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Camille Claudel: enamorada hasta la genialidad
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Foto: Brenda Ayala/MujeresNet
Por Aura Sabina
Estudió Ciencias de la Comunicación (FCPyS), es poeta y colabora en varias revistas independientes.
La autora comparte la peculiar semblanza de esta escultora, considerada brillante 'pese a su condición de mujer', y lanza una reflexión respecto de los tabúes sobre la salud mental de las mujeres.
El talento, la obsesión, el ímpetu, la fuerza del carácter y la genialidad de las personas creativas, con frecuencia danzan sobre la cuerda floja, siempre a segundos de caer en lo que socialmente se ha determinado como locura (por fortuna, el DSM [1], en su quinta versión, muestra que el mundo médico ha evolucionado, sofisticado y ampliado su criterio para la descripción de las afecciones mentales).
Y si a eso se le agrega el enamoramiento de otro ser con quien comparte justo ese talento, obsesión y pasión hacia las mismas cosas, en este caso la escultura, el resultado es apoteósico. La trasformación de la piedra en belleza; la sal en estatua... Y también, después de ese ciclo, lo mismo que lleva la gloria, puede ser devastador.
Camille Claudel, escultora nacida en la segunda mitad del siglo XIX, en Aisne, Francia, tuvo que enfrentarse a la sociedad burguesa, que la condenó por elegir la soltería, por involucrarse con un hombre 24 años mayor que ella (además casado) y por ser, evidentemente, brillante, "pese a su condición de mujer".
Desde muy joven mostró inquietudes. A los 17 años ingresó a la Academia de Colarossi, para estudiar escultura. Pronto alquiló un cuarto propio (bien decía Woolf que toda mujer debía...) y, pese a la reticencia de su madre, comenzó a vivir su vida para lo que ella amaba.
Pero el amor llega en las circunstancias menos adecuadas, con las personas, a veces, idóneas, en el momento exacto en que se necesita una fuerza creadora. Así, Camille llega al taller de August Rodin, el entonces ya reconocido escultor, quien, por otro lado, ya estaba casado. Tras el acercamiento, el trato cotidiano, las coincidencias, los trazos, las reuniones en el entorno artístico de aquel París, cinceles y el deseo, inician una relación sentimental que duraría 15 años.
Camile, escribe en alguna de sus cartas a Rodin: "Me acuesto desnuda para creer que usted está aquí [2]".
Luego, Rodin rompe el vínculo. Camille cae en un abismo. Camille siguió creando, aunque el entorno nunca dejó de juzgar su trabajo como "logrado gracias al maestro". Camille decidió romper sus propias esculturas a martillazos, quizá por el resentimiento hacia Rodin. Quizá solo por aligerar el equipaje... Su mismo temperamento, el sentimiento de abandono y las circunstancias tan poco amables dieron paso a delirios de persecución y paranoia. Además de la, supongo, depresión.
Louis, madre de Camille, decidió internarla en el Sanatorio de Ville-Evrard, y luego a Monteverges, donde pasaría los últimos 30 años de su vida, sin derecho a visitas. Es más, la única persona que la vería, una sola vez (además de las otras internas y los médicos) sería su hermano el escritor Paul Claudel.
El cineasta Bruno Dumont reflexiona sobre estos años tan difíciles y los lleva al cine. Juliette Binoche interpreta, magistralmente, a Camille. Quien no haya conocido un hospital psiquiátrico en su vida, posiblemente se impresionará mucho con la cinta.
Es una pena que a pesar de que ha pasado un siglo, a las mujeres se nos sigue juzgando aspirar a dedicar la vida a la creación artística ( y lograrlo, además), por tener relacione sentimentales fuera del "orden" matrimonial o decidir vivir solas (porque "¿quién nos va a cuidar?"). Por otro lado, aún en la sociedad postmoderna existen tabúes sobre lo que es o no salud mental. Y quien no ha enloquecido, vamos que solo tiene episodios de comportamiento "perturbador", como todavía se señalaba en el DSM IV, enloquece en esos lugares, con esa calidad de vida.
Notas:
[1] Manual diagnóstico y estadístico de enfermedades mentales.
[2] Epístolas exhibidas por la fundación Mapfre, en Madrid, en 2007.




