MARZO 2016

Una valkiria del piano

Foto: Elsa Lever/MujeresNet

Oskar Gottlieb habla sobre Martha Argerich, la pianista que 'tocaba una música llena de riesgo', a partir de una experiencia personal en que quedó cautivo por su forma de interpretar; enriquece su crítica con algunos fragmentos de un documental sobre esta artista argentina que incluso antes de tocar el piano interpretaba ya con todo su cuerpo la melodía.

Cuando hace algunos años, una amiga me puso un video del "Burlesque" de Richard Strauss para piano y orquesta, mi respiración se quedó en suspenso al contemplar a la prodigiosa pianista que aparecía frente a mis ojos.

Recuerdo que la primera sensación que vino a mí, fue que las escalas, las progresiones de sextas y las octavas que salían de esas poderosas manos eran tan fluidas como el agua y tenían una deliciosa textura sedosa. La mirada perdida en ciertos pasajes dejaba ver lo que ya era obvio a través del sentido del oído: ella estaba haciendo música. La música pasaba a través de ella.

Claudio Abbado dirigía la Filarmónica de Berlín, pero mi atención no podía estar más que en la mujer sentada al piano; una majestuosa mujer que saboreaba cada frase musical y la comunicaba de manera contundente.

Martha Argerich nació en Buenos Aires el 5 de junio de 1945 y dio su primer concierto formal a los ocho años, tocando el "Concierto para piano y orquesta no.20 en re menor" de Mozart. El presidente Perón le concedió en 1954 viajar con su familia a Viena para poder estudiar con Friedrich Gulda.

Leyendo una entrevista que la Deutsche Welle hizo a Stéphanie Argerich (directora de cine y una de las hijas de la pianista), se comenta acerca de una escena del documental Bloody Daughter que relata aspectos de su vida familiar. En esta escena, Stéphanie camina en el Jardín botánico de Buenos Aires con su madre y ella le relata que, de niña, su padre le enseñó el gusto por el riesgo, pues al caminar junto a un río soltaba su mano por momentos. ¡Justamente así sonaba esa música que escuché en aquel video años atrás! Martha Argerich tocaba una música llena de riesgo. Se dejaba caer al abismo y volvía a remontar el vuelo justo a tiempo. Ella hace arte en el sentido en que Nikolaus Harnoncourt define la belleza: "lo que está en la frontera con el caos".

En cierto momento de este documental, ella espera sentada al piano mientras la orquesta da la poderosa introducción del rondó vivace del "Concierto para piano y orquesta en mi menor op.11" de Frederick François Chopin y su mirada dispuesta lo dice todo. No espera: está con todo su ser en la música. Aún antes de tocar ya está interpretando. Ligerísimos movimientos de cabeza van marcando el ritmo de la melodía octavada por cellos y contrabajos y luego, en el momento justo sus manos se colocan con toda la naturalidad un segundo antes de empezar a tocar el brillante tema. Sus dedos no podrían dar una sensación más completa de precisión y de fuerza. Lo rotundo es Argerich; lo gozoso también. Basta tan sólo ver su hermoso rostro de más de sesenta años tan lleno de vitalidad, de cierta picardía, de seguridad y de sensualidad, que fue precisamente lo que me atrapó de su semblante cuando vi el video que me puso aquella amiga hace años.

Su esencia sigue viva. El arte le ha permitido seguir viva. Cuando mira al director de orquesta comunicándole algo con los ojos y de repente arremete en el siguiente pasaje, parece hablar con todo su ser sin necesidad de palabras. Elocuencia musical es la frase que define a esta divina pianista.

Agradezco a mi amiga de aquel entonces (a quien también considero una maestra de música) haberme puesto a contemplar este prodigio, quien, por cierto, se parecía mucho a ella y quien, por cierto, la amaba platónicamente. Yo también (a ambas).

Si Brünhilde, la hija predilecta del dios Wotan en "El anillo del Nibelungo" (la tetralogía wagneriana) hubiera sido una humana de estos tiempos y hubiera tocado el piano, seguramente habría sido conocida con este nombre:  Martha Argerich.