Licenciada en Ciencias de la Comunicación (FCPyS), poeta y colaboradora en varias revistas independientes.
Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

Aura Sabina define, desde la experiencia personal, lo que significa el poliamor que para ella es de naturaleza humana querer a dos o más personas, de distintas maneras e intensidades, pero de manera simultánea; aunque reconoce que el problema no es el poliamor sino el malestar que surge entre lo que dicta la sociedad y la realidad.
Intentar definir el poliamor me hace pensar que, a partir de la definición del amor, en realidad, no habría que agregarle el sufijo poli, para saber que abarca el sentimiento hacia más de una persona. Entiendo que tiene que ver con la heteronormatividad. La mayoría cree que el amor "romántico" solo se da entre dos personas, por eso creo que es necesario abundar en este tema.
No soy poseedora de ninguna verdad ni pretendo serlo algún día. El poliamor, para mí, es la posibilidad de enamorarme y, a la vez, establecer relaciones erótico-amorosas con más de una persona. Lo voy sumando porque a veces una se enamora de otra persona, pero no se atreve a transgredir el consenso de monogamia que se tiene con alguien más. No obstante, si los sentimientos y sensaciones están presentes, aunque desde el cuerpo no se exprese, existe.
Supe que el poliamor era mi camino cuando yo vivía una relación tormentosa, pero gracias a esa relación pude revisar todo mi esquema de creencias. Antes: fui criada como muchas mujeres: bajo los preceptos de la monogamia y la heterosexualidad. Descubrí que me gustaban las chicas a los once años. Me propuse ser "una chica normal". Mi primera relación de noviazgo fue cuando yo tenía 16. Fue muy linda porque ambas estábamos muy enamoradas. Dialogábamos mucho, nos divertíamos horrores. Deseábamos pasar la vida juntas, vivir en la misma casa, tener perros... Siempre le fui "fiel" (bajo los términos sociales, porque creo que la fidelidad solo es posible en la reproducción de audios, videos o copias de manuscritos), porque no me nacía el deseo con nadie más.
Los primeros tres años de una relación, la oxitocina es fundamental. En ese tiempo creía que era lo natural del amor, que cuando amas a alguien no le "dañas" con el cuerno, no le mientes, no le "fallas", etcétera. Por otro lado, quería "demostrar" que ser lesbiana no me hacía "promiscua", así que debía mantener mi estatus ejemplar de monogamia.
Pero algún día todo eso "bonito", todos los esquemas, se me hicieron pequeños. Como toda epifanía, un día cualquiera, reconocí que me enamoraba de otras mujeres: creativas, cultas, divertidas, locas, desestabilizadoras, brujas, similares o distintas a mi novia. Si bien, con ninguna establecí otro tipo de vínculo que el amistoso, me sentía mal, pues creía que no era adecuado. Para mí, es más intenso ocupar el pensamiento en alguien que el cuerpo con alguien. Lo que pasa en el cuerpo es efímero; lo que pasa en el mundo interno es aún más fuerte. Si pasa a ambos niveles, todo es armónico, pero entre mi cuerpo y mi sentir no había mucha congruencia.
Ahora que lo recuerdo, me da mucha risa; ternura, quizá. Reflexiono hasta qué punto estuve condicionada por esas ideas. Sé que muchas personas aún piensan así. No soy nadie para juzgar sus creencias, porque yo también estuve parada ahí. Tampoco sé si algún día tenga ganas de volver a ese punto, así que... lo dejaré fluir.
Fue durante una relación, más o menos estable, donde pude reflexionar un poco más. Por principio, no era equitativa: ella deseaba mantener otras relaciones (y las tuvo, a escondidas, claro), pero bajo ningún precepto quería que yo las tuviera. Hubo muchos celos, muchos dramas, escenas a las dos de la mañana en las fiestas. Fue violento, además, porque siempre se victimizaba. Reconozco que, por desgracia, me amoldé un poco a ese tipo de relación.
No me molestaba que ella coqueteara, en sí, sino que la cosa no fuera pareja, o que me mintiera. Pasaba lo que siempre pasa con las personas posesivas: no quieren que nadie se te acerque, que a nadie mires, que a nadie le llames, porque muy seguramente ellas están mirando, acercándose o llamando a alguien más. Reflejo de lo que se es y, a la vez, de la propia inseguridad y autoafirmación a través de la mentira.
Reconozco haber sufrido por los cuernos que me puso. Pero, insisto, el problema no es que lo hiciera, sino que tuviese que esconderse, y luego, mostrar una conducta intachable. Las cosas en casa se pusieron graves, pero, extrañamente, no terminábamos. Había de dos: o perdonaba o me alejaba, pero ni pasaba una ni otra.
