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El secreto de familia. Un relato de vida





Por Francisca Robles
Doctora en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Comunicación por la FCPyS-UNAM, docente en los sistemas escolarizado, abierto y a distancia de esa facultad, y experta en análisis narratológico y en metodología en ciencias de la comunicación.


* La autora nos relata la vida de Rosario, una auténtica guerrera que ha enfrentado varias batallas, con la intención de que su atrevimiento sea un paradigma para quienes aún viven atrapadas en las emociones contenidas, los secretos guardados y las lealtades familiares y sociales.

Conocí a Rosario un lunes a las diez de la mañana. Desde enero del 2006 he conocido a mujeres muy valiosas en ese día y a esa hora, en un taller de trabajo emocional, que con el tiempo se convirtió en terapia continua, su nombre: "Constelaciones familiares". Se trataba de poner orden en nuestra vida, de ubicarnos en el lugar que nos correspondía dentro del sistema familiar, de identificar lealtades invisibles que nos llevaban a reproducir sentimientos, sufrimientos o síntomas que no eran nuestros. [1]

Rosario me impresionó desde que llegué al taller, su seguridad y aplomo al hablar, afloraban al simple trato. Se presentó así: Mi nombre es Rosario Aguilar Cervantes, tengo 49 años, nací en la Ciudad de México. Tengo tres hijos, dos hombres y una mujer. Soy divorciada. Vengo a acomodar mis emociones.

Tenía dos profesiones: enfermera y educadora. Las dos la apasionaban por igual y a las dos se entregaba de lleno. Tenía una gran sensibilidad y un sentido del humor que no le permitía "hacer dramas" por nada. Estudió la licenciatura en enfermería en la entonces Escuela Nacional de Estudios Profesionales Zaragoza de la Universidad Nacional Autónoma de México. Trabajó en hospitales públicos y privados, cuidó enfermos en sus domicilios. Gran parte de su labor consistía en acompañar a los pacientes en los momentos finales de la vida. También consolaba a los familiares cuando los pacientes partían para siempre al inevitable viaje sin retorno.

Como educadora, si bien no tuvo estudios formales, bastó el trabajo cotidiano para aprender. Algunos cursos y diplomados tomados en la Universidad Pedagógica Nacional la capacitaron para desempeñarse exitosamente. Su labor fue reconocida por el Dr. Gregorio Hernández Zamora, catedrático de la Universidad de California, Berkeley / Estados Unidos:

"Rosario Aguilar es una experimentada enfermera que ha trabajado en hospitales públicos y privados, pero colabora como maestra en el preescolar popular La Garcita, de Santa María Aztahuacán. Ahí se enfrenta a diario con el horror de la violencia y abuso imperantes en los hogares de sus alumnos. Como no le interesa "hacer estadísticas", sino ayudar a los niños a su cargo, además de su excelente trabajo en el aula, Rosario invita médicos y terapeutas especializados que dan pláticas y talleres a los padres de familia; y ella personalmente organiza y dirige sesiones grupales de coescucha a las que asisten numerosas madres de familia. En éstas, Rosario plantea temas, preguntas e invitaciones a recordar, reflexionar y compartir experiencias; también aporta explicaciones y conceptos sobre diversos temas (relaciones de género, sexualidad, abuso físico y psicológico, etc), pero sobre todo propicia y facilita la conversación. Para en plenaria; enseguida las parejas vuelven a dialogar sobre temas o preguntas ello, forma parejas que toman turnos para hablar y escuchar; luego cada pareja comparte que Rosario va planteando. Al final se toman de la mano formando un círculo y cada quien comparte una reflexión final sobre la experiencia del día. En estas sesiones Rosario utiliza diversos materiales escritos (esquemas, carteles y otros) y con frecuencia anima a los participantes a escribir sobre lo que hablan. [2]

Rosario es una auténtica guerrera que ha enfrentado varias batallas. Este relato contiene las más importantes para ella, tal y como me las contó. Las recreo con su permiso y con la intención de que su atrevimiento sea un paradigma para quienes aún viven atrapadas en las emociones contenidas, los secretos guardados y las lealtades familiares y sociales. Me parece digno dejar que Rosario cuente su historia con su propia voz, pues como dice Gabriel García Márquez "hay libros que no son de quien los escribe sino de quien los sufre"[3] . Así el relato de las batallas de Rosario no es de quien lo cuenta sino de quien lo comparte.

