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Directora y Editora: Elsa Gpe. Lever Montoya                                                                                                                             

Frases Feministas
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El corazón de la caja azul





Por Elsa Lever M.
Lic. en Periodismo con Maestría en Comunicación por la FCPyS de la UNAM, actualmente doctorante en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Ciencias de la Comunicación (FCPyS-UNAM). Está diplomada en Género por el PUEG de la UNAM, y en Feminismo por el CEIICH de la UNAM. Es directora de http://www.mujeresnet.info/

Elsa Lever Montoya relata el caos existencial de una mujer, cuyo corazón encerró bajo llave para olvidarse de las cicatrices que había en él. Sin embargo, descubre que de nada sirve evadirlas porque la vida "da y quita cuando le place".

Un tic tac más en el reloj de la Catedral y cerró la puerta que daba a la calle, vacía por el chaparrón que lavaba el empedrado hasta dejarlo como nuevo, brilloso y limpio, como si nadie hubiese osado pisarlo nunca.

Pero ella no lo vio porque quedó encerrada para siempre en su desorden, en su propio caos existencial que le arrancaba de los ojos pepitas de sangre cristalina, milímetros cúbicos de tristeza disgregada que obnubilaban su razón.

Cerca de la ventana, sí, ese resquicio de luz donde alguna vez miró cómo la vida entraba y la acariciaba como amante clandestino, estaba una cajita de madera azul, que contenía su corazón.

Abrió la caja y lo observó. El rojo vivo se había transformado en el oscuro color que toman las esperanzas cuando coagulan. Pero vivas aún, se hallaban cinco cicatrices que dibujaban en él un mapa mortal. Carreteras del dolor, que partían de tiempos y lugares distintos, convergían en un lugar común: un enorme abismo.

Quiso limpiarlo pero el agua no pudo borrar las manchas del tiempo; sólo consiguió que la sangre se escondiera en sus uñas secas y amarillentas. Pensó que tal vez la madera habría acelerado el proceso de descomposición. Madera que un artista de Oaxaca había tallado imaginando que su obra acogería algunas joyas de alto valor o tal vez cartas de un gran amor.

Y eso pensó ella cuando lo adquirió. Que su corazón era una gran joya digna de ser guardada en esa caja de madera azul.

Cuando lo introdujo llevaba ya tres cicatrices. Con gran fe y entusiasmo lo guardó para olvidarse de ellas y permitirse ignorarlas."Ojos que no ven, corazón que no siente", se dijo y cerró el diminuto candado que lo resguardaba. "Lo que me pase de ahora en adelante no me afectará, porque no podrá atravesar la caja y llegar hasta mi corazón", pensó, y no volvió a abrirlo durante los últimos cuatro años.

Pero a la vida no le importó ni la fe, ni la esperanza, ni la caja ni el candado. Aunque realmente, ¿quién o qué es la vida para que le importen cosas así?

La vida sólo va y viene. Sin permisos ni obligaciones, sin compromisos ni promesas. Sólo va y viene. Da y quita cuando le place sin mirar a quién ni preguntarse por qué.

Pero ella creyó que podía pedir,  suplicar y rogar, si era con fe. O tal vez no supo qué era la fe y la confundió con la desesperación de subir adonde nadie jamás lo había logrado.

Sin duda a ratos era feliz. A ratos sentía que su vida tomaba rumbo, que el aire soplaba a su favor. Se atrevía a salir y mirarse en los ojos de la gente. Y conoció el amor, paseó con él, lo alimentó, lo cobijó; la invitaba a recorrer de la mano el centro de su ser, a convivir con la tarde y su clima que, sin ser frío ni cálido, era perfecto. Con los edificios, que la miraban a través de sus cientos de ojos iluminados, ofreciendo otro panorama diferente al diurno, al nocturno. Había allá, por sobre las casas y oficinas de gobierno o negocios, un manto que los cubría. Era de un azul muy parecido al del mar, completamente distinto a los otros colores al salir de casa o al regresar. Sólo gris nublado, tal vez un pseudoazul, y posteriormente el negro. Así, sin una tonalidad de transición. Eso sí, el faro plateado a lo alto presumía una vez su obesa elegancia y, otra, una sonrisa. Incluso se daba el lujo de no estar presente o esconderse para reírse de ella. Pero lo más sorprendente era el río de labios dibujando sonrisas relajadas unas, provocativas otras, unas más complacientes y, las menos, casi imperceptibles, las mecánicas, las que se muestran sin razón aparente y sin un fin determinado. Era un bello río, polarizado al matutino, al nocturno, que llevan en sus aguas bocas apretadas por la furia, deformadas en muecas por la prisa o torcidas por la preocupación. No, éstas se mueven al compás de la invitación, del coqueteo, del chisme... De tarde ríen. De tarde reía ella.

Pero con todo y sus esperanzas, con su fe, con caja y candado, dos cicatrices más surcaron su corazón, sin que se diera cuenta.

Quizás el candado se habría oxidado y roto, o la madera apolillado, porque cuando la última llaga comenzó a cicatrizar, un dolor en el pecho la hizo dudar, cerrar la puerta que da a la calle y correr hacia la ventana y buscar la caja de madera azul.

Por eso la abrió y buscó en su interior. Sus ojos se humedecieron al comprobar lo banal de su fe, pero las lágrimas se le atoraron entre éstos y la garganta. De haber podido lo hubiese permitido, porque dicen que el agua de lágrima es el mejor lubricante de las ideas oxidadas.

Pero no. Su corazón mostraba, aún vivas, tres viejas cicatrices: la muerte, el arrepentimiento, el fracaso. Sí, esas ya las conocía, aunque creyó que ya no le dolían, pero el ardor de las recientes alimentaba la llama hasta provocar punzadas inhumanas... las cinco juntas eran, en aquel corazón, un infierno.

Tocó con manos temblorosas las dos últimas;  una poseía la textura del engaño, y la otra, la aspereza de la decepción.

Pero ni el chaparrón que caía hubiera podido limarlas, pues la vida, que cierta vez fue su amante clandestino, sin escrúpulo alguno violó el candado de la obra azul de aquel artista oaxaqueño y se metió, sin permiso y sin remordimiento, hasta trazar las rutas que quiso, ignorando cuánto dolor causaban.  

Pero, ¿quién o qué es la vida para que le importen cosas así? La vida sólo va y viene.

En el último tic tac de su caos existencial, ella tomó su corazón y lo acercó a sus labios. Al lamerlo para curar las heridas, éste se le desmoronó entre las manos, como trozos de carbón.

Nadie escuchó cuando los pedazos cayeron al suelo. La lluvia insolente ahogó su grito, y siguió lavando el empedrado hasta dejarlo como nuevo, brilloso y limpio, como si nadie hubiese osado pisarlo nunca.






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