Foto: Mariana C. Bertadillo/MujeresNet

Por Abigaíl Huerta Rosas

Doctora en Ciencias Sociales y Políticas por la Universidad Iberoamericana, maestra en Estudios de la Mujer por la UAM, socióloga por la UNAM y especialista en Género y Sociología de las Emociones.


Al margen de estar consciente de que esta actitud no es la más adecuada para generar una vida libre de dolor, violencia, discriminación o desprecios, hay que aceptar el hecho, pues es lamentable que sobre las mujeres aún exista el fantasma que nos coloca en la imposibilidad de ser humanas, con todo lo que ello implica.



Según el Diccionario de la Real Academia Española la palabra cabrón en su acepción coloquial es aquella persona, animal o cosa que “hace malas pasadas o resulta molesto”. Si pensamos en las mujeres, la cabrona representa ser aquella mujer que hace malas pasadas que molestan a los y las demás.

Me parece que sin lugar a dudas las mujeres tenemos toda la capacidad y posibilidad de ser unas cabronas. Incluso, al interior del hogar, espacio considerado por excelencia femenino. Y es que pareciera que pese a que las mujeres desde mediados del siglo XIX, en la mayoría de sociedades occidentales, contamos con el carácter de “humanas”, aún en la cultura de lo cotidiano se nos ve como lo más cercano a las deidades femeninas, sobre todo del cristianismo (la principal: la Virgen María) en donde ellas: no desean, no se enojan, aman incondicionalmente y no son crueles, menos si de su familia se trata, particularmente de hijos e hijas.

La legítima necesidad de abogar por nuestros derechos, comenzando por el derecho a la vida y el acceso a espacios sin violencia, niega u olvida que las mujeres también podemos ser cabronas. Las mujeres somos capaces de abandonar a los hijos, desquitarnos, ser revanchistas, vanidosas, intolerantes, frívolas, desear ejercer el poder desde los muy distintos espacios, desde los más constructivos hasta los más corruptos o crueles para las mayorías.

Ocupar pocos puestos de poder en comparación con los hombres hace pensar, incrédulamente, que cuando “lleguemos” seremos nobles, bondadosas y abogaremos por los más necesitados -sobre todo necesitadas- pues toda mujer, por el hecho de serlo, debe ser consciente de cuál es la deuda moral e histórica en torno a la justicia de género.

En los reclusorios existe un porcentaje importante de mujeres presas por haber matado a sus hijos o por haberles prostituido o por haber permitido que su pareja, padre o padrastro, abusara de ellos o ellas. Y cuando se desea voltear a ver a estas mujeres, escuchar sus motivos, verlas y sentirlas como parte de un sistema humano que corrompe, hiere y las heridas generan más heridas, se dice: “es que lo hacían por amor”, “amaba mucho a su pareja”. Es decir, al estar enamoradas de sus parejas se dejaban convencer o corromper por ellas. Vaya, no lo hacían porque odiaban a sus hijos o hijas, no lo hacían por cabronas.

Las esposas pueden golpear y someter a sus parejas, hombres o mujeres, sí; ¿es lamentable? Sí. Al igual que lo son las grandes e históricas cifras de mujeres violentadas por sus parejas hombres. Según Martha Torres Falcón, para que exista una relación en la que se dé violencia debe existir abuso de poder. ¿Las mujeres tenemos la capacidad de abusar del poder? ¡Por supuesto! Hemos tenido poco poder, o poder confinado a los espacios privados; sin embargo, es claro que podemos hacerlo.

La legítima necesidad de abogar por nuestros derechos, comenzando por el derecho a la vida y el acceso a espacios sin violencia, niega u olvida que las mujeres también podemos ser cabronas.

Según la información existente en torno a la violencia al interior del hogar, son las mujeres madres y abuelas las que más violentan a sus hijos e hijas. Pero ¿cómo? ¿Qué no las madres son las que aman, cuidan, proveen de todo lo necesario e indispensablemente amoroso hacia los y las menores? Pero muchas tienen hijos e hijas no planeados/as, no amados/as. Muchas de ellas se arrepienten de haber sido madres. Muchas de ellas se cansan, se hartan, se estresan, se olvidan de ellas por realizar labores monótonas, aburridas, invisibles. Muchas de ellas abandonan sus proyectos laborales, profesionales o de entretenimiento por ser las principales responsables de sacar adelante el hogar, misión históricamente adjudicada a las mujeres. Pero ¿no era eso parte de su naturaleza? Pues saber que pueden ser las madres las principales violentadoras de los hijos e hijas, nos indica que no.

