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De cómo el cuerpo de las mujeres puede comenzar a ser suyo (nuestro)
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Por Raquel Ramírez Salgado
Feminista y maestrante en Comunicación por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM
* En un cuestionador ejercicio de reflexión, la autora pone el dedo en una de las llagas más abiertas de los derechos de las mujeres: ¿podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece?
El 2 de febrero de 2011 la doctora Marcela Lagarde, connotadísima feminista mexicana, ofreció una conferencia en Ciudad Universitaria de la UNAM, en el marco del vigésimo aniversario de la publicación de su tesis doctoral, Los cautiverios de las mujeres: madresposas, monjas, putas, presas y locas .
A lo largo del evento, Marcela habló de su experiencia al escribir Los cautiverios... y, como siempre, nos regaló palabras llenas de sabiduría, particularmente me hizo reflexionar cuando dijo que a sus 62 años puede afirmar que su cuerpo es suyo; posiblemente, esta afirmación parece obvia o burda, sin embargo, ¿las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece? A continuación expondré todas las ideas que surgieron en mi mente a partir del anterior cuestionamiento.
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si en cualquier lugar del mundo y a cualquier hora podemos ser agredidas sexualmente?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si la belleza física estereotípica es aún una exigencia para nosotras?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si al tratar de alcanzar la exigencia patriarcal de la belleza física nos sometemos a transformaciones riesgosas?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si los medios de comunicación siguen representándonos como objetos sexuales?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si el 98% de las víctimas de explotación sexual son mujeres y niñas?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece a pesar de que el patriarcado nos coloca como seres para los otros y, por tanto, como proveedoras de afectos y cuidados, aunque el cansancio nos invada?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si la maternidad es un incuestionable mandato de género?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece a pesar de que se criminalice nuestra decisión de abortar?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si la dinámica de las relaciones de pareja se lleva a cabo en contextos de violencia?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si a través de una falaz liberación sexual suponemos que alcanzaremos la igualdad con respecto a los hombres?
¿Las mujeres podemos afirmar que nuestro cuerpo nos pertenece si la mitad de la humanidad está estructuralmente oprimida?
Sé que al hacer todas estas preguntas no ofrezco un panorama muy alentador y que también la afirmación de la doctora Lagarde se torna más lejana, sin embargo, ahora trataré de explicar cómo desde la ética feminista intentamos deconstruir la expropiación de los cuerpos de las mujeres.
En el clásico texto Certezas y malos entendidos sobre la categoría género, la maestra Teresita de Barbieri expone cómo las relaciones de género están condicionadas por el acceso sexual que tienen los hombres a las mujeres, el cual no es producto de una casualidad, sino que responde a procesos complejos-estructurales de significación y jerarquización de lo femenino y de lo masculino. De esta forma, todo lo que surja de los cuerpos de las mujeres es expropiado por el poder patriarcal: las ideas, el trabajo, el placer, el conocimiento, las hijas y los hijos, los cuerpos mismos.
Regreso con Marcela Lagarde, quien explica que desde la ética feminista debemos recurrir a la razón poética, método propuesto por la filósofa María Zambrano, para no conformarnos con lo que ya hay, es decir, que desde una nueva construcción ética, en la que las mujeres tengamos la condición genérica de humanas, desmontemos el lugar simbólico y material que el patriarcado nos ha dado como cuerpos para los otros.
Estoy consciente de que este discurso suena ideal, casi utópico, porque no se pueden borrar de un soplido los factores estructurales que legitiman y reproducen la violencia contra las mujeres, pero estoy segura que el simple hecho de cuestionar y dudar inaugura el camino de la deconstrucción.
Hoy, a mis 30 años todavía no puedo afirmar que mi cuerpo es mío, ya que sé que camino a casa puedo ser violada, que para viajar segura en el metro debo abordar alguno de los dos primeros vagones; sé que mi cuerpo no es del todo mío cada vez que lo comparo con las siluetas extremamente delgadas, con senos y nalgas firmes y grandes, de otras mujeres que aparecen en revistas de moda; sé que mi cuerpo aún no es del todo mío porque he experimentado el amor con la violencia más cruel e injusta; mi cuerpo aún no es mío por completo porque el de las otras no es aún de ellas.
Pero estoy segura de que mi cuerpo comienza a pertenecerme porque hoy ya no me conformo con lo que el patriarcado destinó para mí, y no se trata de ponderar que la apropiación de los cuerpos de las mujeres por las mujeres depende sólo de que un día nos decidamos a cambiar y ¡listo!, ya que, vuelvo a insistir, ¿cómo negar lo opresión estructural? Si estoy segura de que mi cuerpo comienza a ser mío es porque mi inconformidad va acompañada de la reflexión, de la crítica, de la razón poética. Sé que mi cuerpo comienza a ser mío porque no voy sola en el camino, sino junto a las y a los que también están inconformes y que nunca faltarán otras inconformes que se unan.
El camino es largo, pero, como escribió Marcela Lagarde en el cierre de Claves feministas para la negociación en el amor (Puntos de Encuentro, Managua, 2001): "Que nos aliente saber que no hay modelos ni plazos, no hay un tiempo fijado para llegar a la meta. Sólo nos toca caminar".
Queda de manifiesto, otra vez, la pertinencia y necesidad de que el feminismo incida en los niveles públicos y privados: en el de las leyes, la academia, el activismo, en la forma en la que las personas aprendemos a amar y a relacionarnos.