Mi secreto

Todo empezó a mis 19 años cuando me vi embarazada de mi primer hijo, con mucha angustia, ansiedad, incertidumbre, primero porque la vida de mi hijo y la mía estaban en riesgo y después porque no estaba casada. La relación con el padre de mi hijo se deterioró desde que le informé del embarazo. No tenía confianza en mi familia, para expresar mi necesidad de ayuda y apoyo. Viví un periodo de 2 o 3 meses donde sólo me concentré en mi salud, pues de ella dependía la de mi hijo. El médico que me atendía me dijo que una alza de presión arterial podía matarlo y debido a que nací con una malformación en un riñón, se me complicaba significativamente con el embarazo. Tenía miedo de explicar a mi madre cuál era mi situación. Tenía una pésima relación con ella, me descalificaba y comparaba constantemente. Una de mis hermanas había vivido la misma situación. Se casó con un embarazo de 4 o 5 meses y lo terminó sintiéndose desatendida y avergonzada. Ahora yo me sentía igual que ella, aunque mi madre se encargaba de hacerme sentir peor cada día. Para esos días estaba concluyendo mi servicio social en el Hospital de Enfermos Crónicos de Tepexpan como enfermera de la ENEP Zaragoza de la UNAM.

La relación con el padre de mi hijo estaba muerta por mi propia decisión, pues dudó de su paternidad. Fueron días muy difíciles y dejé que el tiempo pasara, tenía como pretendiente a Humberto con quien empecé a salir. Le informé sobre mi embarazo y con el paso del tiempo me propuso matrimonio. Seguí saliendo con él y no tomé la decisión de casarme pues pensaba que iba a morir por el propio embarazo. En otras ocasiones me llenaba de fuerza y platicaba con mi hijo, él me conectaba a la vida, me cuidé mucho para que él pudiera nacer. Un día acepté la oferta de Humberto. Acordamos no decir que el hijo era únicamente mío. Informé a mis padres sobre mi situación y después de asombros, negociaciones y protocolos me casé civilmente con 6 meses de embarazo. Transcurrieron los meses, Abel nació dentro del matrimonio. El parto fue difícil pero el bebé llegó muy bien. Después llegaron Edgar y Berenice.

Los tres crecieron, fueron adolescentes y la situación con Humberto se hacía cada vez más distante. Yo con mucho enojo pero con poco valor y fuerza para terminar esa relación. Temía de nuevo no ser aceptada por mi familia, pues en ésta, nadie se había divorciado. Además me sentía en deuda con Humberto, él me había aceptado embarazada y había registrado a mi hijo como suyo.

El origen de nuestra relación marcó su trato conmigo: celos extremos, poca atención y responsabilidad hacia la familia. Si bien al principio era responsable con el transcurso de los años fue perdiendo la responsabilidad, hasta de las necesidades básicas de alimentación, salud y educación.

Yo mientras tanto, seguía enganchada. Me amenazaba con decirle a mi familia cuál era la situación con Abel. Yo me sentía culpable y avergonzada, por eso me sometía.

Él tenía un negocio que perdió y se fue a pique por lo que regresé a trabajar al Hospital Metropolitano pues antes no lo permitía ni él ni su familia. Después del hospital fueron otras ofertas de trabajo pues mi ingreso económico llegó a ser el más importante sustento de la casa.

