Maestro en Comunicación y Antropología (UNAM). Docente e investigador de temas de semiótica, género y masculinidad, e identidades y cambios culturales.
Adiel Martínez Hernández analiza las violaciones correctivas y sostiene que en dicho acto convergen la homofobia, la misoginia y el machismo, donde el falo y la penetración son mecanismos de sometimiento y odio. El columnista sostiene que las ideas sobre las prácticas sexuales, las relaciones afectivas y la diversidad sexual deben transformarse para erradicar esta práctica, además del ejercicio de la denuncia.
Las violaciones correctivas son agresiones sexuales cometidas en contra de mujeres y hombres homosexuales a partir del argumento de que dicha orientación sexual es una enfermedad que debe ser curada de forma violenta mediante la imposición del heterosexismo. Pero en esta intención de corregir lo que se considera un "error de la naturaleza", además de un acto homofóbico, están implicadas cuestiones ideológicas del machismo y la misoginia.
Diversas organizaciones de defensa de los derechos humanos y colectivos de defensa de la diversidad sexual denuncian la manifestación de esta aberrante práctica en casi todo el mundo. En países latinoamericanos como Perú y Ecuador se han reportado casos de centros de deshomosexualización donde estas violaciones forman parte de su tratamiento terapéutico para corregir a gays y lesbianas. En regiones de África, Asia y Medio Oriente destaca la cuantiosa ocurrencia de ataques sexuales contra homosexuales, sobre todo mujeres, que lamentablemente terminan en ejecuciones. Más lamentable aún es que muchos de estos crímenes de odio no son denunciados. Las sobrevivientes que han denunciado estos ataques no han obtenido una sentencia condenatoria para los agresores.
La justificación para la realización de este acto ruin está en los significados culturales del machismo que permean el pensamiento de los miembros de las distintas comunidades donde se lleva a cabo esta práctica. Esencialmente, esta idea falocentrista que pondera al sujeto masculino como dominante en las relaciones sexuales. Aquí, el pene se vuelve el instrumento que tiene el poder de estructurar la sexualidad de la mujer. "Probar lo que es un hombre" es la frase que han escuchado las mujeres como argumento para el ataque sexual.
Para los casos en que un hombre homosexual es obligado a practicar el coito con una mujer está presente la idea de que éste descubrirá el poder que tiene su falo de dar y obtener placer, con ello reorientará su sexualidad hacia el heterosexismo. La penetración como acto dominante que distingue a la masculinidad hegemónica. Este acto resulta traumático para el homosexual pues en nada ayuda a la construcción de su identidad sexual y su relacionamiento con el género femenino.
La misoginia se hace evidente en el hecho de que las violaciones correctivas se aplican principalmente sobre las mujeres homosexuales con desenlaces trágicos. Los violadores someten a las lesbianas a torturas y castigos que terminan en la muerte. Los ataques sexuales tienen como trasfondo ese odio a la mujer y a su genitalidad. Al goce que pueden obtener sin la necesidad de un hombre y su falo. Ese desplazamiento de la figura masculina es una afrenta contra su hegemonía. Por ello responden con esa violencia desmedida.
Las violaciones correctivas son evidencia de la irracionalidad de las ideologías de género. Del estancamiento del pensamiento de muchas comunidades respecto a la diversidad sexual. Del afán de seguir reproduciendo el binomio hombre-mujer en las prácticas sexuales y las relaciones afectivas. Para su erradicación es necesaria la transformación de esas creencias mal argumentadas por la ideología machista y misógina. La continua denuncia de estas violaciones permitirá tomar conciencia de que el machismo y la misoginia están siendo perjudiciales en las relaciones entre mujeres y hombres.



