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Alanis, a los trece


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Por Aura Sabina
Estudió Ciencias de la Comunicación (FCPyS), es poeta y colabora en varias revistas independientes.


Isn't it ironic, don't you think?

Morrisette

 

Decidí que me iría de pinta con mi papá. Había exentado en todas las materias y no tenía sentido ir a la escuela. Me desperté antes de lo previsto. Ya tenía listo un trajecito sastre color azul, y le pedí a mi mamá que me prestara unas medias. Quería verme como toda una ejecutiva, aunque chiquita. Me dejaron pintarme los labios y las pestañas.

Al llegar, fue inevitable el desfile de empleados que me saludaban con gusto mientras charlaban con mi papá: "Oye, Federico, ¿Pues a qué edad tuviste a tu hija? Todavía te ves muy joven","¿Qué edad tienes, nena?", "Qué bonita". Resulta que siempre me he visto mayor, y aunque tenía trece, parecía de dieciséis, de menos. Algunos hombres me veían, curiosos, pero discretos, nada comparado con los púberes de mi escuela.

La oficina de mi papá era grande y casi privada. Sólo la compartía con Judith, su secretaria. Todos los demás estaban detrás de las paredes de cristal. Lo primero que hice fue adueñarme de una silla, una mesa, hojas y plumas. No necesitaba más.

--Ella es Marce, mi hija. Se vino de pinta conmigo-- explicaba mi papá, con aire orgulloso.

--¡Qué gusto conocerte, pequeña!

El gusto era mío, definitivamente. Judith era de piel muy clara, delgada, de cabellos largos y ensortijados, sutilmente rojizos; ojos grandes. Sin maquillaje. Muy parecida a Alanis Morrisette, mi cantante favorita de aquellos entonces. Quise justificar por ello que me sentía atraída. Por algunos segundos me quedé suspendida en la idiotez. La contemplé mientras contestaba los teléfonos y anotaba.

Mi papá revisaba su agenda y algunos documentos. Judith se acercó a darle café a mi papá, y a preguntarme si quería un vaso de leche; pedí café también, para verme más interesante

--¿Con leche?-- insistió.

--No, gracias. Solo está bien-- le respondí, un poco sonrojada.

--¿Quieres una dona?

--Sí, gracias-- Y no sabía qué más decirle. No es que fuese la primera mujer bella en la tierra; ya antes había descubierto que Sonia y Victoria, del tercero II, eran muy guapas, y me gustaba verlas escribir, o encontrarlas entre clases por los pasillos. Pero una cosa es estar familiarizada con chicas de mi edad, a quienes me une la complicidad escolar, y otra, muy distinta, ver a la secretaria de mi papá que tenía por lo menos diez años más que yo. Fue la dona más deliciosa de mi vida.

Mientras mi papá iba y venía entre los cubículos, revisaba archivos en su computadora o hacía llamadas, yo escribía cada cosa que observé de los empleados, de Judith, del vigilante, de mi papá, de Judith de nuevo.

También me puse a leer "38 días a la deriva" para la clase de español, y volvía a pensar en Judith. No resistía voltear a verla ¡Basta! Pensé. Una de tantas veces que la miraba, ella alzó su vista y me sorprendió. Quise salir corriendo, pero a dónde, si no conocía el lugar.

Me preguntaba con ciertos intervalos de tiempo, si quería agua, qué música me gustaba, qué tanto escribía, si tenía novio y... qué pensaba ser cuando fuera grande. Me trataba como niña, mientras yo suspiraba y no podía contener mis pies que se movían de nervios.

Un compañero de mi papá me observaba. Cuando lo sorprendí cambió inmediatamente la postura. Entonces supe que yo le gustaba, y por eso su sonrisa y sus dos visitas a la oficina. Sentí lo que podría sentir Judith cuando notó mi mirada. No me gustaba el tipo, pero me sentí agraciada. Observé mis piernas. Definitivamente me gustaba sentirme con las medias. Suavidad inusitada. Pero qué lejos estaba todavía de ser una mujer, pese a que mi cuerpo estaba ya desarrollado.