Trabajaba como subdirectora de una casa de cultura, después fui directora de un preescolar. Tuve entonces necesidades de aprendizaje que me llevaron a la Universidad Pedagógica donde tomé un diplomado de violencia y maltrato infantil. Hasta entonces hice conciencia de mi propio maltrato y de mi baja estima. Saqué fuerza y propuse a Humberto se fuera de la casa que, para entonces, yo sostenía por completo.

Le dije con la mayor serenidad que pude que no me importaba que le dijera a mi familia cuál era la situación con Abel y paradójicamente fue Abel quien se opuso a que Humberto se fuera. Mis otros dos hijos Edgar y Berenice estaban de acuerdo, ya no lo aguantaban.

La situación como pareja estaba ya muy lesionada y le dije que sentía que ya había pagado mi deuda. No me podía chantajear más. Estaba muy orgullosa de mis tres hijos y podría perfectamente sacarlos adelante yo sola.

Fue en otro diplomado de la Universidad Pedagógica: Familia y relaciones escolares, donde con unas profesoras y ahora grandes amigas Gaby y Lulú tuve la experiencia con las constelaciones familiares. Me cambiaron la visión de vida pues descubrí no sólo mi propio maltrato sino que yo repetía fielmente un patrón de conducta.

Descubrí que la mala relación con mi madre y el enojo que tenía hacia ella, eran también de mi padre y que el inconsciente me vinculaba con ella de la manera más tóxica, repitiendo su propio patrón de conducta.

Para entonces ya me había separado de Humberto. Finalmente se fue de la casa.

En esta terapia sistémica de constelaciones familiares fui entendiendo mi situación personal y la de mi familia. Mucho dolor, mucho enojo pero al final del día era poner las cosas, momentos y sucesos en su justo lugar. Aquí fui entendiendo y aprendiendo lo importante de no tener secretos de familia. Yo mantenía aún el secreto sobre el nacimiento de Abel.

Gaby me hizo llegar el texto "Mis antepasados me duelen". [4] Cuando lo leí sentí la necesidad de revelar a mi hijo su origen y la verdad de su nacimiento, pero tenía vergüenza y culpa.

Fue mi hija Berenice, quien también había experimentado con las constelaciones familiares, que me ayudó a tomar la decisión. Para el día de mi cumpleaños me regaló el texto "Secretos de familia". [5] Al leerlo informé a la terapeuta Yolanda Rendón que quería revelar el secreto. Constelamos [6] y resultó que mis hijos Edgar y Bere aceptaban a su hermano con mucho cariño. Abel no tenía reclamo para mí. Abel y yo agradecimos simbólicamente a Humberto por todo lo que en su momento nos dio. El papá biológico se lamentaba de no estar y lo recibía con mucho afecto.

Pasaron algunos meses y yo lo dudaba, no le decía pero el mes de junio, justo el día del padre le dije que tenía algo importante que notificarle, algo que era vital en nuestras vidas y le dije: hijo, tu papá no es Humberto.

Él se quedó perplejo, realmente confundido. Le dije que lo había ocultado porque creía que era lo mejor para él, pero que ahora la vida me había dado la oportunidad de rectificar.

Me preguntó cómo se llamaba su papá, qué hacía, dónde estaba, qué si se parecía a él. Yo contesté que no sabía nada en ese momento. No tenía idea ni dónde estaba.

Abel había terminado la carrera de Ingeniería en Computación en la ESIME Culhuacán y trabajaba como coordinador del Centro de idiomas extranjeros en la ESCA de Tepexpan, donde también impartía clases de francés, inquietud ésta de dar clases que lo llevaron a Francia a dar clases de español. Allá compartió con Mara (italiana) y Gema (inglesa) mi revelación.

Con el tiempo inició un noviazgo con Mara quien para la navidad del año lo invitó a su casa y vio allí un inolvidable desfile de portarretratos de toda la familia de Mara. Ottavia, su mamá, le presentaba y relataba parentesco, ocupación. Escuchó la historia de la familia por medio de la fotografías desde la segunda guerra mundial hasta el momento actual.

Con Gema, a su vez, en un viaje a Inglaterra vio el árbol genealógico completo de la familia real.

