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Encomio de Helena Beristáin
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Por Francisca Robles
Doctora en Ciencias Políticas y Sociales con orientación en Comunicación por la FCPyS-UNAM, docente en los sistemas escolarizado, abierto y a distancia de esa facultad, y experta en análisis narratológico y en metodología en ciencias de la comunicación.
* La autora hace un emotivo y merecido homenaje a Helena Beristáin por su encomiable labor académica, que se traduce en 50 años de trabajar para la UNAM, gran cantidad de premios y reconocimientos, una prolífica actividad editorial y mucho amor a su alrededor.
La labor académica de Helena Beristáin es encomiable y aunque bien sé que no le gustan los halagos, hoy le voy a dar un disgusto.
Este año Helena cumplió 50 años de trabajar para la Universidad Nacional Autónoma de México, tiempo en el cual se ha dedicado a formar varias generaciones de estudiantes y maestros directamente con sus incontables cursos, talleres y clases o indirectamente con sus libros.
De los libros hay uno sobresaliente, el Diccionario de Retórica y Poética , herramienta con la cual, la teoría literaria dejó de ser una materia difícil. También el Análisis estructural del relato literario aporta una serie de explicaciones sobre la forma en que fueron escritas algunas novelas mexicanas. Con la Gramática estructural de la lengua española ha ayudado a varios maestros y alumnos en el proceso de enseñanza-aprendizaje del español, principalmente de las escuelas preparatorias y colegios de ciencias y humanidades.
Además de sus incontables libros, Helena ha publicado artículos especializados y reseñas. Todo ello como producto de su trabajo de investigación y docencia.
Helena es maestra en Letras Españolas y doctora en Letras por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM., sin embargo, su labor de académica e investigadora de la retórica se ha extendido casi a todas las disciplinas. No es difícil ver que sus libros son citados en trabajos académicos de Facultades como Arquitectura, Derecho, Ciencias Políticas y Sociales, así como en la Escuela Nacional de Antropología e Historia y la de Música.
Helena ha recibido varios reconocimientos académicos como la medalla Gabino Barreda, el Premio Universidad Nacional en Docencia en Humanidades, fue postulada por la UNAM como candidata al premio Príncipe de Asturias de España, recibió el reconocimiento Juana Ramírez de Asbaje y es además Investigadora Emérita del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, institución a la que ha consagrado gran parte de su existencia y a la que nos ha enseñado (a sus discípulos) a amar y a servir.
Quien no vive para servir, no sirve para vivir, dice la maestra y lo reafirma un lema escrito en papel amate que tiene pegado en su cubículo y que, nos cuenta, compró a una mujer indígena en la calle.
El servicio que presta a sus alumnos va desde motivarlos a la lectura hasta apoyarlos para realizar sus tesis profesionales, tanto de licenciatura como de maestría y doctorado.
Alguna vez en un curso nos obsequió su libro El Barroco mexicano y el cual tiene en la contraportada una interesante reflexión que refleja el tono didáctico característico de ella:
Si algún vicio he de tener, que sea el de leer.
Lo mejor que puede ocurrirle a un ser humano es leer un cuento, un poema, una novela: en fin, una obra literaria. Es como descubrir una puerta que conduce a este mundo y a otro mundo, simultáneamente.
El que se aficiona a leer literatura a guisa de esparcimiento, modifica automáticamente la calidad de su vida.
Ya nunca estará solo porque adquiere la posibilidad de convivir íntimamente con las inteligencias más finas y las sensibilidades más exquisitas que en el mundo han sido.
Tendrá la suerte, el orgullo, la felicidad de traer constantemente un libro bajo el brazo.
Aprenderá disfrutando, incesantemente, mientras viva.
Si bien a los alumnos los motiva para leer, a los profesores de literatura les recomienda cumplir con honestidad y esmero su función, adquirir conciencia de su propia importancia, perfeccionar constantemente su método de enseñanza y allegarse las herramientas necesarias, pues tienen a su cargo la responsabilidad de encaminar a los alumnos al gusto por la lectura y con ello pueden mejorar definitivamente el porvenir de sus alumnos, sin importar la profesión que éstos elijan.
Con Helena se aprende siempre. Cuando no está compartiendo sus conocimientos, está dando lecciones de vida, de amistad, de sencillez, de humildad, para, como dice ella, no marearse sobre el tabique escalado y pensar que si bien se alcanzó una meta, hay que planear la siguiente, siempre tener en mente un proyecto por realizar.
Uno de los proyectos más ambiciosos de Helena fue propiciar encuentros internacionales con los estudiosos más prestigiados de la retórica y con ello acercar a los estudiantes mexicanos (que carecemos de recursos para viajar al extranjero) al pensamiento de especialistas de Estados Unidos, Europa y Latinoamérica. Ha realizado dos congresos internacionales de Retórica, a los cuales asistieron gustosamente investigadores de renombre académico, provenientes de las mejores universidades del mundo.
Al compartir con ella la experiencia de organizar el Segundo Congreso Internacional de Retórica aprendí más sobre la mujer, sobre sus preocupaciones cotidianas, sobre sus malestares ignorados. También me contó algunas anécdotas y me enteré que no le gustaban los mariachis ni los halagos, que la mejor satisfacción la obtiene del deber cumplido, de ver cómo sus alumnos aprenden y se van realizando en sus respectivas áreas de desempeño profesional.
Durante el congreso fui testigo del cariño que le tienen todas las personas que la conocen y de la admiración que provoca su inteligencia y su sencillez. Me asombró su vitalidad, su alegría por haber alcanzado una meta y comprobar que casi todo iba saliendo conforme a lo planeado. Sobre la marcha y con mucho optimismo, seguridad y amabilidad resolvió los imprevistos que iban presentándose.
Comprobé que su cortesía es a prueba de todas las neurosis posibles y que para ella todos éramos importantes, desde las personas de intendencia hasta los eminentes investigadores y, por supuesto, nosotros sus alumnos.
Estando a su lado ratifiqué mi vocación docente y juré que de llegar a los 50 años de docencia universitaria, quiero ser como ella, lúcida, coherente, grande de espíritu, enorme de corazón.
Un día recibí gustosa una invitación para un homenaje que le organizaban sus amigos del Instituto de Investigaciones Filológicas y me sentí halagada por considerarme como tal, y es que mujeres como Helena hacen falta a este país. Ahí entre amigos, pude ver una vez más cómo es reconocida su labor, cómo es necesaria su amistad y su presencia. Es una gran fortuna tenerla cerca, saber que existe y que siempre está dispuesta a servir a quien lo requiere. Gracias Helena por todo lo que nos das. Eres un aliciente para quienes vamos por el camino (ingrato a veces) del trabajo académico en la UNAM.




