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Golpead a las hijas y los hijos, por su bien





Por Guadalupe López García
Periodista con Maestría en Estudios de la Mujer por la UAM y especialización en Estudios de la Mujer por el PIEM de El Colegio de México, se ha desempeñado como guionista y productora de radio; colaboradora, editora y coordinadora editorial en diversos medios como el IMER y la SEP, La Jornada, El Día, Uno más uno, Fem y Notimex. Trabajó en el Centro Integral de Apoyo a la Mujer "Esperanza Brito de Martí" en el DF y fue coordinadora de la Unidad Delegacional de Iztacalco del Inmujeres-DF. Ha recibido reconocimientos a su labor periodística y en defensa de los derechos de las mujeres por parte de la AMMPE, Conmujer, Cimac y la delegacion Iztacalco del DF.


* La autora levanta la voz para denunciar el maltrato infantil y nos recuerda que a las hijas y los hijos se les ama y se les respeta.

Cuando Teresa tenía nueve o diez años y lavaba los trastes, rompió una cazuela de barro. Su mamá, enojada, agarró un tepalcate [1] y se lo talló en el dorso de la mano, quizá hasta sangrarla. "Para que tengas más cuidado", le dijo. A Teresa le pegaban como algo natural; aunque ella no lo veía así, y "para desquitarse" de su mamá, le hacía gestos y le murmuraba "cosas" detrás de ella.

Desde que eso le pasó a Teresa, ahora de 65 años, han pasado al menos tres generaciones de niñas y niños que crecieron así. Antes de cumplir el año, ya habían recibido la primera nalgada por hacer berrinches; después de los primeros pasos, el manazo por tirar o romper algo; en el kínder y primaria, la cachetada por mojar los calzoncillos o el pellizco por correr o rezongar.

Todo combinado con el jalón de cabello, una quemada de cigarro, amarrarlos(as) a las patas de la mesa o al tanque de gas, un cinturonazo, el zapatazo, el escobazo, una patada, un puñetazo, encerrarlos(as) o dejarlos(as) sin comer. Eso era la educación, la disciplina o la formación de carácter; pues se daba por hecho que todos los niños(as)-árboles crecerían torcidos y que habría que enderezarlos a varazos... a golpes.

No se veía como violencia, sino como la "mano dura" o "mano firme" del padre o la madre que les enseñaba a no gritar, no tocar, no ensuciar, no molestar; en suma, a obedecer, no sentir y no hablar. No toda la infancia vivió así; sin embargo, la idea de golpear a las y los hijos como una medida dolorosa pero necesaria para "formar hombres (o mujeres) de bien", fue y ha sido la norma de una sociedad patriarcal dominante.

Cuando cursaba la primaria, tal vez el quinto grado, la profesora llamó a la mamá de María para darle la queja de que la alumna se portaba mal. Frente a la maestra y al grupo, la mamá agarró a María del brazo y le dio de nalgadas. No supe qué fue de aquella niña catalogada como "rebelde", "burra", "grosera" y "machorra"; pero cada que recuerdo aquel episodio, me duelen las nalgas, como si yo hubiera sido la castigada.

Así, muchas madres y padres ejercen su autoridad: "te lo advertí", "ya me colmaste", "tú te lo buscaste", "si corres te va a ir peor", "por eso soy tu padre (o madre)", "para que aprendas", "para que llores con provecho", "por rezongón", "sólo a golpes entiendes", "lo que necesitas es una buena chinga", "aquí el que manda soy yo", " ¡a mí no me vas a ver la cara!".

Ya cuando las niñas y los niños crecen, los golpes van disminuyendo; no porque hayan cumplido su cometido, sino porque es más difícil pegarle a un o una adolescente o joven que puede correr o también golpear. Eso indica que a los hijos e hijas se les pega simplemente porque se puede hacer, y porque sería más difícil descargar nuestras frustraciones o resentimientos contra otros adultos(as).

Cuando pasé por el departamento que rentaba, escuché a la mamá que le gritaba a su hijo por hacer mal la tarea. Ya me habían pedido que interviniera, pues ella y el padre lo golpeaban constantemente, al igual que a la otra hija. Mi vecina nunca me quiso dar los nombres y otros datos para reportar el caso a "Niñotel", un servicio telefónico del Gobierno del Distrito Federal.

Después de oír un rato los gritos, le toqué la ventana hasta que salió. Primero amenacé con denunciarla; después traté de convencerla, y al último terminé por suplicarle. "A usted qué le importa, ¡es mi hijo!", me reiteraba. Me fui molesta, no porque me haya dicho lo que me repiten cada vez que ando de metiche; sino porque no sabía cómo iba a reaccionar con el niño, a quien nunca le vi el rostro, pero al que quería abrazar y decirle: "no te preocupes, no estás solo, nadie te harán daño, ni tus propios padres".