Esas dos experiencias hicieron crecer más la necesidad de saber de dónde le venía la vida y al llegar a México me dijo que quería buscar a su papá biológico. Quería saber de dónde venía, quién era su familia. Me pidió más información sobre su padre. Mara, que ahora vivía con él me dijo que lo iba a ayudar a buscar y yo me comprometí también con ellos a esta tarea.

Yolanda, la doctora de constelaciones convocó a un taller un sábado al que asistí y le comenté cuál era mi inquietud. Volvimos a constelar. Esta vez Abel y José Luis, su padre biológico, se encontraban. José Luis lo abrazaba y se lamentaba de no haber estado cerca, de no haberlo visto crecer. Abel también aceptaba su presencia y la constelación terminaba abrazándonos los tres: José Luis, Abel y yo. Esto fue un sábado. Yolanda me dijo que lo iba a encontrar muy pronto.

Era el mes de septiembre. Abel ingresaba a trabajar a la preparatoria Thomas Alva Edison y ese fin de semana, mientras yo constelaba, él revisaba sus exámenes de la preparatoria. Había un examen que aparecía y aparecía, pero él nunca vio el nombre. Ese examen tenía una energía diferente. Vio el nombre y el apellido. Era Serret, justo el apellido de su padre. El lunes siguiente le dijo a su alumna que si conocía al Dr. José Luis Serret y ella le respondió: conoces a mi tío, eres su amigo. Él le pidió su número telefónico. Ella se lo dio.

Me llamó inmediatamente. Yo iba saliendo de mi consulta en el Instituto Nacional de Cancerología. Estaba recibiendo quimioterapia y apoyo tanatológico. Me habían diagnosticado cáncer, para ese momento había hecho metástasis al pulmón.

Contesté la llamada y me dijo: lo encontré. Me platica el incidente del examen y me da el número telefónico. Me pide que lo llame.

Le dije que no se apresurara, que tendríamos que verificar. Sólo dijo: no mamá es él, estoy seguro, lo presiento.

Llamé al número que me había proporcionado y me decía que estaba fuera del área de servicio.

Al atardecer de ese lunes le llamé a Abel y le expliqué que estaba el número fuera del área de servicio. Pero yo insistiría al siguiente día.

Abel le pidió a su alumna el teléfono de su casa. Le dije que era mejor conseguir el de su trabajo. Lo menos que quería era darle problemas.

Así estuve unas horas hasta que tomé fuerza y le llamé como a las tres de la tarde. Me contestó un joven muy amablemente y al preguntarle por el Dr. Serret me dijo: mi papá no está, regresa como a las 5, si gusta llamar después o dejar un recado.

A las 5 le llamé y me contestó él. Al darle mi nombre me dijo sé quién eres, cómo estás, dónde estás. Me pidió mi dirección, me preguntó dónde estaba trabajando, le dije que no trabajaba pues estaba recibiendo quimioterapia y le comenté sobre mi diagnóstico y el curso clínico que había tenido.

Me dijo que me llamaba para ponernos de acuerdo cuándo y dónde nos veríamos.

En el transcurso de esa semana me llamó diario y me hacia muchas preguntas sobre mis hijos. Supo entonces que yo me había divorciado. Estábamos en el teléfono por horas. Antes de finalizar la semana me dijo: nos vemos el sábado y yo con mucho miedo le contesté que tenía invitados para ese día, que venían de Toluca. Me propuso que fuera el domingo y acepté.

Le pedí entonces a Mara que me diera fotos de Abel, pues había visto la película "El día después de la boda" [7[ que la trama era también de una hija que no conocía a su papá y como estrategia para que la conociera su papá, la hija llevaba muchas fotos.

Llegó el domingo a la puerta de mi casa. Yo no lo reconocía después de más de 25 años.

