Periodista, feminista / Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UNAM), editora, promotora cultural.
Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

María Esther Espinosa Calderón y Socorro Martínez Cervantes hablan de la soledad y la desesperanza en que viven las y los adultos mayores en un asilo. El abandono por parte de los familiares, el cuerpo en decadencia, la falta de autonomía, de voz, voto y decisión, les lleva, como explican las autoras, a la desintegración de su lugar en el mundo.
Se acerca el fin de un año más. Un ciclo está por cerrarse para dar vida a otro. Diciembre es mes de celebración de la Navidad y el Año Nuevo, ambos acontecimientos rodeados de fiestas: las posadas, comidas, convivios, regalos, intercambios, abrazos, alegría para muchas personas, pero también nostalgia, añoranza, y soledad para otras.
En la residencia para ancianos/as donde vive Bertita desde hace tres años, la que será su última "casa" sabe Dios por cuánto tiempo más, el espíritu navideño se monta en los objetos de la decoración que ambientan las instalaciones, pero no así en sus habitantes, en su mayoría, ancianas y ancianos con solvencia económica suficiente para pagar unos servicios que envidiarían la mayoría de las personas adultas mayores de este país, no obstante, el espíritu que deambula por sus dos amplios comedores, la biblioteca, el roof garden, la capilla, las salas de estar e incluso en cada una de las cómodas habitaciones, es la soledad.
Soledad de quienes ya no se valen por sí mismo/as, de quienes auguran su partida en cada amanecer y a veces, hasta la aguardan con ansia como se espera una agradable visita, o pasan los días contando aviones en el cielo desde su ventana o recapitulando lo poco que les queda y lo mucho que ya fue. Con familiares o sin ellos, da igual, la vejez es un camino que suele transitarse a solas y en silencio casi siempre, aunque haya interlocutores que oyen sin escuchar, están sin estar, "acompañan" a larga distancia que no falte nada, excepto lo que no se puede pagar ni comprar: el afecto, la cercanía, la pertenencia y la inclusión en la vida de sus familiares.
No importa si sufren de demencia senil o Alzheimer, si están postrado/as en una cama o su único mal es la vejez, sea como sea, estas personas estarán condenadas al aislamiento sin esperanza alguna. Sin darse cuenta un día perdieron su autonomía, su voz y voto, su poder de mando y decisión.
Su lugar en el mundo se ha desintegrado y con él, los afectos que un día creyeron tener. ¿Para qué festejar la Navidad, la unión familiar, la armonía, la paz y el amor?
A pesar de las magníficas instalaciones, la soledad se respira por todas partes. Idalia juega con su muñeca, no la suelta, la arrulla, como acordándose cuando lo hacía con sus pequeños hijos. A pesar de que ya se le olvida todo, espera con ansia la visita del hijo que recientemente murió y que ella no sabe. El que vive en Nueva York sólo viene una vez al año a verla, está al pendiente de ella por teléfono.
En la residencia la soledad no es cuestión de género, doblega tanto a hombres como a mujeres, la sienten durante la noche y al despertar, en las intermitentes horas de silencio, cuando oprimen el botón para que alguien venga en su ayuda, cuando dejaron de ser importantes y se convirtieron en una carga, un deber, una obligación que se atiende con la mueca de hastío y ya no caben en la plática, las vacaciones, el festejo ni la rutina de los suyos.
Su soledad es enteramente suya, nadie la ve. Yace en su alma y su cuerpo transformado en un estuche inservible que sobrevive recordando sus inicios para compensarse, con patadas de ahogado, la ilusión de vivir a punto de extinguirse.
Están vivos, sienten todo, pero les han saqueado su sexualidad, sus deseos, sus placeres, sus bienes y hasta su identidad porque ya nadie tendrá tiempo para sintonizarse con su ser. Les dirán que están bien, que hacen lo mejor para su bienestar para que nada les falte y creerán que así es.
La residencia realiza dos veces al año, una comida y una cena para celebrar el Día de las madres y Navidad respectivamente. Les llevarán música, comida o cena gourmet, habrá bebidas y postres, risas y abrazos que ya no tendrán sabor porque no alcazarán para resarcir la piel reseca de abrazos no dados en el resto de los días.
Esas fiestas se celebran antes, para que los familiares puedan festejar en sus casas como es su costumbre. Los ancianos y ancianas se quedan en las cuatro paredes de su cuarto, a solas con su soledad y su depresión inexplicable o natural según lo quieran ver. Algunos familiares se apiadan y van por su abuelo, abuela, papá o mamá, tía o tío. La mayoría se queda, al fin y al cabo ya convivieron días antes con su familia.
Desde que una entra, a pesar de las excelentes instalaciones, el abandono y la soledad se perciben en el ambiente. Mujeres y hombres en sillas de ruedas, con andaderas, con bastones, de la mano de las cuidadoras o cuidadores. Ellas y ellos son sus apoyos en este último lapso de su vida. Son quienes dan informes a sus familiares: sí comió, sí durmió, sí se bañó o lo contrario. "ha estado inapetente, dice incoherencias, se quiere regresar a su casa". Aunque los hay perfectamente lúcidos y que están ahí por su gusto o para no causarle molestias a sus seres queridos, la elección no extingue la soledad.
Sin embargo, ellos y ellas, en este México donde los ancianos son vulnerables a la violencia, al abandono, al abuso, a la mendicidad, son privilegiados de tener una vida cómoda, con ciertos satisfactores, con alimentación a su alcance, con alguien con quien cruzar palabra, con un techo limpio y caliente, aunque falten razones para disfrutarlo.
De la soledad nadie se escapa, depende de la vida que lleves, puedes estar rodeado de mucha gente y sentirla en los huesos. Puedes quedarte sola y sentirte amada. Como decía Bertita, cuando vivía en su departamento: vivo sola pero no estoy sola. La acompañaba el recuerdo de su esposo, al que tanto quiso y al que le decía: "mi negrito". De repente su vida cambió, se fue a un lugar donde hay gente, que la va a visitar a su cuarto, donde hizo amigas que la buscan, pero ella se siente sola y prefiere estar sola.
Diciembre llega con ese cúmulo de sentimientos encontrados para algunas personas, es el más conmovedor mes del año, para otras viene lleno de tristeza, por sus seres queridos que ya no están, por las personas que no tienen un techo, ni una mesa donde compartir el pan (el pavo es mucho decir), por los niños y niñas que no saben lo que es un regalo, a los y a las que Santa Claus y los Reyes Magos (inventos del consumismo), no les traerán nada.
La residencia se ve bonita, el cuarto de Bertita, ya lo adornan dos arbolitos de Navidad, uno que le llevó hace un año su amiga Geo, el otro que le acaba de llevar su amiga Alicia.
A sus 94 años, Bertita que siempre fue una mujer de lucha, que se adelantó a su tiempo, que logró ascender puesto tras puesto en Pemex y jubilarse con una pensión digna. Aquella mujer que no la tumbó la muerte de su amor, ni la de sus padres, ni la falta de hijos, la derribó finalmente, la pérdida de su ojo, el no poder leer más, la soledad de su cuarto, la depresión y el cansancio de sus años.
Ya no es aquella mujer que dejaba a un lado su lectura cuando iban a visitarla y decía con una gran sonrisa "Qué gusto que vengas a verme". La que se tomaba su paloma o su Baileys para brindar. Los años, la soledad y la depresión la derribaron. Ella ya no siente la nostalgia de la Navidad, ella vive en la nostalgia desde junio cuando le quitaron su ojo a causa de una infección y ya no puede ni quiere ver la vida.


