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Alaíde y Rigoberta: en pañales de seda y en la pobreza
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Foto: Brenda Ayala/MujeresNet

Por María Esther Espinosa Calderón
Periodista, ha colaborado en diversos medios, entre ellos el Uno más Uno, Mira, El Universal, Etcétera, 'Triple Jornada' del periódico La Jornada, y en la revista Fem.
Ma. Esther Espinosa Calderón habla sobre el trabajo de dos guatemaltecas que, ademés de la nacionalidad, se vinculan por la sed de justicia para su pueblo y su género: Alaíde Foppa y Rigoberta Menchú, ambas ejemplo de 'superación y tenacidad', símbolos de la lucha por la libertad y los derechos humanos.
El 3 de diciembre se cumplieron cien años del nacimiento de Alaíde Foppa (1914-1980), poeta, escritora, defensora de los derechos de la mujer y fundadora de fem, primera publicación feminista en México y América Latina, que durante 29 años se editó mes con mes. "Alaíde logró darle ese primer impulso que determina el buen inicio y la posibilidad de éxito de cualquier empresa humana. Muchas mujeres hemos trabajado para fem...", escribiría Esperanza Brito, en el editorial del aniversario número 25 de la revista.
Después de la desaparición de Alaíde, fem la recordaba con la frase: "Alaíde Foppa siempre entre nosotras". En el número 189 de diciembre de 1998, escribí una semblanza de su vida yobra junto con la de otra guatemalteca admirable: Rigoberta Menchú.
Mi tierra
Tierra mía, madre de mis abuelos,
quisiera acariciar tu belleza
contemplar tu serenidad y
acompañar tu silencio,
quisiera calmar tu dolor
llorar tus lágrimas al ver
tus hijos dispersos por el mundo
regateando posada en tierras
lejanas sin alegría, sin paz,
sin madre, sin nada.
Rigoberta Menchú
Mujer
Un ser que aún no acaba de ser...
No la remota rosa angelical
que los poetas cantaron.
No la maldita bruja
que los inquisidores quemaron.
No la temida y deseada prostituta.
No la madre bendita.
No la marchita y burlada solterona.
No la obligada a ser bella.
No la obligada a ser buena.
No la que vive porque la dejan vivir.
No la que debe siempre decir que sí.
Un ser que trata
de saber quién es
y empieza a existir.
Alaíde Foppa
Qué más se podría decir, comentar o escribir sobre Alaíde Foppa y Rigoberta Menchú, si todo lo han dicho y escrito quienes conocieron a Foppa y conocen a Rigoberta. Sin embargo, son dos mujeres que por sus circunstancias son ejemplo de lucha, superación y tenacidad.
Desgraciadamente no conocí a Foppa, sólo por lo que cuentan y escriben quienes estuvieron cerca de ella. Por lo que realizó durante su estancia en México, fue una gran persona y luchadora social. Con fem abrió un espacio para las mujeres. Fue formadora de profesionales y contribuyó a la cultura del país.
A Rigoberta he tenido la oportunidad de entrevistarla y de admirar su valentía y su inteligencia. Los indígenas, no sólo de Guatemala sino de México, podrían contar con ella como una aliada en los más altos foros internacionales y en la fundación que lleva su nombre y creó con los recursos obtenidos al recibir el Premio Nobel de la Paz en 1992.
No son mexicanas, pero escogieron este país como su segunda patria; una combatió por los derechos de la mujer, la otra por los de los indígenas, no sólo de sus compatriotas sino de las minorías del mundo. Una nació en pañales de seda, creció entre libros, música y pinturas; se educó en las mejores universidades del mundo; hablaba varios idiomas, desde niña convivió con artistas, intelectuales y políticos. La otra creció en el campo entre las cosechas de algodón, café y caña de azúcar; aprendió español a los veinte años. Su escuela fue la vida trágica y tormentosa que experimentó. Las dos guatemaltecas, son símbolos de la lucha por la libertad y los derechos humanos.
Tanto Alaíde Foppa Falla (1914-1980), como Rigoberta Mechú Tum (1959) vivieron en carne propia algunos de los hechos más odiosos de la militarización de Guatemala.
No se conocieron, pero el destino tenía marcado que el mismo año en que mueren Vicente Menchú -padre de Rigoberta- en la embajada de España en Guatemala (31 de enero de 1980) y su madre Juana Tum, que es secuestrada, violada, torturada y asesinada (abril de 1980), a Alaíde la secuestran y torturan también durante tres días hasta quitarle la vida (diciembre de 1980).
Mujeres que rompieron el silencio para reivindicar a un pueblo oprimido. A una le costó la vida, a la otra la hizo errante peregrina. Sus historias son diferentes, pero a la vez semejantes. Alaíde pierde junto con su marido, su patria y a dos de sus hijos. Rigoberta a varios miembros de su familia de la manera más cruel. La primera abre espacios para las mujeres, Rigoberta para las y los indígenas.
Desde su llegada a México, Alfonso y Alaíde participan en la vida intelectual y cultural del país. Ella es profesora de literatura italiana en la UNAM , escribe críticas de arte en publicaciones literarias y culturales, funda la cátedra de sociología de la mujer y en 1972 inicia en Radio Universidad la transmisión del programa "Foro de la Mujer".
