen justo en el momento en que quisiera decir lo que no debo sentir por ti.

Me doy tanto coraje que me castigo repitiendo que esto que hago contigo es una vil inmoralidad que me hace pecar con una alegría inmensamente disfrutable. Me enojo tanto conmigo misma que desobedezco todos los santos mandamientos con tal de tenerte otra vez en mis brazos. Me enfado con mi propia sensibilidad que fracasa en ese intento de querer ignorar las buenas costumbres que pierdo justo en el momento que muerdo tu labio inferior. Me maldigo discretamente cuando tu rostro angelical perdido en un orgasmo me hace violar todos los códigos de ética que memoricé para olvidar quién eres.

Seguramente por eso disfruto este libertinaje de amarte toda una noche, gozo esta degeneración de sentirte mío por unos instantes, me regodeo de maldad cuando llegas puntual a nuestra cita clandestina y descubro toda la perversión que puede latir en mi bondadoso corazón porque te deseo apasionadamente.

Y este romance es solamente una falta que me aleja del cielo eterno, un defecto que le oculto a mis amistades pudorosas, una imperfección de mi erotismo saludablemente sensual, la más grande falsedad de mi sincera vocación de amar, el yerro que me garantiza el infierno más disfrutable, el engaño que me ofrezco a mí misma para no enamorarme, el daño que le hago a mi alma gemela al decirle que no es nada serio, la desviación para que mi corazón no se vaya por el buen camino donde siempre se tropieza con la misma piedra, un exceso que por experiencia debo utilizar para aprender a olvidar.

Sin embargo, estoy segura que no he perdido esa mala costumbre de identificarme con una mirada que se pierde al mismo ritmo de mi entrega inmediata. Que este desenfreno está consciente de memorizar un nombre que ya empecé a escribir en mi corazón. Que mis flaquezas feministas siempre terminan por reconocer la poesía de esa mirada masculina. Que mi pasión es más fuerte que este vicio de desearte, de buscarte, de no esperarte pero de alegrarme cuando te veo llegar porque te has convertido en mi vicio más pervertido.