Doctora en Ciencias Sociales y Humanidades (Universidad Autónoma de Aguascalientes), coordinadora de Proyectos del DIF Municipal de Aguascalientes.
Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

Georgina Ligeia Rodríguez Gallardo sostiene que las personas menores de edad viven la violencia cotidiana, legítima e invisible porque se encuentra en todos los ámbitos y ejercida desde padres y madres de familia, hasta vecinos y amistades. Informa que es complicado dar un panorama del estado de la violencia y abuso sexual, ya que no se denuncian ni se registra en estadísticas; la autora llama a garantizar la calidad de vida de menores porque ésta tendrá consecuencias en su desarrollo.
La violencia hacia la infancia es un fenómeno estructural, cultural y multidimensional que se mantiene oculto y por ello es permitido, debido principalmente a que los infantes son considerados personas que están sujetas a la tutela de otros. No son independientes y por supuesto no son autónomos, al menos hasta alcanzar la edad para ello. Esta dependencia permite que el adulto corrija, eduque y en el peor de los casos abuse y maltrate al menor. La concepción de la educación y la formación del infante se aplica sin cuestionar mucho el cómo se realice en un marco institucional: la familia y la escuela, en que al establecerse una relación de autoridad el menor se encuentra expuesto y es sujeto de violencia.
La infancia se encuentra subordinada a la autoridad en el interior de la familia. Los menores al desarrollarse -las más de las veces en el seno familiar- se encuentran en el ámbito de lo privado por lo que es complicado analizarlo y conocerlo, además bajo el supuesto de que es la familia la responsable de la educación y tutela de los menores, el maltrato queda bajo el manto del ejercicio legítimo de la autoridad. La violencia se disfraza del proceso educativo, correctivo y que por la debilidad y sumisión del menor termina en el abuso realizado por los padres, madres, otros familiares, amistades cercanas, profesores/as y vecinos/as. En otras palabras es una violencia cotidiana, legítima e invisible.
Menos visible, pero aún más difundido, es el legado del sufrimiento individual y cotidiano: el dolor de los niños maltratados por las personas que deberían protegerlos, de las mujeres heridas o humilladas por parejas violentas, de los ancianos maltratados por sus cuidadores, de los jóvenes intimidados por otros jóvenes y de personas de todas las edades que actúan violentamente contra sí mismas (Informe Mundial de la Violencia y la Salud, OMS, 2002:7).
El velar por la niñez en diferentes ámbitos y esferas del desarrollo de la persona implica un amplio análisis, para lo cual se debe de partir del cumplimiento y apego que se da a los derechos de la niñez, propiamente la Convención sobre los Derechos del Niño, UNICEF. Si bien resulta complicado integrar un panorama del estado de la violencia y abuso sexual que viven los menores - menores de 18 años de edad -ya que no se denuncian, registran o se disponen de estadísticas confiables y periódicas de esta situación.
Bajo estas condiciones los datos son aún menos conocidos si el maltrato infantil se desarrolla en el ámbito de la familia, en cuyo caso se niega y se oculta. El menor no lo reconoce, no dispone de elementos para distinguir el abuso o el maltrato y lo acepta o bien simplemente lo vive. Cuando el maltrato sale de la esfera de lo familiar y que resulta por demás evidente esto es, en el momento en que se presenta una denuncia y que repercute en indicadores de salud por las lesiones del menor, o descuido del mismo, o bien en la temprana inclusión de los infantes en el ámbito laboral.
Los menores además sufren de otras formas de violencia institucional, en la escuela por bullying por los compañeros o bien sobre autoridad ejercida por los profesores. Así como los adolescentes se ven expuestos a otras formas de violencia simplemente por transitar por las calles, como son asaltos y pleitos entre los más frecuentes. En las situaciones más lamentables sufren de abuso sexual, explotación sexual y laboral.
Su factor de vulnerabilidad es adjudicado por la edad, lo que condiciona la violencia que viva el menor en primer instancia por su primer círculo: familia, vecinos, amistades; a este factor se suman el sexo, raza, religión, posición socioeconómica y cultural. La violencia se agrava, principalmente al salir del núcleo familiar. La violencia y maltrato a los menores es visto como algo natural, y hasta como una forma de educar. "Muchas personas que conviven con la violencia casi a diario la asumen como consustancial a la condición humana, pero no es así. Es posible prevenirla, así como reorientar por completo las culturas en las que impera" (Informe Mundial de la Violencia y la Salud, OMS, 2002:7).
