Por Lucía Rivadeneyra


El poemario Groenlandia, de la italo-mexicana Enzia Verduchi, es una provocación a redescubrir los opuestos y las coincidencia entre el hielo y la lumbre.



Groenlandia es una isla entre los océanos Atlántico Norte y Ártico a la que un día invadieron los vikingos, esos nórdicos que deseaban saquear, comer, violar y emigrar. Cientos de años después llegaron los daneses, se proclamaron dueños y no hubo ninguna persona que peleara por ella. Con el tiempo, ni a los daneses les importó porque prácticamente era un bloque de hielo.

Lo que no sabía la isla (las islas sienten, las islas hablan) es que un día su nombre estaría en una plaquette de la colección Parentalia; tampoco sabía que una mujer la aprehendería con palabras y, de cierta forma, la haría suya. Esa mujer viene de muchos lados; pero, fundamentalmente de 40 grados a la sombra. Quizá por eso ha retado al hielo.

Enzia Verduchi (Roma, 1967) ha sido capaz de armar -con 14 poemas breves- una visión extraña de Groenlandia y la vida cotidiana; en consecuencia, ha sido asaltada por la sorpresa y alterada su serenidad, la serenidad del hielo indiferente. Tres apartados conforman este material poético. El primero inicia con la palabra “Lumbre”; no conforme con ella agrega que “Lumbre es la memoria”. Y sí, la memoria quema, a veces devora, carcome, ubica.

Después, “Antípoda”, es decir, la Antártida y Groenlandia, los opuestos como claro ejemplo de que la pasión provoca antípodas: vamos del calor al frío, de lo sólido a lo líquido, de la oscuridad a la luz, del amor al odio y siempre viceversa. La última parte, “Groenlandia”, es la sensibilidad llevada a límites insospechados. Y luego no queda más que asombrarse, temblar y extrañar lo que no se conoce; dolerse por la suposición, que a veces quema.

Dice la poeta:

“Leí que las distancias se miden en sinik, ‘en sueños’, en el número de pernoctas que dura un viaje.

“… por momentos recuerdo la blancura de Nuuk, como si se pudiera añorar lo que no se conoce”.

Unos poemas así son una guía para temer lo gélido, aquello que de tan frío quema, pero también es una provocación a redescubrir el hielo: “Todas las respuestas están en el hielo, en las vetas del hielo”. Y así es. No se pueden sostener en la piel ni el hielo ni el fuego, los dos queman.

Dos detalles nos dicen mucho de este material gélido y pausado, que tiene que ver con la paciencia y con el tiempo. Uno, el epígrafe de Charles Simic que en español podría traducirse como “Tocándome tocas / El país que te ha exiliado”. Justo lo dice él, un migrante, un exiliado. Moverse por el mundo a veces nos lleva a la palabra o a buscar el sol de medianoche en el verano o la aurora boreal en el invierno.

El otro, tiene que ver con el colofón. Parentalia se distingue, entre otras cosas, por incluir siempre unos versos en él. Se afirma que Groenlandia se terminó de imprimir el 27 de diciembre de 2018 “cuando la vida dice aún: soy tuya, aunque sepamos bien que nos traiciona”. Manuel Gutiérrez Nájera supo o intuyó que su poema “Para entonces” acompañaría los poemas de una italo-mexicana.

Esa mujer viene de muchos lados; pero, fundamentalmente de 40 grados a la sombra. Quizá por eso ha retado al hielo.

Estoy convencida que Enzia es una escritora con una versatilidad asombrosa. Es capaz de escribir sobre “Petrarca en Campeche” o “Kalimán y los aires del Mayab” así como armar con las voces de las redes sociales Los segundos y los días, aquellos momentos que parecían interminables sobre la tragedia del terremoto de México en 2017 o escribir un poemario que se llame El bosque de la hormiga. De igual forma, escribe cuento o ensayo y cuando habla tiene un gran poder de convencimiento. Es capaz de escribir un poemario, el más reciente en ver la luz, maravillosamente complejo como Nanof (Vaso roto, 2019). No conforme con eso, es generosa con sus amigos, les abre puertas y ventanas y, de cuando en cuando, es decir siempre, viaja a deshoras, pero llega a tiempo. Y hay que subrayar que cocina como si fuera maga.

“Lumbre” es la primera palabra de Groenlandia y las últimas son: “tu nombre arde”. Por tanto, la y el lector pueden quedar convencidos de que después de leer esta plaquette, es posible convocar al fuego y decir con la voz de la poeta: “Lumbre, tu nombre arde sobre el hielo”. Luego de leer Groenlandia queda una extraña sensación de haber aguijoneado a la inquietud, al deseo de buscar lo inaprensible.  Hay versos que me han conmovido profundamente y un poema que casi me hace temblar de frío porque recuerdo que el frío es el preludio de la fiebre:

(5)
Si la piel del hielo se agrieta
si la piel del viento se escarcha,
si las antípodas en su viejo eje se desgastan
y la noche no es suficiente entre ambas
resta el silencio, siempre.

“Si la piel del hielo se agrieta”, quiero creer que es también la piel del agua la que sufre. Me llevo esta imagen para que me acompañe en el silencio. Y debo agradecer a Enzia Verduchi que me haya hecho sentir una vez más el hielo-agua, el viento, la tierra, el aire y el fuego. Con este ramillete de poemas se tienen a la mano los elementos que convocan a la reflexión formal o a la tertulia, así de propositivos e inquietantes son.

Texto leído en la presentación de Groenlandia, en la Casa del Poeta, abril 2019.

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