Foto: Mariana C. Bertadillo/MujeresNet

Por Georgina Ligeia Rodríguez Gallardo


Tarea menospreciada históricamente aunque sea fundamental para la vida cotidiana y familiar, los y las empleadas domésticas son seres ‘no existentes como personas’, a quienes la discriminación, la desvalorización y la precariedad de las condiciones laborales las lleva a padecer la mayoría de las violencias: emocional, física, sexual, social, económica, de género, raza y clase.



En el marco de la proyección de la película Roma (2019, A. Cuarón) el papel de las personas de servicio doméstico se discutió en mesas de café y en distintos foros las más de las veces con alabanzas; pero asimismo fue la oportunidad de que la discriminación, racismo y clasismo asomaran de manera vergonzosa. También se dio pie a hablar de derechos humanos y de la discriminación que este sector laboral padece; si bien es un asunto que tiene ya rato de discutirse, el derecho a la seguridad social se suma a la discriminación, la desvalorización y la precariedad de las condiciones laborales que han acompañado la labor del servicio doméstico a través de los tiempos, pero en esta ocasión experimentaron un nuevo empuje a su favor.

La labor de limpieza y atención de las necesidades de los y las integrantes de un hogar es una tarea menospreciada históricamente aunque sea fundamental para la vida cotidiana y familiar e invaluable para el desarrollo económico de la familia y por tanto de las naciones. Alguien tiene que ensuciarse las manos para mantener el orden y aseo de un hogar.

Las “sirvientas” o la “servidumbre” de una casa se define en el marco de las relaciones sociales de poder –como muchas otras relaciones que se dan en el ámbito privado-, es un vínculo laboral informal, precario y no está de más señalar el inexistente compromiso del patrón o patrona para con el empleado al que puede despedir en cualquier momento sin necesidad de avisar, bajo cualquier pretexto y sin dar compensación alguna. A lo que se suma la violencia en diferentes formas: groserías, desprecios, se les da de comer sobras o comida diferente a la del resto de la familia, entre otras humillaciones (violencia emocional); en casos extremos golpes dados por mujeres, hombres y por los menores de la casa (violencia física); violencia económica al percibir un sueldo limitado sin prestación alguna, se les descuenta lo que rompen, lo que se pierde, o lo que comen, y no podía faltar la violencia sexual en que los patrones violentan a las mujeres y en el peor de los casos las embarazan y corren. En su gran mayoría se trata de mujeres que realizan las tan denigradas labores domésticas de lavar, planchar, limpiar y ordenar la casa, pero que también se suman jardineros, cocineras, choferes y otras personas con labores domésticas varias que viven las mismas condiciones.

Como ya se dijo, el servicio doméstico históricamente ha sido sujeto de violencia y discriminación. Bajo la premisa de que todo trabajo debe de ser digno tenemos la incongruencia de la trabajadora o trabajador doméstico cuya labor es denigrada y que se encuentra vulnerable por el tipo de servicio que ofrece -el aseo de una casa-, sufren maltrato de muchas formas pero la violencia también se da al tratarlos como objetos, como seres no existentes que ordenan la casa, es lo que Goffman (1969)  llama como “no existente como persona”:

 

“En nuestra sociedad el sirviente es, quizá, el tipo clásico de la persona ‘no existente como persona’. Se supone que el sirviente debe de hallarse en la región anterior mientras el dueño de la casa ofrece su actuación de hospitalidad entre los invitados. Si bien en algunos sentidos, como vimos anteriormente, el sirviente forma parte del equipo anfitrión, en cierta medida es definido, tanto por los actuantes como por el auditorio, como alguien que no está allí. Entre algunos grupos sociales se da por sentado que el sirviente puede entrar libremente en las regiones posteriores, ya que se parte de la base de que no es necesario mantener las apariencias ante él, ni producir ninguna impresión.” (Goffman, 1969:162-163)

 

La persona que realiza labores domésticas reciben un trato distinto, puede ser que en algunos casos con cortesía, y hasta con cariño pero siempre de forma distante, indiferente o condescendiente. Las y los empleados domésticos son tratados como objetos, es una relación de poder en que se cosifica su presencia, se pueden tratar temas personales mientras que el servicio está presente sin importar que escuchen porque no interesa que escuchen ya que no importa, no tiene valor lo que piensen y se presupone que no deben de comentar lo que ven o escuchan, es un acuerdo implícito. En caso extremo se les indica que se retiren con solo una seña, o de forma descortés.

 

“Si bien a los sirvientes solo suele dirigírseles la palabra para hacerles un “pedido”, su presencia en una región introduce por lo general ciertas restricciones en la conducta de aquellos que están plenamente presentes, y mucho más, al parecer, cuando la distancia social entre el servidor y el amo no es muy grande.” (Goffman, 1969:163)

 

En la película Roma, se suma otro elemento a la labor de servidumbre, la servidumbre no solo es humilde sino que es indígena y por supuesto es mujer. Recordemos que en México la discriminación histórica de los grupos indígenas se da por el simplemente hecho de ser un grupo minoritario, lo que es la expresión máxima de la discriminación y racismo.

Las mujeres que realizan labores domésticas han sufrido violencia en sus diferentes manifestaciones, pero también han padecido en silencio la negación de sus derechos laborales y humanos.  Recientemente la Suprema Corte de Justicia de la Nación determinó que las empleadas domésticas deberán de contar con Seguro Social, esto será obligatorio, no una acción de buena voluntad por parte del empleador (Incorporación Voluntaria). El Instituto Mexicano de Seguridad Social (IMSS) en enero de 2019 inició con un plan piloto desplegado que sólo podrá operar de esta manera por año y medio ya que tendrá que presentarse un proyecto permanente.

Todos y todas debemos de reconocer su labor y apreciarla en su valía, pero principalmente porque son personas que tienen derecho a un trato igualitario e inclusivo.

Si bien aún se tendrá que trabajar en la manera en que el Instituto Mexicano del Seguro Social establezca y la forma en que serán inscritas las personas trabajadoras domésticas. Se deberá de cumplir con seguros de riesgo de trabajo, maternidad, invalidez y vida, retiro, cesantía en edad avanzada y vejez. Esta decisión no fue por buena voluntad, se tomó gracias a los años de litigio de María Rosario Garduño, de 80 años y que trabajó por 50 años en una casa y solicitó entrar al IMSS y ser indemnizada, además de contar con todas sus prestaciones de ley; en parte lo logró, pero su lucha rindió frutos para muchas trabajadoras y trabajadores domésticos que se beneficiarán con su querella.

Con esto se daría cumplimiento a sus derechos laborales, sin embargo, el trato que reciben es un tema que requiere de mucho más trabajo, y tristemente también las mujeres y  menores de edad ejercemos violencia. Todos y todas debemos de reconocer su labor y apreciarla en su valía, pero principalmente porque son personas que tienen derecho a un trato igualitario e inclusivo. Recordemos la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros” (10-12-1948). Hagamos conciencia en este tema y trabajemos por un trato de respeto e igualitario, todos tenemos responsabilidad, pero somos las mujeres las que tenemos mayor injerencia en el tema, el trabajo doméstico se da en la esfera de lo privado, que aún es un ámbito -ya no exclusivo- de las mujeres, por lo que es nuestra responsabilidad empezar a cambiar en que esta relación laboral reciba un trato justo y considerado.

Referencia:

Goffman, Erving (1969) La presentación de la persona en la vida cotidiana. Buenos Aires: Amorrortu.