MAYO 2016

Perras callejeras

Guadalupe López García habla sobre la situación de los animales domésticos (perras/os y gatos/as) que significa un problema social y humanitario. La columnista menciona los esfuerzos que se han hecho para que se les garantice una vida digna, sin embargo, expresa que la labor de organizaciones y personas que protegen a los animales es insuficiente ante la ausencia de una política de Estado en la materia.

Al verla rodeada y tratando de defenderse, sentí que era yo, como si me fueran a violar. Así me contó una vecina la escena que presenció cuando varios perros querían aparearse con esa perrita café, de edad y tamaño mediano; ladraba y buscaba escapar. Estaba en el estacionamiento del centro comercial donde paseo a Morrison.

Ese episodio lo presencié durante varios días, entre marzo y abril. No fue la única que me tocó ver en esa situación. Sobre la avenida por donde vivo, una perra era perseguida por varios perros. Alcanzó a esconderse bajo un automóvil, pero los canes rodearon el auto e intentaban meterse.

En mi calle, dos más asediaban a una pequeña que andaba suelta. Su dueño la tiene en la calle, amarrada a un árbol. Los asusté sin lograr nada. Unos segundos bastaron para escuchar un aullido: el perro de otro vecino que también lo tiene afuera, ya estaba sobre ella. Les eché agua, sin poder separarlos.

De niña, veía a las y los adultos que así espantaban (o corrían a palos) a los perros que se apareaban o que se quedaban pegados. Para ellos era algo asqueroso. Si los mirábamos, nos decían, nos saldrían perrillas.

Hace unas semanas, mi sobrino Emmanuel rescató otra, café y pequeña. Como la vio muy asustada por los perros que iban tras ella, prefirió llevarla a la casa. Ya la esterilizaron y ahora le buscan un hogar. Días después llevó a otra cachorra a la que habían atropellado. Como él estaba trabajando, me tocó llevarla al flamante hospital veterinario inaugurado hace unos meses en la delegación Iztapalapa.

Fue el mismo caso de Lilu, protegida por mi otra sobrina, Andrea. Además de la esterilización, la operaron de un tumor del tamaño de una toronja. Tardaron varios meses en encontrarle un hogar. Ese es el procedimiento que mi sobrina y sobrino siguen con los gatos que recogen. Hembras o machos, los llevan a esterilizar y les buscan casa.

La cachorra negra, a la que llamé Janis, resultó ser Chispa. Un vendedor de gelatinas era el dueño, quien -a su vez- la había regalado a otra persona. Emmanuel y Andrea no la devolvieron, pues de todos modos él ya no la quería. Afortunadamente, una joven se hizo cargo de ella.

Mi sobrina y sobrino también alimentan a los gatos de un vecino adulto mayor que vive solo en una especie de bodega. Ya le han esterilizado varios, pero es imposible controlar a todos. Salvador, mi hijo, los ayuda en su labor. Hace algunos años, me pidió -como si nada- 500 pesos para dormir a un perrito de la calle que estaba en muy malas condiciones. Mi mamá lo acompañó. Fue un gesto humanitario para ese animal que no supimos si tenía casa, si lo tiraron, si se perdió o si nació en la calle.

Mi hermana Aurora y su familia rescatan perros; se han quedado con varios. Como ya la conocen, la gente les lleva a los animales que se encuentran en la calle. Nadie quiere hacerse responsable.

En la infancia tuvimos perros, gatos, tortugas, pájaros, pericos; Salvador tenía peces y hámsteres. Morrison llegó con nosotros hace cuatro años. Lo compramos; no estaba consciente de que eso no se debe hacer. Nunca pensé en la perra que lo parió, a la que han de haber utilizado una y otra vez hasta que ya no sirviera, para después dejarla morir.