Un día conocí a otra mujer. Me enamoré, no en términos románticos, sino en términos intelectuales. Gracias a que me incitó al autoconocimiento, a mi verdadera vocación en la vida, pude desplegar mis alas, pude salir de esa maraña llamada "relación de (dis)pareja" donde permití tanto daño moral. Pude entender que se pude querer a dos personas, de distintas maneras e intensidades, pero de manera simultánea. Mi entonces novia, al percatarse de mi "deslealtad", se convirtió en mi celadora. Un día me dijo: o ella o yo. Y, obviamente, opté por la mujer que estaba acompañándome en el tránsito a la vida. Tampoco fue tan fácil la separación. Por más que quise abrir la relación, ya no había modo. Incluso cuando ella aceptó, yo simplemente no quería estar ahí.
A partir de ese momento todo comenzó a caminar de maneras insospechadas, pues empecé el largo y sinuoso camino del autoconocimiento. El tema de las relaciones humanas siempre ha tenido un papel importante en mis charlas de café o té. Vislumbré un fenómeno común entre el 90% de las parejas estables que tenían más de un año de relación: en todas, al menos una (o) de las (os) dos había buscado una relación (desde un simple encuentro sexual casual hasta un vínculo estable) simultánea. Pero de ningún modo esto significaba que las parejas hubiesen dejado de amarse. En algunas ocasiones, eso fortaleció el vínculo. En otras, se precipitó el final. Pero de cualquier modo, esa experiencia nos va mostrando lo que, considero, es la naturaleza humana. Pude entender que el problema no es el acto en sí, sino la bola de ideas con las que nos llenan. No sufrimos por la presencia de otra (o), en realidad; el malestar viene porque la realidad y lo que dicen se contraponen, y dicen que eso no es amor, que eso está mal, es pecado, delito, etcétera.
Para mí es importante saber de las otras personas. Finalmente, se trata de compartir experiencias. Mi estado ideal sería vivir sin mentiras, por muy piadosas que sean, sin tener que negar lo que se vive o siente, sin que la otra persona se sienta agredida. Y, obviamente, no enojarse ni ponerse flamenca porque la novia, amante, amiga cariñosa está saliendo con alguien más. De lo contrario, estamos cayendo en el lugar común: la deslealtad. Si no se sabe, si no se habla, no es poliamor. Es mentira, sin más.
He conocido personas poliamorosas que en el discurso son muy abiertas, pero apenas miras a su pareja y corren a besarla, a marcar lo que inconscientemente creen que es de su propiedad. He tenido vínculos afectivos o corporales con personas que, a su vez, sostienen relaciones afectivas o corporales con otras. ¿Cuántas veces me he ilusionado? No lo sé, no podría definirlo.
No me niego a ser monógama, pero no precisamente puedo dejar de ser poliamorosa. ¿Cuál es la diferencia? El sentimiento. He descubierto que a veces puedo tener emociones o sensaciones eróticas con algunas amigas. Esto no me lleva, en modo alguno, a acercarme, porque a veces creo que se complicarían las cosas. Temo mucho echar a perder un vínculo solo porque a mí se me ocurrió llevar la relación a otros niveles. Pero lo vivo en mi interior.
Puedo respetar un acuerdo de exclusividad corporal pero, ¿quién puede detener el alma? A veces, son afectos y emociones de unas semanas o días. A veces durarán incluso años. A veces serán dos o tres al mismo tiempo. A veces, no habrá nadie habitándome, no de esa manera, pues. Por otro lado, la amistad para mí es maravillosa. Comparto tiempo con mis amigas y amigos. Es con quienes puedo ser quien realmente soy, sin poses, sin necesidades imperiosas de vernos por costumbre, sin celos, sin querer poseerles. Es una de las expresiones más bellas del amor.
¿Qué es para mí el amor? El deseo de bienestar. Cuando una ama, empezando por una misma, se procura. Se busca el equilibrio en la vida, entre la mente, el cuerpo y el alma. Se busca el placer y se acepta el dolor. Se acepta la sombra, se transforma lo que no da mucha oportunidad al crecimiento. Se sostiene un diálogo constante.
Eso pasa con las y los demás: le aceptas, le procuras, en la medida de lo posible, bienestar. Se trata de caminar a la par, de confiarse, de ser vulnerables sin miedo a salir heridas (os). Habrá días en que se molesten por alguna tontería, pero si se interesan, se buscarán, se querrán, y serán felices de la felicidad ajena. Si además de esto, hubiese deseo, ahí está la complitud. No se necesita "culminar" con un acto erótico. No siempre se necesita sentir el deseo para que sea completo el amor.
Con base en estas experiencias, he "clasificado" las posibilidades de vinculación.
Ser poliamorosa polígama: una persona que establece diversos vínculos con varias personas, con la posibilidad de involucramiento sexo-romántico. Ser poliamorosa monógama: tener una sola pareja, aunque el corazón se dé sus escapadas.
Hay quien solo sea polígama monoamorosa o quien solo sea monógama monoamorosa. Y también habrá quien cambie de estatus o modos de vinculación. Aquí lo importante es ser feliz y esperar a que las otras personas lo sean.