Lo saludos no dejaron de llegar. Las señoritas (o licenciadas) decían que me veía muy linda. Alababan el corte de mi falda, la tela de mi saco o los zapatitos ñoños que usé. "Tú eres la que quiso un disco de Mercurio y otro de Jeans, ¿verdad?" me dijo Consuelo. Sabía que se llamaba así porque meses atrás mi papá me había regalado para el día del niño esos discos. "Sí, soy yo". Con semejantes evidencias, ¿cómo negar que yo era una escuinclita de secundaria? Así pasé la mañana: como reina de la primavera. Sentía que la oficina se había vuelto una embajada, de tan visitada. " ¿Tienes trece?" fue la pregunta del día. Y yo me sentía ridícula. En una de esas veces, Judith levantó la vista y sonrió. Qué ternura, supongo que pensó. Qué oso ser tan niña. Pero no podía evitarlo.

A la hora de comer salí con mi papá y con su jefe. Fuimos a un restaurantito. Pude sostener una plática superficial sobre eficiencia y ambiente laboral. Estaba por llegar el plato fuerte cuando vi desde la ventana a Judith, pasando con otra compañera. Por poco tiré mi vaso de agua. Mi papá notó mi turbación y miró a la ventana. Al ver a Judith, creo que comprendió. En ese momento sólo pude pensar "isn´t it ironic?"

De regreso a la oficina me quedé ausente, queriendo arreglar las cosas. En tanto, el jefe de mi papá seguía charlando con él. Eran ya las tres de la tarde.

Mi papá sabía que me gustaban las chicas porque una vez descubrió un dibujo que hice de Sonia, y frases que trascribí de canciones del disco de Jeans, con corazones dibujados con pluma morada. Y como a pesar de estar en tercero de secundaria no tenía novio, era evidente lo que me sucedía, pero no sé si sabría qué hacer.

Mi papá entró a junta, "pórtate bien", me dijo. Judith continuaba escribiendo. A ratos nos mirábamos y sonreía. En su minicomponente sonaba "21 things I want in a lover", de Alanis Morrisette, y no contenta con ello, se puso a cantar, en volumen bajo. Yo estaba anonadada. Se acercó para darme un dulce de leche.

--Pensé que te gustaría, y lo compré a la hora de la comida.

--Gracias-- con mi cara de idiota. Me acarició la cabeza, como a los perros-- ¿Me puedo sentar a tu lado?

--Seguro, pequeña.

Me acerqué a su lugar. Tenía la foto de Danaé, su labradora golden. Y un símbolo de labris, debajo del cristal que cubría su escritorio. Margaritas en su florero. Buscar un amor que te haga sentirte libre, dice la canción; experimentar, ayudar. Que sea un ser atlético...

--Quiero ser bailarina, cuando crezca.

--Pero hace rato dijiste que querías ser psicóloga.

--No, quiero ser bailarina, pero no se lo digas a mi papá. Él de arte no entiende y cree que lo hago por hobbie .

--Que sea nuestro secreto, entonces-- Y me guiñó el ojo izquierdo. Me percaté que mi media estaba rasgada y un hilito seguía corriéndose. --Sé cómo solucionarlo-- dijo con autoridad y dulzura.

Sacó de su cajón un barniz trasparente de uñas y deslizó la brochita sobre esa parte de mi muslo, con cuidado. Qué grata sensación en la piel. Duró apenas unos segundos, pero yo sentía que era lo máximo. Brinqué un poco. Me miró de un modo que no sabría definir.

--Es cierto, tienes lindas piernas, que hablan de tu pasión por la danza-- un silencio breve antes de que le contestara.

--Me gustan los cuerpos que comunican.

--¿Te gusta Alanis?

--Mucho-- Más obvia no pude ser.

Observó hacia los lados, como verificando que no nos vieran, se acercó y me dio un beso en la frente. De pronto, se levantó y salió de la oficina. Regresó con varias carpetas y se puso a trabajar. La noté un poco fría conmigo. Extrañada, decidí volver a mi sitio, a continuar mi libro.

Mi papá salió de su junta. Qué martirio esperar otra hora. Me dejó jugar solitario en su máquina (todavía no había internet) hasta que nos tuvimos que ir. No sabía si acercarme o no a Judith. Tenía miedo de que ella estuviera enojada. Para mi sorpresa actuó bastante natural. Vuelve pronto, pequeña. Fue lo último que de su boca oí. Pero a mi papá no le pareció tan buena idea que yo volviera a su oficina.









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