Fuimos a comer a un restaurante al sur de la ciudad y fue en la hora de la comida cuando él abrió el tema. Situación que aproveché para informarle que tenía un hijo de casi 27 años. Estalló en llanto. Se lamentó. Me pidió perdón. Lloramos juntos y le mostré las fotos que llevaba. Me preguntó cómo era, qué le gustaba. Yo contesté orgullosa y emocionada todo lo que mi hijo había logrado hasta entonces.

En el camino de regreso a casa me dijo que el miércoles de esa semana recibiría en la UNAM un reconocimiento académico por su trayectoria. Nos invitaba a acompañarlo. Le contesté que yo tenía mi sesión de quimioterapia el martes y que el miércoles estaba totalmente dormida, sin fuerza ni energía. Prometí comunicarlo a Abel y que él decidiera si iba o no.

Abel aceptó ir.

Miguel, un primo hermano de José Luis se ofreció para estar con mi hijo en dicho evento.

Ese día conoció a su padre. La relación ha sido de cordialidad y acercamiento.

 

Mi diagnóstico

Empezó en enero de 2006 con una ligera mancha en el talón del pie derecho. Parecía como un machucón, sin importancia y trascendencia. Lo descubrí después de bañarme, no me dolía ni me generaba ningún problema así que seguí mis actividades en casa y en el trabajo sin hacer caso a este incidente.

Con el transcurso de los días observé que la mancha no desaparecía, la adjudiqué a los zapatos, así que los cambié.

La mancha fue tomando volumen y en mi visita al podólogo lo comenté. Me dijo que no me preocupara.

Al siguiente mes ya estaba crecido y efectivamente me confirmó que era un papiloma, me dio tratamiento, me dijo que era un poco largo pero eficaz.

La lesión no cedía, al contrario crecía; fue entonces que busqué un cirujano que lo extirpara e hiciera una biopsia. Resultó un melanoma [8]. El impacto fue muy grande. Me negaba diciendo que estaban en un error, que habían equivocado las muestras.

Llegué al Instituto Nacional de Cancerología deseando me dijeran que era error: Pero ahí confirmaron el diagnóstico. El día que estuve con el médico en el consultorio, en la exploración física encontró crecidos los ganglios en la ingle. Tomó una biopsia por aspiración en la ingle de la pierna derecha y a la semana que acudí nuevamente a la cita, el resultado de la biopsia fue positivo a melanoma. El Dr. Héctor Martínez Said, médico adscrito al servicio de piel y partes blandas del InCan especialista en melanomas; la Dra. Ma. Teresa Vega, especialista del mismo hospital me informaron que certificaban el diagnóstico de melanoma en el talón y en los ganglios en la ingle. En ese momento me tomaron una tomografía para descartar que no hubiera metástasis a otros órganos (hígado o pulmón).

Yo acudía a las citas obnubilada y negada, con la esperanza que la próxima cita me dirían que era un error y no había lesiones cancerígenas. Pero en vez de eso me dijeron que había que hacer cirugía, con gran probabilidad de perder el pie.

Habían pasado dos meses y yo negando. Me decía que todo estaba bien. Aún después de haber sido sometida a cirugía, teniendo un injerto en el talón.

El proceso postquirúrgico siguió su recuperación, pero un día en mi visita a la consulta de cirugía plástica con el Dr. Parada me alerta que el injerto estaba en riesgo. En este momento sentí que pasaba de la negación al enojo y a la depresión, pues me remitía al antecedente de perder el pie. Esto fue en octubre del 2006.

En enero de 2007 recibí otro impacto. Noté un punto negro por arriba de la cicatriz del injerto y aunque mi cita era hasta el mes de mayo, acudí al hospital a consultar al Dr. Said. Él lo observó. Tomó una biopsia, además indicó una tomografía de abdomen y torax. A la siguiente semana me informó que había metástasis [9] en el pulmón derecho. Esto fue otra sacudida física y emocional.

