SEPTIEMBRE 2016

El feminismo me invita a salir del círculo violento, quererme, quererlas y cuestionar

Foto: Rocío Herrera Moreno/MujeresNet

Rocío Herrera Moreno narra, a través de diversas anécdotas, cómo al incluir el feminismo en su vida tiene ahora más poder sobre su cuerpo, capacidades y su sexualidad, así como la convicción de compartir conocimientos y amor a mujeres y niñas. La articulista destaca la importancia de recordar la herencia que tenemos de las mujeres que lucharon para seguir logrando cada vez más.


Iniciaré con una anécdota: cuando iba a la preparatoria tuve un exnovio bastante violento, agresivo y controlador. Fue la relación "sentimental" más larga que he tenido en mi vida -10 meses-, luego de aquel personaje termino en menor tiempo las relaciones, porque la verdad, me aburro muy rápido.

Enredada en los mitos del amor romántico no notaba que el agresor me alejó de amistades, que hackeó varias veces mi correo y el de personas cercanas a mí, que molestaba a mis amigos (hombres) y hasta se asoció con compañeros de la escuela a fin de mantenerme vigilada pues él recibía reportes diariamente que incluían: con quién hablé, si entré a las clases, si me senté con amigos o amigas, si llevé falda o pantalón -desconozco si había sueldo-. Luego de la ruptura me amenazó y acosó por más de cuatro años...¡Qué miedo!

Gran parte de mi ceguera la atribuyo a obedecer los roles de género impuestos por tradición, a una familia y en general, a un contexto machista. Recuerdo dos "consejos" que me dieron unas familiares cuando empecé a tener novios: 1) que me consiguiera a un hombre fuerte y no menos débil que yo porque "qué flojera andar con un mandilón" y 2) buscar a alguien "con manos fuertes y no más suaves que las de una mujer". Lo anterior con el fin de complementar mi supuesta debilidad e inutilidad con la capacidad, valentía y vigor de un verdadero macho hegemónico. De este modo, puede comprenderse por qué una adolescente permitió los abusos de un exnovio y los silenció por tanto tiempo.

Desde la secundaria me asociaban como feminista -cosa que me provocaba vergüenza- porque no entendía el concepto y además, el señalamiento se acompañaba de burlas. Iba y venía con amigas para acusar a los profesores morbosos o a los compañeros que, pobrecitos, no podían controlar su avalancha de testosteronas. En la preparatoria aumentó el "apodo", por cosas tontas como no querer usar falda arriba de la rodilla, por ser de las pocas mujeres que estudiaban una carrera "para hombres" (algo de electricidad), por ayudar a mis amigas con cosas de matemáticas, porque era muy contestataria, o porque seguía evidenciando las injusticias que cometían los profesores y compañeros contra las alumnas.

Debo confesar que no fue sino hasta la universidad, o sea, mayor de 17 años, cuando me animé a leer qué era eso del feminismo y adquirí mi primer libro Feminismo para principiantes de Nuria Varela (2013). Ahora ya tengo más libros y conocimiento y si alguien se mofa en decirme feminista, feminazi o lesbiana ya no me importa o avergüenza. Admito que para desconfigurarse y desnaturalizar todo el entramado cultural en el que se tejen los roles de género es complicado, doloroso y un camino lento en el que se pierden amistades, se interrumpen relaciones dañinas con cualquier persona, se desechan costumbres, ideologías, mandatos, se abandonan hábitos, nunca se deja de cuestionar -incluso ni en los pasatiempos-, así como tampoco se desatiende mejorar las situaciones de las mujeres en sus distintos contextos.

¿Qué ha traído el feminismo para mí?

Con el feminismo tengo mayor seguridad sobre mi cuerpo, mis capacidades y mi sexualidad. Nunca he sido ni muy gorda ni muy flaca, lo que podría traer conflictos por no encajar en una talla pequeña. Sin embargo, no me siento culpable.

Dejé la competencia y ahora, si está dentro de mis posibilidades, impulso a las mujeres a crecer y empoderarse.

No permito, tolero, encubro o solapo ningún tipo de agresiones en contra de las niñas y mujeres pues para lograr el bienestar humano es necesario dejar de callar por miedo.

Al incluir el feminismo en mi vida -abiertamente y sabiendo las consecuencias que implica denominarse o pronunciar dicha palabra- despertaron mis cinco sentidos y entonces lo que antes no era grave o no lo era tanto, se maximizó y no pasa desapercibido.

Parezco grabadora, pero ningún proyecto que he realizado o texto periodístico se deslinda de incluir la perspectiva de género o el feminismo porque apuesto a que bajarían los niveles de violencia si desde la niñez se nos educara con una visión distinta.

Comparto mis conocimientos y amor con otras mujeres, desde una plática en el metro donde se quejan del acoso; con familiares que interrumpieron relaciones dañinas; o con niñas en situación de pobreza para hacerles notar que su idea de casarse o ser empleadas domésticas puede cambiar un poquito.

Decía una profesora de Filosofía Feminista que cada vez que me sintiera triste por alguna manifestación de violencia machista en contra del género femenino y no estuviera a mi alcance poder solucionar o apoyar directamente, recordara que para que yo pudiera expresar mi sentimiento, asistir a la escuela, a una fiesta o a trabajar tuvieron que pasar muchas mujeres, muchas asesinadas y criminalizadas, así que el único remedio es recordar las victorias y derrotas heredadas por esas mujeres guerreras y valientes, y continuar.

Es cierto que todavía falta mucho camino por recorrer para lograr que las mujeres nos sintamos seguras en las calles, para que no tengamos el riesgo de ser asesinadas, violadas o desaparecidas, para expresar nuestros deseos y sexualidad sin temor a ser recriminadas, para prohibir la prostitución, trata de personas, pornografía y pederastia, para que haya más mujeres en el poder, para que no tengan que emigrar a otros países, para que todas estudiemos y tengamos tiempo recreativo, para lograr la incorporación a espacios masculinizados y para que las mujeres seamos objeto de orgullo y no de infortunio, vergüenza, maldición, venta u ocultamiento. Lo cierto es que también se ha logrado muchísimo.