Fue crítica de arte y poeta, además de luchadora tenaz y persistente por los derechos de la mujer. Le da cabida en su programa radiofónico a las denuncias y protestas de los grupos marginados. Por su micrófono pasaron desde la feminista Kate Millet hasta las mujeres mayas y quichés de su país, quienes dan cuenta de las violaciones de que son objeto por parte del gobierno de Romero Lucas García.
Al igual que Rigoberta, Alaíde nunca olvidó Guatemala, siempre la tuvo en su mente y de alguna manera demostraba que la llevaba muy dentro de ella. Carmen Lugo dice que Foppa "pertenecía a varios países, en ella coexistían diversas razas y civilizaciones, pero su corazón estuvo siempre en Guatemala, aunque gran parte de su creatividad, talento y cultura se quedarían para siempre en México".
Un día su belleza se marchitó, dejó de reír, su voz y su mirada se tornaron tristes, el ejército guatemalteco había asesinado a su hijo Juan Pablo de tan sólo 28 años. Dicen quienes la conocieron que los años se le vinieron encima.
Días después, su sufrimiento aumenta. Alfonso Solórzano es atropellado y muerto en la avenida Insurgentes. Alaíde no volvería nunca a ser la misma, su alma se había desgarrado. Viajó a Guatemala a dejar las cenizas de su marido Alfonso, y decidió cambiar radicalmente, dedicarse más activamente a la política.
Y después, la historia que todos conocemos: su trágica desaparición. Alaíde viajó a Guatemala a ver a su madre de ochenta años, Julia Foppa. Un día antes de su regreso, el 19 de diciembre de 1980, desapareció, no se volvió a saber nada más de ella, hasta mediados de 1981 cuando su hija Silvia confirmaría su muerte luego de tres días de tortura. Al mes de su desaparición, muere también, en un enfrentamiento con el ejército, su hijo Mario.
Para Elena Poniatowska "Alaíde es el símbolo de la lucha de las mujeres latinoamericanas por la libertad, contra la infamia de la desaparición, apenas un pequeño colibrí, que las mujeres quichés bordan en su huipil en señal de duelo cuando sus hombres no vuelven de la guerra, de la cacería, o son, como hoy, asesinadas en un campo de maíz, a traición y, se les calcina en una zanja como a los treinta y nueve campesinos que se atrevieron a tomar, en señal de protesta, la sede de la Embajada de España".
Tanto los hijos de Alaíde como la familia de Rigoberta luchaban, sin darse cuenta, en un mismo frente, por los mismos derechos, por una Guatemala mejor. Si para Alaíde la vida desde pequeña no tuvo contratiempos, para Rigoberta, todo fue trabajo, hambre y sufrimiento. Desde niña supo lo que eran los días enteros bajo el quemante sol y con la carga de cuidar a los hermanos mientras la madre le ayudaba a su papá. Trabajaba también como doméstica en casas ricas, en donde tenía más valor un perro que la servidumbre.
Al igual que Alaíde, Rigoberta tiene que abandonar su patria y parte de su vida. Rigoberta deja a sus muertos en las fosas comunes. Los seres queridos de Alaíde corrieron la misma suerte. Menchú sabía del peligro al que se exponía si se quedaba en Guatemala, Alaíde no, no lo conocía, creyó estar a salvo por su cuñado político, pero al gobierno de su país no le convenía tenerla de embajadora de la paz.
A sus sesenta y seis años era difícil que sobreviviera a esa atroz tortura, como lo fue para la madre de Rigoberta. Alaíde murió sin confesar el paradero ni los nombres de sus hijos. La madre de Rigoberta por su parte, es testigo presencial de la forma como es torturado uno de sus hijos, y su grito desgarrador se ahoga para salvar a sus otros descendientes.
En 1982, estando en París Rigoberta conoce a Elizabeth Burgos a la que le cuenta su vida, que es plasmada en el libro autobiográfico Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. "Es la historia de los más humillados entre los humillados, pero Rigoberta no sólo nos cuenta sus sufrimientos y los de su pueblo, sino también hace gala de un orgullo discreto para hacernos conocer su cultura milenaria".
A Rigoberta el dolor y el sufrimiento la han formado para la resistencia. Considerada entre las personas más carismáticas del "Nuevo mundo". Es la primera mujer campesina indígena que ha llegado a las Naciones Unidas para recibir el premio Nobel de la Paz. Se ha convertido en la portavoz de los campesinos y trabajadores. Ha llegado a cancillerías y embajadas, a eventos internacionales hablando de la verdad, de lo que pasa en Guatemala y esto le costó el exilio, amenazas y persecución permanente. Regresó a su tierra natal y en 2007 y 2011 contendió en las elecciones presidenciales.
Alaíde y Rigoberta no se conocieron, de haberlo hecho hubieran congeniado; una autodidacta, la otra formada en las mejores escuelas del mundo, estaban unidas sin saberlo por la misma causa: la justicia. Alaíde murió, pero Rigoberta vive para continuar lo que la vida le ha marcado.
La mayor ilusión de Rigoberta, como lo fue para Alaíde, es ver a sus hermanos indígenas, a su pueblo, a su país vivir en paz. Al igual que Foppa que murió defendiendo los derechos humanos de su pueblo, Rigoberta es una mujer que venció el silencio para luchar por las mismas reivindicaciones.