Mi muerte

Eduardo, un compañero de hospital con diagnóstico de melanoma metástatico de pulmón igual que yo me puso frente a mi propia muerte. Sin duda yo moriría igual que él. Los dos atendidos y operados por el Dr. Said, también ambos parte del protocolo de investigación internacional. Hice amistad, platicábamos amenamente antes de entrar a oncología, al quirófano y quimioterapia.

La intimidad emocional trascendió también a su familia, específicamente a dos de sus hermanas, Alicia y Herlinda, y ellas con mi hija. Recibimos la primera sesión de quimioterapia el mismo día. Nos sentamos juntos deseando lo mejor del uno para el otro. Me dijo que me cuidara mucho, que yo sí iba a vivir, que él ya no tenía por qué. Yo le respondí que por qué me decía eso, que su condición era mejor que la mía y que no se iba a caer a esas alturas.

Yo ya me cansé, me dijo, pero tú sigue, las cosas van a estar bien para ti. Su medicamento pasó en dos horas y media y el mío en 6 horas. Así que él se retiró primero que yo de la sala. Se despidió dejándome buenos deseos y bendiciones, las mismas con las que yo lo despedí. La cita era en una semana para valorar la sangre en el laboratorio y en dos semanas más para poner la siguiente dosis de quimioterapia.

Al estar tramitando el pago de la quimioterapia me encontré a su hermana Herlinda quien me informó que Eduardo estaba hospitalizado. Se había puesto muy mal. Le dije que subiría a verlo. Tomé el elevador para llegar al tercer piso. No recuerdo la cama, lo que recuerdo fue la sorpresa que me llevé al verlo.

Habían pasado tres semanas de haberlo visto por última vez y ahora que lo tenía enfrente parecía que habían pasado años. Su deterioro físico era más que evidente: pálido, desganado, con gran dificultad para respirar. Ya le habían hecho una punción para sacar el agua que tenía en el pulmón. Al estar frente a su cama no pude más que llorar y llorar, abrazarlo y desearle lo mejor. Ahí entendí y sentí mi propia muerte. Comprendí que él había entrado primero que yo a la cita final.

Eduardo ya no se recuperó, se fue deteriorando más cada día. Estaba enojado por su situación pero con su poca energía me decía que me cuidara. Sus hermanas me pedían que platicara con él, que así se animaba.

Salió muy mal del hospital, con francos problemas respiratorios. Hablé algunas veces con él por teléfono y lo animaba a comer. Su energía y su voz eran cada vez más débiles. Herlinda me avisó: Eduardo ha descansado, ya murió. Lloré mucho. Le pedí a Dios que cuidara de él. Prendí un cirio e hice oración. Le dije que se me adelantó y que en su momento nos encontraríamos. Que estuviera bien, tranquilo y en paz, sin dolor y libre, que Dios estaba con él. Así viví mi propia muerte, la sentí cerca y por paradójico que esto parezca, valoré inmensamente la vida. El sólo hecho de tener signos vitales. Vivir, disfrutar, sentir, apreciar el aire, el agua, las personas, el poder caminar. Hice consciente mi muerte a través de la muerte de Eduardo.

Mi trabajo psicocorporal

La primera impresión que tuve al escuchar a Martha vía telefónica fue de mucha fortaleza y gran nobleza, actitudes que certifiqué al conocerla personalmente pues en esos días no podía caminar y ella se ofreció a venir a mi casa.

Tenía miedo, tristeza e incertidumbre pues días antes había escuchado que el cáncer había hecho metástasis en el pulmón. Ya había tenido contacto con la terapia sistémica de constelaciones familiares. En una sesión descubrí que mi madre representaba el cáncer y que si yo sacaba el resentimiento y coraje, el cáncer quedaba sin fuerza.

