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Me gustan los chavos rudos, me fascinan los hombres malos
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Foto: Brenda Ayala/MujeresNet
Por Raquel Ramírez Salgado
Feminista, con Maestrí en Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM
La autora nos habla sobre la atracción hacia los hombres 'malos y rudos' y hace una pregunta: ¿por qué 'buscamos' lo más lacerante del patriarcado en nuestros vínculos erótico-amorosos? La cuestión -nos dice- es reconocer y rechazar lo que hace daño, aun si su 'envoltura' es 'irresistible'.
El mes pasado la marca de ropa y accesorios King Monster convocó a las mujeres para que acudieran a la explanada del Palacio de Bellas Artes y permitieran que su trasero fuera manoseado públicamente; lo que este grupo pretendía era establecer un récord mundial con 666 traseros femeninos tocados. Sobra decir que ante esta infame y misógina convocatoria, la movilización feminista no se hizo esperar, pero lo que quiero resaltar de este hecho es que King Monster es una marca consumida principalmente por personas que se identifican o dicen formar parte de la corriente underground, la cual, según dicen, es crítica y cuestionadora, aunque desde luego no de la desigualdad de género.
Mi sorpresa aumentó al darme cuenta de que uno de los hombres que estaría "tocando traseros" era alguien por quien hace algunos años me sentí profundamente atraída, ya saben, el prototipo patriarcal de la masculinidad, musculoso, alto, violento, tatuado, machista, promiscuo, misógino. Al momento me puse a pensar sobre lo que a las mujeres nos parece atractivo de un hombre, ¿por qué "buscamos" lo más lacerante del patriarcado en nuestros vínculos erótico-amorosos? ¿Por qué "deseamos" a los hombres "malos y rudos" si nos hacen daño?
Primero, hay que dejar claro que cuestionar la violencia y desigualdad de género no es inherente a la condición de género, es decir, ni las mujeres heterosexuales ni la comunidad LGBTI reflexionamos instantáneamente sobre este tema, sino mediante una profunda sensibilización y deconstrucción de las creencias y valores patriarcales. No esencialicemos a las personas, no es fácil desmontar un sistema milenario de nuestra subjetividad.
Por otro lado, las y los oprimidos también adoptamos la visión del opresor, porque si no, el sistema carecería de correspondencia y no podría reproducirse. De esta forma, equivocadamente, las mujeres naturalizamos la violencia de los hombres y la falaz debilidad femenina. Muchas veces buscamos a un "semental" con el que tengamos sexo "salvaje", creyendo que eso se llama "libertad sexual", sin pensar que entregar nuestro cuerpo a alguien que no muestra el menor compromiso con nosotras acentúa la desigualdad de género; y conste que no me refiero a que tengamos que acostarnos sólo con nuestros esposos por "amor", creo firmemente que las mujeres poseemos el absoluto derecho de tener sexo con quien queramos, pero, incluso las relaciones "abiertas" o "poliamorosas" son patriarcales si no se establecen con respeto y con el acuerdo de no ponerse en riesgo, de ningún tipo.
Un hombre "malo" puede ser aquel que nunca pasó de ser nuestro free a nuestro novio porque le resultaba más cómodo tener sexo que apoyarnos frente a la adversidad, o tal vez algún otro celoso que nos prohibía usar falda o salir con nuestras amigas; un hombre "rudo" puede ser aquel que luce su musculatura en entalladas camisetas, que presume de tener un potentísimo vigor sexual, con el que nos "cogerá" hasta gemir de placer, pero con el que también nos abandonará al día siguiente. Pero, a pesar de todo, los hombres "rudos" y "malos" se convierten en el amor de nuestra vida, en la frustración amorosa latente, en el recuerdo de nuestra "incapacidad" para transformar a un hombre malo en "bueno", porque el patriarcado nos ha hecho creer que el "instinto maternal" de las mujeres debe tocar a todos los seres humanos y mejorarlos.
Recuerdo mis fantasías con aquel hombre "rudo" y "malo", pero las observo tan lejanas; para ser sincera, no me sentiría bien de estar vinculada con un hombre que convoca a las mujeres para tocar sus nalgas y presumir su hombría. Debo reconocer que ese no ha sido el único hombre "malo" en mi vida, ha habido varios, a un par los amé y su "amor" casi me cuesta la cordura y la vida; por eso hice un pacto conmigo y decidí que me esforzaría por no ponerme en riesgo nunca más. He aquí una tarea enorme y pendiente para las mujeres: aprender a reconocer y a rechazar lo que nos hace daño, incluso si se presenta en una envoltura "irresistible".




