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Cuerpos se difuminan




Foto: Brenda Ayala/MujeresNet


Por Nadia Contreras
Escritora. Mención en el Premio Nacional de Poesía "Elías Nandino", 2001; Premio Estatal de la Juventud, Colima, 2002; Premio de Poesía Instituto Mexicano de la Juventud, 2003; Premio de Publicación Editorial, convocado por la Dirección de Cultura de Torreón, en 2006, 2008; Premio de poesía "Timón de oro" convocado por la Secretaría de Marina y la Escuela Naval Militar de México y Ganadora del Primer concurso de narrativa "Salvador Márquez Gileta", Universidad de Colima, 2011. Autora de poesía Retratos de mujeres (SCC, 1999), Mar de cañaverales (La luciérnaga, 2000), Lo que queda de mí (FETA, 2003), Figuraciones (Paraíso Perdido, 2005), Poemas con sol (La Fragua , 2006), Cuando el cielo se derrumbe (El tucán de Virginia, 2007) Presencias (Mantis editores, 2008); El andar y sus ventanas (2012) y de crítica literaria: Pulso de la memoria (Universidad de Colima, 2009).

La autora deja a la imaginación hacer el trabajo de recrear la historia de amor y sensualidad que sus personajes protagonizan. Todo comienza en la parada del autobús, ahí es donde Eduardo recuerda a Lulú.

Las primeras veces que el hombre la vio, pensó en Lulú, su amiga de la secundaria. La vio y, a diferencia de la manada de lobos, no pudo articular palabra alguna. Vio su cabello y su cuerpo y pensó en Lulú, desnuda bajo la regadera. La muchacha sale en punto de las siete y treinta del complejo, acelera el paso y se detiene en la parada de camiones. Ahí, entre trailers, la música de la gasolinera, el ir y venir de los autos, las mujeres de las industrias aguardan el transporte público.

¿Cuánto llevaba el hombre observando a la mujer en particular? Tuvo ganas de preguntárselo a Miguel, pero Miguel es parte de la manada que grita, según la urgencia, frases romanticonas, lascivas o vulgares. Todo esto, le preocupa. Desde el divorcio, Eduardo prometió no involucrarse en nuevas relaciones, no había hijos y era lo mejor que sacaba de aquella tormenta como le llamaban sus amigos al episodio de su vida. Lo vieron caer como una torre a la que le ponen explosivos en la parte central. No se detuvo y la torre-Eduardo cayó contra el suelo; en la mente el nombre y la imagen de la mujer que jamás quería recordar y de esto, como él mismo lo dice, está de testigo San Judas Tadeo.

Mira, ahí viene otra, dijo Miguel, dando un fuerte golpe al cigarro. Eduardo, ni siquiera miró la figura que en fracción de segundos comenzó a desdibujarse bajo la sombra de la calle. Eduardo pensó en Lulú y en la noche, a escondidas se quedó a dormir en su casa. Lulú, recuerda, lo acepta en su cama y acepta también los juegos que terminan cuando ambos están desnudos, cuerpos conocidos y explorados. El hombre mira la muchacha que sale en punto de las siete y treinta de la tarde, la muchacha-Lulú y evoca ese tiempo, lo hace detenerse de súbito a la hora de responder un examen o ignorar el regaño de su padre, sus manos sucias por el aceite de los motores. Sin embargo, el juego termina. Lulú finge estar dormida cuando su madre entra a la habitación y Eduardo se obliga a no respirar, su cara en medio de la pequeña selva.

La mujer le recuerda a Lulú, y aunque se obliga o se maldice y jura ante Judas Tadeo que no volverá, piensa en la mujer, esta vez lleva unos jeans apretados y su pelo, como el pelo de Lulú, cae suavemente sobre los hombros. Hay cosas mejores en qué pensar, dice, pero no puede. Pensar en el último partido de futbol o la borrachera en casa de su primo. Pensar en la balacera de ayer, dos cuadras antes de llegar a su casa, la policía, la cruz roja, la semefo. Una familia entera, según historia de los vecinos, ejemplar, valiosa. Crimen por error, piensa Eduardo, pero la reflexión se detiene cuando imagina a Lulú, su cara de niña, tras la ventana del camión.

Eduardo recupera la conciencia o la pierde cuando Lulú alza la mano en una especie de saludo y ambos sonríen porque en la vida, los dos creen lo mismo, caben las coincidencias, cruzar la carretera, subir al camión y sentarse en el asiento vacío al lado de la mujer parecida a Lulú. Producto de la imaginación, tal vez, pero no le interesa profundizar en ello. El alrededor: la noche, anuncios encendidos, autos, semáforos, gente que encuentra o no, la solución a sus problemas, el sudor, el cansancio, el cuerpo del miedo o del hambre cubierto apenas por un abrigo. Ella sonríe y él también en la cama, esos juegos, las sábanas se arremolinan bajo cuerpos entrelazados.

Mira, vienen muchas otras, dice Miguel que ha encendido un nuevo cigarro y tira, no muy lejos, la colilla apagada del anterior. Eduardo observa pero no más allá de su pensamiento. Pensamiento, de pronto, cortado en tajos. La noche es fría y un grupo de mujeres pasa frente a la jauría. El juego, una vez más, termina.

-¿Pues en qué tanto piensas, compa?

-En una historia- responde Eduardo y se lleva las manos a los bolsillos de la chamarra. Febrero, contra todo pronóstico, es el mes más frío del invierno.







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