Martha me condujo excelentemente en este proceso. También me ayudó a ver el cáncer, a platicar con él, a honrarlo, respetarlo y no tenerle miedo. Me enseñó a poner límites. Me ayudó a reconocer mis fortalezas y mis codependencias. Me ayudó a reconocer, retomar y valorar a mis hijos. Me ayudó a reconocer mi soberbia y a ser más humilde. Aprendí con ella la presencia divina y el crecimiento espiritual. Me ayudó a hacer mi duelo, a aceptar el diagnóstico de cáncer con todo y su metástasis. Siempre presente, siempre a un lado en estos procesos tan difíciles, con una acertada intervención, con una reflexión, con un texto, con una película. Siempre encontró la forma de hacerme llegar lo que tenía que aprender. Me ha acompañado en este camino de cirugías, quimioterapia, radioterapia. En abril de 2008 me desahuciaron pues los tumores en el pulmón son inoperables y el cáncer está en el talón, rodilla e ingle de mi extremidad derecha. Aunque para ese momento entendía y aceptaba mi muerte, fue un gran impacto en el que también ella me acompañó a verlo, reconocerlo y aceptarlo.

Al estar con ella me siento escuchada, atendida y complacida pues siempre me hace llegar o ver lo que no quiero y resignificarlo y ponerlo en su justo lugar, sin victimizarme. Siento que me ha ayudado a crecer, ver y reconocer mi sombra. Sinceramente estoy muy agradecida con Dios y con la vida porque la pusieron en mi camino. Como ella atinadamente lo dice: "No son casualidades, son Diosalidades". Ahora me acepto y reconozco. Sé que estoy en proceso de sanación del alma, que esta sanación ha hecho resonancia en mi cuerpo físico. Estoy muy consciente de mi muerte, pero viviendo el día a día muy intensamente, me siento privilegiada y bendecida. Espero la muerte sin miedo, con mucha aceptación y agradezco a Dios y la vida esta experiencia. Gracias Martha por todo lo compartido. Con el corazón en la mano te agradezco, te honro, te respeto y te ofrezco mi cariño.

Mis compañeros de lucha

Recibir un diagnóstico de cáncer es un impacto emocional. Una sacudida física y una inmensa incertidumbre que no se la desea a nadie. He vivido seis ingresos al quirófano. He recibido radioterapia y quimioterapia. He sido parte de un protocolo de investigación internacional para un anticuerpo de un laboratorio extranjero que abandoné por presentar una progresión de la enfermedad. En 2006 el cáncer hizo metástasis en el pulmón. Está en talón, tobillo, rodilla e ingle de la pierna derecha. En abril de 2008 los médicos me informaron que es inoperable. Soy atendida en el Instituto Nacional de Cancerología (InCan), institución de salud federal de la Secretaría de Salud que me ha acogido y de la cual recibo un excelente trato de todo el personal. Desde el policía de la entrada hasta el quirófano, pasando por la consulta externa, laboratorio, rayos x, medicina nuclear, tomografías, radioterapia y quimioterapia y en las ocasiones en las que he sido hospitalizada, también por los médicos adscritos y residentes, enfermeras y enfermeros, trabajadoras sociales, nutriólogas y personal de dietas, camilleros, etc.

Los doctores Héctor Martínez Said, María Teresa Vega, Samuel Parada y José Luis Aguilar me han acompañado no sólo con su excelencia académica sino con su gran calidad humana. En este proceso no he caminado sola. Tengo a mi familia nuclear y extensa, mis amigas y amigos, mis hijos Abel, Edgar y Berenice. Cada quien desde su carácter y personalidad me han dejado sentir que están conmigo. Mi hija Berenice ha vivido conmigo diagnóstico, tratamiento, cirugías, quimioterapias, radioterapias, consultas, internamientos. Inmersas las dos en un gran vórtice de emociones. He sentido de todos ellos su profundo amor y su gran fortaleza. Sin ellos no hubiera sido igual.

