Por Adiel Martínez Hernández


La reactivación del movimiento en las redes sociales pone de manifiesto la fuerza y decisión de las mujeres de las nuevas generaciones, pero también cómo la sociedad estigmatiza a las feministas. Como un acto enteramente contramasculino, la denuncia debe mantenerse.



Quiero recuperar tres ideas ya expuestas en colaboraciones anteriores en este espacio, con la intención de sumar una opinión más a la vorágine de comentarios con respecto al movimiento #MeToo en México. El revuelo mediático que causó la muerte de uno de los músicos denunciados en las redes sociales y nuevamente la polarización de la sociedad por la reactivación de dicho movimiento dan la oportunidad de presentar nuevamente estas argumentaciones.

Primero que hay un choque generacional evidente en la manera en como se está significando el abuso y las agresiones sexuales de parte de las denunciantes y las personas, amigas o familiares, cercanas a los denunciados. Hasta algunas feministas han expresado que las jóvenes del #MeToo no tienen la capacidad de distinguir entre acoso sexual y un galanteo pueril. Pero, insisto, ello se debe a que las generaciones anteriores teníamos una manera diferente de vivir y significar las prácticas sexuales. Además del hecho, también generacional, de callarnos y asumir que era una característica de la cultura machista.

Por eso asombra y aturde la valentía con la que las nuevas generaciones denuncian estos actos de abuso y acoso sexual de parte de los hombres con los que interactúan en los distintos espacios públicos. Como ya expresé, visibilizar estos hechos permite tomar medidas preventivas y correctivas que deben de ir más allá de la afectación de la imagen pública de estos personajes o las instituciones a las que pertenecen.

Visibilizar estos hechos permite tomar medidas preventivas y correctivas que deben de ir más allá de la afectación de la imagen pública de estos personajes o las instituciones a las que pertenecen.

En segundo lugar está la manera en que la sociedad sobredimensiona el impacto del movimiento #MeToo recurriendo a la estigmatización de las feministas como las nuevas inquisidoras que buscan la aniquilación de los hombres. Legitimando las posturas que sostienen que la solución entonces es cortar de tajo toda interacción entre hombres y mujeres. Cuando lo realmente urgente es frenar el acoso y las violencias de género. Cuestionar la masculinidad en sus privilegios y reeducarnos para alcanzar un cambio cultural que nos lleve a la equidad.

La tercera idea se relaciona precisamente con el hecho de que el cambio cultural consiste en realizar contrasentido a los significados establecidos sobre las relaciones de género, la masculinidad hegemónica y todas aquellas prácticas que expresan una asimetría social. En ese sentido creo que el movimiento #MeToo es un acto enteramente contramasculino que busca desarraigar la idea del poder sexual del hombre sobre las mujeres y otros hombres. De ahí que continuar con las denuncias del abuso de poder de la masculinidad hegemónica es una actividad que debe mantenerse constante.

El movimiento #MeToo como parte de esta cuarta ola del feminismo poco a poco dará frutos. Está en nosotros ser simples observadores indiferentes o ser partícipes de un cambio que es necesario para nuestras dinámicas de género. 

 

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