La docencia como trinchera de amor o cómo aprender enseñando sin morir en el intento

Foto: Mariana C. Bertadillo/MujeresNet

Por Aura Sabina


Dar clases no es solo transmitir el conocimiento, sino una constante provocación a buscarlo. Es el aprendizaje a partir de la enseñanza.



La primera vez que di clases fue como adjunta en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales (UNAM), a  jóvenes de segundo y octavo semestre. Mi edad me acercaba vertiginosamente a ellas y ellos y podía entender con cierta facilidad sus problemas académicos, sus referentes culturales, sus temores y quizá hasta sus emociones. En su mayoría eran del entonces Distrito Federal y tenían muchísimas ganas de aprender. Ante este contexto, el ejercicio de enseñanza-aprendizaje resultaba sencillo: aclarar dudas o incitar a más, dialogar y compartir. Por siempre agradeceré aquellos días cándidos de universidad, de construcción de utopía. Las diferencias sociales muy probablemente eran pocas. En ese entonces yo misma desconocía cómo sería el mundo al que les incitaba a descubrir, porque la docencia se trata de eso: no solo transmitir el conocimiento,  sino una constante provocación a buscarlo, ir saltando charcos epistemológicos y descubrir la luna llena sin luz propia, el arrebol cultural que nos cobija, la piedra ideológica con la que nos tropezaremos una y otra vez hasta que no aprendamos a pulverizarla o arrojarla lejos.

La siguiente vez que pude acercarme a la docencia fue en una preparatoria de Tenayuca, un lugar vulnerado por el crimen organizado, donde mis alumnas y alumnos se abrían de capa para mostrar las heridas de la violencia. Obviamente descubrí que no podía exigirles como a la banda de la UNAM. La materia de Comunicación se volvía una mezcla de materialismo histórico, géneros periodísticos y psicoanálisis, aderezado con regaños y  bailes, con un poco de dulzura y otro tanto de disciplina.

Al mismo tiempo, por las mañanas, impartía un taller, breve, de testimonio ―mezcla de un poco de literatura y de psicología―, en un reclusorio del Estado de México. Quien haya pisado la cárcel, bajo cualquier circunstancia, sabe lo fuerte que es descender a espacios tan oscuros. Es imposible no involucrarse emocionalmente en proyectos donde las educandas han pasado por múltiples opresiones y vejaciones, y hacer diferencia entre el absoluto abandono y el descubrimiento de una luz, por muy mínima que fuese, hacia donde escalar, por medio, no de mí, sino de su autodescubrimiento, de las palabras nuevas, de la lectura de otros testimonios de mujeres como ellas, en circunstancias de ellas. Y de la poesía, ay, bendita cosa, que les removía las lágrimas y las groserías que expresaran su dolor. Recuerdo la angustia al saber que las encerraron en sus celdas durante el sismo del 19S, sin posibilidad alguna de salvarse en caso de un derrumbe. Y no tener contacto con ellas sino una semana después de lo ocurrido.

Aprendí de la manera en que sobreviven con un bolillo, un café diluido y cigarros de baja calidad y alto precio. Aprendí qué es  barco,  cuartito, rancho, chivato… Las lecciones de  dormir en el suelo y bañarse a las cinco de la mañana con agua casi helada. De las peleas internas, de los pequeños infiernos creados dentro del gran infierno, porque a las mujeres se nos adoctrina para ser rivales en todos lados. Provocar la sororidad no siempre es fácil.  Y si bien, ellas creían que yo les había enseñado, en realidad, quien recibió las más fuertes lecciones fui yo.

La más reciente temporada docente empezó este ciclo escolar, en dos colegios de Cancún. Otro paradigma. Otro mundo, anestesiado y lleno de heridas invisibles que se vuelven sintomáticas. Tuve que adaptar mi ser entero a esta nueva realidad en que habitaba. Tuve que abrir bien los sentidos para poder ser un canal de comunicación entre su mundo y la realidad. Por mucho tiempo creí que todo era en vano porque las y los chicos no lograban permanecer callados ni atentos y porque sus exámenes no brillaban de dieces. Pero; oh, sorpresa, nada se compara al regalo de un “Gracias, miss, por hablarnos de cosas que nadie se atreve”, “Gracias porque nos impulsas a crecer, aunque duela”, “Gracias por hablarnos del abuso y del aborto”, “Gracias porque no sabíamos que estábamos violentándonos”.  Ha sido todo un viaje para revisar mis propias inseguridades y lograr la flexibilidad necesaria para poder conectar con estos chicos y chicas que, si bien tienen todo lo material, en muchos casos no han tenido una mirada humana.

…Ir saltando charcos epistemológicos y descubrir la luna llena sin luz propia, el arrebol cultural que nos cobija, la piedra ideológica con la que nos tropezaremos una y otra vez hasta que no aprendamos a pulverizarla o arrojarla lejos.

Es difícil en un mundo de consumo tan fuerte como lo es este lugar del Caribe, rescatar las humanidades. ¿De qué sirve la literatura, miss? Para que puedas entender las razones del mundo, para que al mirar a los ojos de los demás encuentres eco. Para que al mirarte tú al espejo puedas ver que alguien vive allí. Es lo que puedo atisbar. Y ver que se conmueven con Villaurrutia y que les da curiosidad quién es Sabina Berman, que por primera vez en su vida se cuestionan los privilegios en los que han vivido. Que a fuerza de muchas palabras han entendido el racismo, el clasismo  y la misoginia. No es fácil asomarles al mundo violento porque muchos viven en burbujas de seguridad, en conjuntos residenciales, porque no saben que mientras tienen tinas de hidromasaje hay personas que no tienen acceso al agua. Hoy por hoy saben que en las regiones, a no más de 10 kilómetros, la gente sigue muriendo a causa de la desigualdad. Hoy por hoy saben su corresponsabilidad en el pedazo de universo que habitan.

La literatura, el pensamiento científico, solo han sido el pretexto para acercarnos. Sigo sin apreciar el reguetón, pero entiendo el trap porque a partir de la música, del slam poetry, mis estudiantes se asoman a temas complejos de surrealismo. ¿Se imaginan hablar de la Edad Media con disfraces de fieltro y cantando O fortuna?  Versos del Quijote a coro, asimilación de insultos cultos… Agridulce mezcla.

Aunque hago todo por tratar de contagiar esperanza (que a mí también se me agota), día a día, no siempre lo logro.  Solo intento dar lo mejor de mí, y aunque a veces trabajo más de lo que debiera, estoy agradecida con esta experiencia de aprendizaje a partir de la enseñanza. Hoy me arrepiento mucho de cuántas veces provoqué a mis maestras a discusiones bizantinas. Ahora entiendo lo doloroso que es que alguien menor de edad te declare su amor. Qué fuerte cuando los miedos profundos, arcanos, emergen en una clase, pero hay que ser quien guíe y evitar que ontológicamente se vayan al abismo.

La figura docente ha estado siempre en mi imaginario. Es en donde he puesto gran parte de mi admiración. Ahora, hombro con hombro uno fuerzas con mis compañeros y compañeras. Y sigo aprendiendo. De cada persona. De cada día. Todo impredecible y asombroso. Nunca rutinario. Siempre divino. Agradezco lo que tengo, por cuanto lo tenga. Mi adolescencia estuvo llena de conflictos, y ahora me toca guiar a adolescentes. Qué hermosa, qué sabia es la vida, la gran maestra que nunca deja de enseñar.

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Soy maestra de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo

Vocación es amar lo que haces