Mi familia extensa me ha apoyado económicamente en el transcurso de este proceso, ha sido solidaria. Su cariño me ha hecho percibir más fácil la brecha que falta. Mis amigas, grandes mujeres que están conmigo hombro con hombro. Me han hecho sentir que el camino es menos obscuro, con más luz y esperanza cada una desde su lugar, desde su perspectiva, me han dado fortaleza, valor, crecimiento, desarrollo con sus textos, libros, oraciones, palabras y actitudes de gran cercanía y empatía. Me dan vitalidad para seguir este proceso de "salud y enfermedad", como lo llamo yo y no porque desconozca el diagnóstico, al contrario: lo reconozco, lo acepto y vivo a un lado de él, mas no para él. Mil gracias por hacerme sentir viva y con deseos de seguir adelante. Todos ustedes me dan vida y salud, me han llevado a diferentes alternativas. Al mismo tiempo que mi tratamiento en el InCan he recibido atención con medicina alternativa: fototerapia, homeopatía, psicoterapia, constelaciones familiares, reiky, yorei, apoyo tanatológico, manejo de energía, en fin me han hecho sentir salud, tranquilidad y bienestar. Ha sido un acercamiento a Dios y al crecimiento espiritual. Tengo la fortuna de contar con un maestro espiritual. Un hombre grande, fuerte, con gran armonía, equilibrio y desarrollo espiritual que me deja sentir con su presencia. Yo lo llamo sabio; sus palabras siempre precisas, adecuadas, en el momento indicado y situación específica, me dan luz, esperanza, tranquilidad y bienestar. Agradezco a todas las personas que con sus oraciones y buenos deseos están conmigo aún sin conocerlas y sin conocerme. A todos mil gracias por su presencia y por estar conmigo. Le pido a Dios y al Universo que todo lo que me dan se los regrese multiplicado.

Notas:

[1] "Las constelaciones familiares son una experiencia que nos permite visualizar y resolver conflictos como: la falta de prosperidad, dificultades en las relaciones familiares, de pareja o de cualquier tipo, depresión, ansiedad, miedos, ira, inseguridad, tristeza, fracasos y demás obstáculos que nos detenían". Dra. Yolanda Rendón. Volante promocional de los talleres. 2009

[2] El aprendizaje, dice el Dr. Zamora, no es individual, ni se basa en ejercicios de libro de texto, ni se orienta a pasar exámenes, sino es parte integral de proyectos colectivos y actividades conjuntas, intencionalmente organizadas para generar confianza, diálogo y participación. Véase Hernández Zamora, Gregorio. "Comunidades lectoras: puerta de entrada a la cultura escrita" en http://tariacuri.crefal.edu.mx/decisio/d6/sab3-4.php

[3] García Márquez, Gabriel. Relato de un náufrago . Ed. Oveja Negra. Colombia. 1970 p.11

[4] Van Eersel, Patrice y Maillard, Catherine. Mis antepasados me duelen . Ediciones Obelisco. Barcelona. 2004

[5] Tuseron, Jorge. Secretos de familia .

[6] "La constelación familiar llega a las profundidades psicológicas donde, en ocasiones, el lenguaje falla y donde los resentimientos son la única brújula. Se eligen a varias personas para representar a cada miembro de la familia, se les coloca como se les percibe y aunque parezca una locura, esas personas, que no saben nada de usted, su familia o sus antepasados, empiezan a responder a preguntas relacionadas con usted, su situación, su vida, su árbol genealógico. Empezamos a sentir emociones, a pronunciar palabras, a hacer gestos y preguntas (...) El intelecto no interviene o al menos no como fuerza motriz, se trata de algo más profundo. Bert Hellinger habla de una comunicación alma con alma". Van Eersel, Patrice y Maillard. Ob.cit. p. 47

[7] El día después de la boda. 2006; Director : Susanne Bier; Guión: Anders Thomas.

[8] El melanoma es la forma más seria del cáncer de la piel. Comienza en los melanocitos, que son las células que producen el color o pigmento de la piel. NATIONAL CANCER INSTITUTE, www.cancer.gob

[9] Es la propagación del cáncer en otros órganos, se puede presentar metástasis en los ganglios linfáticos, los pulmones, el cerebro, el tracto gastrointestinal o el hígado. NATIONAL CANCER INSTITUTE, www.cancer.gob









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