La realidad natural y cultural no es sencilla de comprender y clasificar, esto no se da en el marco de la igualdad ni equidad, sino en el uso del poder. La repartición de los espacios de poder y dominio parte de diferencias biológicas como son el sexo, la raza o las discapacidades y por supuesto la edad. Es la segregación de los menos favorecidos que van aparejados de un aprendizaje de sumisión con manifestaciones culturales circunscritas a una sociedad y momento determinado que derivan en relaciones de inequidad y desigualdad con diferentes matices o expresiones culturales. M. Lamas señala: "Que la diferencia biológica, cualquiera que esta sea (anatómica, bioquímica, etcétera), se interprete culturalmente como una diferencia sustantiva que marcará el destino de las personas con una moral diferenciada es el problema político que subyace a toda la discusión académica sobre las diferencias entre los hombres y las mujeres" (Lamas, 2006:25).
La edad, el grupo de edad considerado en el poder, es producto de un mundo social históricamente construido. El reconocimiento de cuerpos biológicamente distintos, a los que se les ha asignado valorizaciones; es también producto de una interpretación de lo natural. Es la clasificación fundamentada en un orden social que define a una sociedad excluyente y desvalorizada.
Este ejercicio, priva a los menores de sus derechos, de la oportunidad de elección y finalmente de igualdad. Si bien, el avance democratizador de la conceptualización de mayoría de edad ha presentado avances importantes, principalmente de apertura de espacios para los diversos grupos de edad, va aparejada de una segregación que se manifiesta de diferentes maneras, se matiza volviéndola invisible, es la violencia somatizada y reproducida que derivan en la repartición de los espacios público y privado según la edad de la persona.
No sólo son las diferencias físicas de los cuerpos en proceso de maduración que son valorizadas de manera distinta y que al atribuirles una jerarquización se les asigna un lugar dentro de la estructura social. La visión androcéntrica de las culturas se sostiene en estas diferencias físicas y visibles desde las cuales se lee, se interpreta la totalidad del mundo natural, social y que son definidas históricamente. Lo que significa que es algo que está en continuo cambio de acuerdo al momento temporal y espacial y por tanto es asimilado, visto como algo natural y normal. Esta definición y conceptualización de lo que define a un menor de edad debe de ser incorporada en un amplio espectro de consideraciones. En el que el rol asignado a la edad es entendido como comportamientos esperados, no fortuitos, ni biológicamente asignados.
Por lo que los roles adjudicados a una edad, deben de ser deducidos a partir de una estructura cultural que les da forma, los define y sectoriza a una comunidad. Esta clasificación es realizada a partir de diferencias biológicas, naturales, consideradas legítimas por un consenso social a partir del cual quedan objetivadas y asimiladas en lo subjetivo como formas de percepción, de pensamiento y de acción. Se asignan campos de actuación; los y las jóvenes son un grupo, los menores son otros grupo, los adultos mayores son otro grupo con roles, actitudes y comportamientos esperados y adjudicados a su edad. Los menores son tratados como un grupo homogéneo, y dependiente.
Los dominados aplican a todo, en particular a las relaciones de poder en las que se hallan inmersos, a las personas a través de las cuales esas relaciones se llevan a efecto y por tanto también a ellos mismos, esquemas de pensamiento impensados que, al ser fruto de la incorporación de esas relaciones de poder bajo la forma mutada de un conjunto de pares de opuestos (alto/bajo, grande/pequeño, etc.) que funcionan como categorías de percepción, construyen esas relaciones de poder desde el mismo punto de vista de los que afirman su dominio, haciéndolas aparecer como naturales (Bourdieu, 2000; 9).
La percepción de lo que es un menor de edad queda institucionalizada y convertida en un hecho social, esto es inscrito en la objetividad de las estructuras sociales y en la subjetividad de las estructuras mentales. A partir de lo cual se da a los diferentes grupos de edad la asignación de roles, fundamentado en diferencias biológicas, en la maduración del cuerpo, en que los comportamientos son vistos como naturales y de esta forma son aceptados y reproducidos. Esta construcción de lo que es funcional a partir de la edad surge de una interpretación binaria.
