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Sobre la pornificación de la cultura o del supuesto empoderamiento sexual
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Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

Por Amelia Arreguín Prado
Licenciada en Ciencias de la Comunicación por la FCPyS-UNAM. Diplomada en feminismo "Los desafíos del Feminismo en América Latina" 2011, CEIICH-UNAM. Asistente de investigación para el Programa de Investigación Feminista del CEIICH-UNAM, y profesora adjunta de las asignaturas "Metodologías de la Investigación" e "Introducción a las Teorías de la Comunicación" en la FCPyS-UNAM; organizadora y participante de diversos eventos académicos.
Amelia Arreguín Prado explica que el tema va más allá de la hipersexualización, ya que ha permeado en los discursos mediáticos populares al cosificar a las mujeres y de esta forma el patriarcado continúa normando su sexualidad.
"Nos han quitado los cinturones de castidad para cambiarlos por corsés"
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Las mujeres, principalmente las mujeres jóvenes vivimos bajo múltiples mandatos patriarcales. Uno de ellos, en relación directa al ejercicio de la sexualidad, es estar siempre disponibles y deseantes de contacto sexual. Estar dispuestas a prácticas de riesgo que atentan contra la integridad física y emocional. Prácticas como el no uso de condón, posiciones o secuencias sexuales (anal-vaginal, anal-boca o eyaculaciones en la cara) que pueden generar infecciones. Prácticas sexuales duras que aparentemente no tienen consecuencias negativas. ¿Y de dónde es que se aprenden estas prácticas? ¿Por qué entienden de lo que hablo? ¿Por qué hay ciertas imágenes que vienen a sus mentes? Por la pornificación de la cultura.
El concepto de pornificación fue acuñado por Pamela Paul (en 2005 en su libro Pornified: How Pornography Is Damaging Our Lives, Our Relationships, and Our Families), quien dice, al respecto, que es más fácil conseguir pornografía que ignorarla. La autora cuestiona que se hayan dedicado tantos esfuerzos para proteger los derechos de quienes quieren vivir en una cultura pornificada y se hayan ignorado -y se ignoren- los intereses de quienes no quieren hacerlo.
La pornificación de la cultura va más allá de la hipersexualización. No se trata de que los discursos mediáticos giren en torno a lo sexual sino que giran en torno de cierta iconografía: la pornográfica. Los discursos mediáticos populares toman prestado, se refieren o copian los estilos de la pornografía. Distintos términos de esta industria son ya parte del lenguaje cotidiano: hardcore, softcore, kink, vainilla. Incluso, a partir de esta apropiación discursiva se han inventado nuevos géneros mediáticos como la sexploitation movie (película donde se utilizan escenas sexuales con la intencionalidad de atraer audiencia) y la comedia sexual.
La pornificación también está presente en la publicidad. Por ejemplo, de la industria de la moda. Es común observar anuncios de perfumes que presentan toda una escena de violación tumultuaria, propia de un estilo pornográfico: el gang bang, o modelos, con el pubis depilado por completo, presentan a la altura de la vulva un frasco de perfume o cualquier otro producto. Igualmente, es indiscutible su presencia en los videos musicales: Anaconda de Nicki Minaj es un claro ejemplo.
Además, esta pornificación es heteronormativa: la mayoría de los textos pornográficos que permean la cultura mediática popular muestran relaciones heterosexuales y un tono misógino. Los principios pornográficos salen de este género e inundan los productos culturales corrientes: la cosificación de las mujeres, su silenciamiento, la sumisión de éstas, y por otro lado, la brutalidad como característica inherente a los hombres, su rol activo y dominante.
La sociedad patriarcal es esquizoide: afirma que el empoderamiento de las mujeres pasa por una vida sexual activa y sin descanso, al mismo tiempo, que constriñe esa vida sexual a los roles ya mencionados.
El patriarcado continúa normando la sexualidad de las mujeres. ¿Dónde está la resignificación? ¿Dónde la apropiación de los discursos? Al igual que con la supuesta revolución sexual de los 60, debemos estar alertas y en constante cuestionamiento acerca del aparente empoderamiento originado por una vida sexual vorágine.