La violencia hacia las y los hijos se denomina "maltrato infantil"; como si fuera una violencia menor, de baja intensidad. No me refiero al abuso sexual, trata de personas, explotación laboral; al nulo acceso a derechos como la educación, la salud o a una alimentación sana, ni a la miseria en que niñas y niños viven con su familia. Tampoco a que son carnada y víctimas del narcotráfico o hijas e hijos de criminales, de políticos(as) corruptos o de doble moral. Estoy hablando de esa violencia inicial contra niñas y niños que propicia que se generen esos otros escenarios.

Con todo, muchos papás y mamás ven a los golpes como una filosofía educativa; idea reforzada por algunos(as) especialistas, convencidos(as) de que más vale un golpe a tiempo que después lamentarlo. Como si los golpes fueran sanadores, como si hubiera violencia de la buena y violencia de la mala, violencia que mata y violencia que educa. "La letra con sangre entra", reza el dicho; como le pasó a Teresa, cuando la mamá usó el barro como tinta: "para que aprendas". Y Teresa aprendió a golpear y a dejarse golpear.

También muchos hombres y muchas mujeres que fueron "educados" con golpes piensan que fue por su bien: "a él le debo lo que soy", "yo me enderecé", "así se educaba antes", "era estricto(a), no violento(a)", "es que yo no entendía", "a mí no me afectó, al contrario... ". Entonces las y los hijos son culpables.

Esa idea se debe a que se nos ha enseñado a no cuestionar al padre ni a la madre, creencia basada en el cuarto mandamiento de la religión católica: "honrarás a tu padre y a tu madre", sin importar lo que hagan, pues al fin al cabo, ellos y ellas son dueños de la vida, el cuerpo y las decisiones de hijos e hijas; deseados(as) o no, propios(as) o no, in vitro o concebidos(as) por cualquier otro método. Así lo creyó Teresa, quien hace poco me dijo que lo que le hacía a su madre -burlarse a sus espaldas- fue algo malo y una falta de respeto

Ahora padres y madres han visto amenazada su "autoridad" cuando se habla de niñas y niños como sujetos de derechos: "desde que tienen derechos ya no quieren hacer nada", "se me pone al brinco", "amenaza con denunciarme", " ¡ahora resulta que los hijos nos quieren mandar!", "que no sólo les hablen de derechos, sino de sus obligaciones".

Parece que en el caso de las y los niños, los derechos no garantizan el desarrollo humano; al contrario, se ven como un obstáculo para su crianza, la pérdida de control y un permiso para la rebelión, el libertinaje y la anarquía. Ergo, no están preparados para tener derechos -como nos dijeron a las mujeres durante muchos años-; así es que al igual que un juguete peligroso, hay que confiscarlos hasta que aprendan a usarlos.

Aunado a la responsabilidad de padres y madres en la violencia contra sus hijos(as), el Estado mexicano ha tomado la figura de un papá regañón que también ve a las y los niños como una amenaza latente, al emitir en diciembre pasado el Marco para la Convivencia Escolar en las Escuelas de Educación Básica del Distrito Federal, para asegurar la protección de los derechos de las niñas, niños y adolescentes [2]; a través de "medidas disciplinarias".

Igualito como le hizo el presidente Felipe Calderón al declarar la guerra al narcotráfico, el secretario de Educación Pública, Alonso Lujambio, hace lo mismo pero en contra de niñas y niños que pegan y se portan mal en la escuela, de preescolar a secundaria, al emitir su grito de batalla: " ¡se acabó!"[3]. Por un lado se "defienden" los derechos humanos de niñas y niños; por otro, se aplica la política de la sanción, del regaño, de "a mí no me van a ver la cara".

Por más campañas que se hagan, redes de protección a infantes o denuncias públicas, la violencia contra niños y niñas está muy lejos de erradicarse, más cuando el Estado asume esa posición, la sociedad la avala y las autoridades, papás, mamás y otros miembros de la familia la reproducen.

Por ahora, a lo que voy con esta columna firme y contundente, es que a las niñas y los niños no se les pega. Punto. Es un delito. Punto. No quiero denunciarlos(as), ni convencerlos(as), ni implorarles, pero sí decirles que a las hijas y los hijos se les ama y se les respeta; eso lo deben saber todas y todos; más, quienes andamos en estos rollos de los derechos humanos y del feminismo.

Notas:

[1] Pedazo de la olla rota.

[2] Tomado de http://www2.sepdf.gob.mx/convivencia/conoce_marco/archivos/lineamientos_generales_marco_vonvivencia.pdf

[3] "Endurece la SEP reglas y sanciones para alumnos de educación básica", La Jornada, 14 de diciembre de 2011, p. 14.









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