Al día siguiente se enfermó. Vecinas/os, veterinarios de la zona y hasta mi familia sabían que esa tienda vendía animales enfermos. Yo no. Un veterinario nos dio 20% de esperanzas. Mi hijo lloraba por su perro; yo, por mi hijo; su padre, por el coraje. No lo regresamos porque sabíamos que lo dejarían morir.

Fueron dos meses agotadores. Salvador lo llevaba al médico todos los días, lo limpiaba y le daba de comer con una jeringa. Finalmente, el pequeño labrador se salvó. Hace un mes lo operaron de la cadera. Tuvimos que llevarlo con un médico privado porque en el hospital de Iztapalapa aún no contaban con el equipo necesario. A César, mi esposo, le habían dicho que mucha gente así los deja -cojos- hasta que se les "hace callo".

Ahora que llevé y recogí a Janis-Chispa, el hospital estaba lleno. Una perrita se había dislocado el cuello; no le daban muchas esperanzas. A otro lo operaron por tragar huesos, uno más tenía un tumor, uno se cayó de la azotea, dos tenían una fuerte infección en la piel, a dos las atropellaron, a una de 9 años de edad (56 años humanos) le falla el hígado y a otra de 13 años (91 en humanos) está muy dañada de sus vértebras.

La situación de los animales domésticos es difícil con dueñas/os irresponsables. Y si lo son, pero no tienen recursos para darles calidad de vida, los dejan así o esperan a que se mueran. En el hospital, una joven estaba angustiada porque no le alcanzó para un estudio de 700 pesos. Otra venía del Ajusco porque por esa zona, los médicos que consultaron le cobraban una operación de siete a 10 mil pesos. En Iztapalapa les salió en tres mil, más los gastos de materiales.

Los animales de la calle y los que se venden están peor. Por el caso de la perrita en celo del estacionamiento, llamé a varias instituciones para saber si tenían un programa que contemplara esa situación. Por supuesto que no. Los perros se fueron y ella se quedó con otro que ya vivía ahí.

Como se muestra, la variable de género está presente en este problema social y humanitario, si se agrega -además- que las tareas de limpieza y cuidado de las mascotas recaen en las mujeres, tanto para las amas de casa como para las trabajadoras del hogar. La activista Leonora Esquivel, fundadora de AnimaNaturalis Internacional, [1] indica que

"Desde la perspectiva de las éticas del cuidado, pareciera que las mujeres han llevado la batuta en lo tocante a proteger, cuidar, conservar, aliviar el dolor y el sufrimiento ajenos. Y no sé si esto responda a condicionamientos sociales o verdaderamente tenemos una tendencia a estar más cerca de los débiles, de los desprotegidos, de la naturaleza en general". [2]

Es por ello que para Esquivel, quien encabeza diferentes campañas e iniciativas legales para erradicar el maltrato animal, "el tema de los derechos de los animales es la revolución moral más apremiante del presente siglo". [3]

En www.change.org circula la petición de que se tutele y proteja en la nueva Constitución para la Ciudad de México "derechos mínimos que les garantice a los animales una vida digna y plena como seres vivos y sintientes". [4] Las redes sociales se han convertido en un instrumento para promover una cultura del respeto hacia ellos; del mismo modo, muestran el lado más violento de las personas que los torturan y matan por gusto.

Los esfuerzos individuales y colectivos, de defensoras/es, organizaciones y albergues son insuficientes porque no hay una política de Estado que respalde su labor. Si las instituciones públicas son deficientes, tanto en recursos como en la atención y cuidado de los animales; mucho menos les interesa incorporar la perspectiva de género.

Notas:

[1] http://www.animanaturalis.org/home/mx

[2] Proyecto: "En el D.F.: En Asamblea las mujeres construimos ciudadanía, ejerciendo nuestros derechos". Foro Ciudadano en Acción Creando Espacios, A.C.

[3] http://blog.leonoraesquivel.com/

[4] https://www.change.org/p/tutela-y-protecci%C3%B3n-para-animales-en-la-constituci%C3%B3n-cdmx?source_location=petitions_share_skip