SEPTIEMBRE 2016

Sobre víctimas y victimarios: la peligrosidad de las pseudo culpas y la evasión de responsabilidades reales

Raquel Ramírez Salgado cuestiona algunos posicionamientos acerca de la violencia y las víctimas de la misma, ya que carecen de una postura ética y política. Con argumentos históricos, sociales, políticos y legales, la columnista advierte del peligro de esto, pues 'la violencia contra las mujeres es real y no es nuestra culpa'.

Recientemente he leído, en diversas fuentes, supuestos posicionamientos "new age", esotéricos, desde el coaching, etcétera, acerca de la violencia y las víctimas que la experimentan. Grosso modo, lo que estas ideas sugieren es que no existen víctimas, sino que cada quien es responsable de todo aquello que las personas "nos hacen", y en realidad, de acuerdo con esto, "nadie te ofende, eres tú misma o mismo quien se hace expectativas sobre las otras personas". Así mismo, estas ideas dejan ver que, sin importar lo que vivamos con y a través de las personas, éstas serán grandes maestros y maestras de vida. Considero peligrosas tales aseveraciones y presentaré un esbozo de argumentos históricos, sociales, políticos y legales para probarlo.

Debo reconocer un interés personal en el mundo de lo mágico y misterioso, sin embargo, también soy una estudiosa de las ciencias sociales, y apuesto por la construcción del conocimiento de manera integral, con una mirada multidisciplinar, siempre dentro de un marco político, ético, crítico e historizado.

Es innegable que históricamente las mujeres hemos sido excluidas de los pactos de poder, pre modernos y modernos, lo cual ha generado desigualdades de carácter estructural, así que, para alcanzar las mismas oportunidades y el reconocimiento de la igualdad (con todo lo que puede problematizarse dicho término) y la diferencia, no solo se trata de decisiones personales, vaya, de "echarle ganas". Con enfado leo constantemente distorsiones sobre la categoría "empoderamiento", como si éste se construyera desde lo individual. Es prácticamente desconocido que la categoría "empoderamiento de las mujeres" fue creada por el feminismo, como proceso y meta, a nivel personal y colectivo, de ahí su cariz político. Menciono esto porque la violencia también es un ejercicio colectivo, es decir, ha sido ejercida histórica y tradicionalmente por un colectivo sobre otro (lo anterior, también con sus respectivos matices y precisiones), por lo tanto, la violencia no es permitida por quienes la reciben, sino que es ejercida con el aval institucional, acompañada de la corrupción y la impunidad.

Es por eso que la palabra "víctima" corresponde hoy día a una figura jurídica, contemplada en algunas leyes mexicanas, como la Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia. Y es así que resulta obligado hablar específicamente de violencia contra las mujeres. Sépase que llamarse víctima no implica restar poder a alguien, por el contrario, el primer paso para generar procesos de empoderamiento de las mujeres es identificar que se es víctima de violencia, si ese es el caso. Sépase también que la violencia contra las mujeres está naturalizada, banalizada y legitimada, por lo cual, es complejo identificarla y tomar una postura ética y política frente a ésta. Pero, sin recursos feministas, ¿cómo podría una mujer detectar que sufre violencia, que es víctima? A lo largo de la vida he experimentado violencia, y un ejercicio clave para salir de estos espirales de injusticia fue reconocer que era víctima de violencia.

Por cierto, la re victimización no la provocan las víctimas, sino las autoridades que obstaculizan el acceso a la justicia; la re victimización la generan los agresores, que no cesan de torturar, maltratar, humillar, violar, mutilar, asesinar.

¿Acaso cualquiera de las personas que afirman que nadie nos ofende y que las mujeres permitimos que nos violenten tienen la audacia, y hasta cinismo, de decirle a la cara a Irinea Buendía que su hija, Mariana Lima, fue asesinada por su propia culpa? ¿Estas personas serían capaces de afirmar que Ángela (como fue nombrada), la pequeña de dos años hallada violada y asesinada en la colonia Juárez provocó este indignante crimen? ¿Acaso Julio César Hernández Ballinas fue un maestro para Mariana Lima Buendía? ¿Acaso los tratantes son maestros de vida para las víctimas de explotación sexual? Si bien, incluso la tragedia puede abrir la posibilidad del aprendizaje y motivar la transformación social, no olvidemos la clave de la violencia feminicida: toda muerte violenta de las mujeres y las niñas es una muerte prevenible, no es una muerte natural, es un asesinato.

El dolor, la decepción, el sufrimiento, la depresión, la angustia, el miedo producidos por la violencia contra las mujeres es real, no nos lo imaginamos, y no es nuestra culpa.

Por otro lado, desde las concepciones citadas al inicio del texto también se hace referencia a la autoestima como un elemento clave para dejar de ser víctima, y aunque esto guarda mucho de cierto, se hace referencia de manera banal, dejando fuera el componente de género que la construcción de la autoestima implica. Para entenderlo, sugiero consultar el texto "Claves feministas para la autoestima de las mujeres", escrito por Marcela Lagarde. Insisto, no se trata de negar que la autoestima y el amor propio son herramientas indispensables para iniciar procesos de empoderamiento, y con esto, enfrentar la violencia contra las mujeres, sin embargo, por mucho amor propio que las mujeres podamos sentir, por razones ya mencionadas (históricas, sociales, culturales, económicas, políticas) está presente el factor de vulnerabilidad, y esto no determina de manera tajante que seamos víctimas de violencia en todo momento, pero está latente la posibilidad. Esto, entonces, nos da otra clave para que dejen de existir las víctimas: que quienes históricamente han ejercido violencia también se transformen; hay una responsabilidad ética y política compartida.

Por último, quiero hablar de otro tipo de víctimas, de aquellas que llevan a sus verdaderas víctimas a rebasar los límites. Parafrasearé a algunas autoras que han hablado sobre el asunto, como Marie-Francois Hirigoyen y Susan Forward. Se trata de personas altamente inseguras, que crecen con la idea de que las y los otros están en deuda, en vez de responsabilizarse por lo que verdaderamente les toca afrontar. Pasan la vida con una profunda herida y sensación de injusticia y miedo, pero como no se atreven a enfrentarlo, deciden culpar a quien les parezca el ser más frágil y accesible. Recuperando el componente de género, situémonos en las relaciones basadas en el amor romántico. Pensemos en un hombre heterosexual inseguro, misógino. Imaginemos que decide establecer una relación con una mujer. Pensemos que desde el principio éste se presenta como solidario, sensible e igualitario. Las personas a su alrededor creen que él es justo así, es decir, solo por lo que el hombre en cuestión deja ver al mundo, las y los demás avalan su presunta "bondad". De repente, sucede algo entre este hombre y esta mujer, algo que él lee como una gran ofensa, y en vez de asumir que su inseguridad le quema por dentro, decide castigar a su pareja a través de la violencia. Esta mujer se siente terriblemente culpable y cede sin darse cuenta, se siente merecedora de la violencia. Estos agresores que se victimizan sistemáticamente representan un verdadero riesgo para, primero, la salud mental de las mujeres, llevándolas a un torbellino de emociones, de dudas y culpas. Estas pseudo víctimas pueden llevar a la muerte violenta (y prevenible) a las mujeres, como el suicidio o el deceso derivado de una enfermedad. Y estas pseudo víctimas tampoco son maestros de vida. Abandonemos, por favor, para siempre, la pedagogía de la crueldad.