Bajo esta premisa, el mundo social es entendido como una construcción jerarquizada y dividida en espacios naturalmente asignados a partir de una visión androcéntrica que no se fundamenta en una división natural y biológica, sino de su interpretación social y cultural, impresa en las estructuras objetivas y subjetivas, dando sustento a la dominación, y sometimiento del menor bajo el velo de la educación y formación.
Y si bien, se han logrado a través de las generaciones cambios substanciales en el proceso educativo y formativo de los menores, éstos continúan supeditados a los adultos; sus roles, estereotipos y espacios en esencia se despliegan con propósitos esenciales de completar el desarrollo e incorporación óptimo de los infantes a la sociedad como miembros productivos de la misma.
Dichos esquemas, construidos por unas condiciones semejantes, y por tanto objetivamente acordados, funcionan como matrices de las percepciones -de los pensamientos y de las acciones de todos los miembros de la sociedad-, trascendentales históricas que, al ser universalmente compartidas, se imponen a cualquier agente como trascendentes (Bourdieu, 2000:49).
No se debe olvidar que el orden social vigente se construyó a partir de una visión masculina del mundo, una visión de un grupo de edad de hombres económicamente productivos, lo que se apega a la eficiencia económica que un sistema económico funcional requiere. A partir de esta visión, pre asignada de superioridad de los hombres sobre las mujeres, los menores de edad y las personas adultas mayores, se redunda en una relación de dominantes y de dominados. Es la manifestación de la división del trabajo, que permite un orden social, ni positivo, ni negativo, es el orden social.
El programa social de percepción incorporado se aplica a todas las cosas del mundo, y en primer lugar al cuerpo en sí, en su realidad biológica: es el que construye la diferencia entre los sexos biológicos de acuerdo con los principios de una visión mítica del mundo arraigada en la relación arbitraria de dominación de los hombres sobre las mujeres, inscrita a su vez, junto con la división del trabajo, en la realidad del orden social (Bourdieu, 2000:23-24).
La circunscripción de los menores de edad al ámbito privado derivó en un desarrollo desigual y consecuentemente a la negación de otros espacios de desarrollo, y aptos solo para los hombres/ mujeres de cierta edad. Ello deriva en la inequidad y desigualdad en un marco de subordinación. O bien, en palabras de Bourdieu, que si bien son aplicadas al género, se pueden retomar para los menores de edad: "Esta experiencia abarca el mundo social y sus divisiones arbitrarias, comenzando por la división socialmente construida entre los sexos, como naturales, evidentemente, y contiene por ello una total afirmación de legitimidad" (Bourdieu, 2000:21).
El menor se encuentra en el espacio privado, sujeto a la subordinación tanto del hombre como de la mujer adulta. Ya que si bien está circunscrito al ámbito de lo privado es un espacio que no le pertenece, es el espacio de la mujer, del ejercicio de la crianza. El espacio público es el ámbito de actividad del hombre, del desarrollo de la actividad laboral y productiva. El menor se sujeta a esta doble autoridad, por lo que el maltrato infantil ocurre en diferentes esferas del desarrollo del menor (educativo, familiar, social, religioso y en el peor de los casos laboral) bajo este panorama es necesario procurar su protección, salvaguarda y ante todo garantizar la calidad de vida del menor, ya que ello repercute en el posterior desarrollo de la persona. Retomemos las palabras de Kofi A. Annan: ¿Hay acoso algún otro deber que se compare con la obligación sagrada de velar por los derechos del niño con el mismo celo con que defendemos los derechos de quienes ya no lo son? ¿Hay muestra de iniciativa mayor que abocarse a la tarea de asegurar que los niños del mundo, sin excepción alguna, disfruten de estas libertades? (Kofi A, Annan, secretario general de las Naciones Unidas. UNICEF, 2002).
Bibliografía:
Bourdieu, Pierre, La Dominación Masculina, Editorial Anagrama, Barcelona, 2000.
Lamas Marta, Feminismo. Transmisiones y retrasmisiones, Ed. Taurus, México, 2006.
Organización Panamericana de la Salud para la Organización Mundial de la Salud OMS, Informe Mundial sobre la Violencia y la Salud, Resumen. 2002
UNICEF, Estado Mundial de la Infancia, 2002. Capacidad de Liderazgo, UNICEF, 2002.