Las mujeres que juzgan a otras mujeres o les envidian o les meten el pie en el trabajo, la familia, los círculos de amistades ¿son casos anómalos o son mujeres siendo humanas? Como si la sororidad debiese ser la máxima obligación de cualquier mujer ante la manifestación de deseos “malsanos”. Y negarlo y ocultarlo y decir “no, no debe ser así” me parece igual de normativo y castrante hacia las mujeres, que muchas de las reglas que nos han indicado “esto es lo correcto por ser mujer”.

Las mujeres que llegan a obtener un puesto de poder, laboral o político, no necesariamente son las más justas con otras mujeres, al contrario a veces les detestan más y les violentan o agreden por ser madres o ser guapas o ser atractivas sexualmente. Por supuesto hechos lamentables, sin embargo hechos que no nos deberían sorprender pues hablamos de que esa mujer es una ser humana.

Cuando Yalitza Aparicio Martínez -mujer de origen oaxaqueño, docente de preescolar, ajena a la fama y los avatares de la actuación y el estrellato en la pantalla grande- logró obtener popularidad gracias a su papel protagónico de Cleo en la película Roma de Alfonso Cuarón (2018), se pudo ver mucho acerca de lo que se piensa debe ser una mujer, más si existen desventajas sociales en su origen social y familiar.

Por un lado estaba la gente que la discriminaba y agredía por ser “india”, comentarios sumamente racistas y clasistas. Pero, por otro lado, también estaban las personas de una línea digamos más progresistas en torno a la conciencia de género y social que cuestionaba si su comportamiento era el adecuado para una mujer de su raza, origen, cultura, clase social y género. Cuando Yalitza apareció en la portada de la revista Hola y Vogue, publicaciones que se caracterizan por exponer a gentes famosas, ricas y bellas (según los cánones hegemónicos de belleza occidental), “todo indicaba” que Yalitza “deseaba blanquearse”, “quería olvidarse de su origen”, “no reivindicaba su raza, clase social, género y cultura”. Era como si de ella, por su origen y cultura, sólo se debiese ver y escuchar un discurso a favor de la opresión de las mujeres indígenas que por más de 500 años han padecido explotación, sobajamiento y discriminación, más siendo indígena, mujer y de Oaxaca.

Las mujeres podemos tener toda la capacidad de ser unas cabronas, pues somos seres humanas.

Y por supuesto que el sobajamiento y la discriminación han sido verdad, han generado sufrimiento por siglos a todos los pueblos indígenas, particularmente a las mujeres, ojalá nunca hayan existido y ojalá desaparecieran por completo. Temas que por cierto Yalitza sí llegó a mencionar en tono de defensa de su cultura y la temática de la película, una trabajadora del hogar en una familia de clase media y de origen indígena en la década de los 70 en la Ciudad de México. No obstante, era como si ella debiese llevar a cuestas la carga y la deuda de toda una historia, como si ella no pudiese sentirse contenta, orgullosa o incluso manifestar sentimientos propios del ambiente de los espectáculos en medios masivos y de la llamada farándula: vanidad, frivolidad, materialismo, agrado por el consumo de vestidos elegantes y caros.

Que Yalitza acabara viviendo en una mansión en México o Estados Unidos, que al verla en la calle alguien quisiera pedirle una foto y ella despectivamente se volteara y dijera: “no, no quiero fotos con la gente” y se fuera del modo más grosero y antipático sería motivo de mayor dolor por ser ella; por ser mujer, por ser indígena, por tener que redimir una historia. Y si dicho actuar nos pareciera una cabronada, supongo que habría el derecho o motivos suficientes; sin embargo, yo recordaría que Yalitza así como cualquier otra mujer es una cabrona, y ¿por qué no podría o no debería serlo? ¿Acaso no es humana?

Vamos, al margen de estar o no de acuerdo con ser una cabrona, al margen de estar consciente de que las actitudes cabronas no son las más adecuadas para generar una vida libre de dolor, abusos, violencia, discriminación o desprecios, sí creo que la deseada liberación de las mujeres o equidad de género tiene que darse cuenta de que las mujeres podemos tener toda la capacidad de ser unas cabronas, pues somos seres humanas. Me parece lamentable que sobre las mujeres aún exista ese fantasma que nos coloca en la imposibilidad de ser humanas, con todo lo que ello implica.

Si quisiéramos que cada vez existiera menos gente cabrona, tanto hombres como mujeres, yo diría que primero tendríamos que aceptar el hecho. Ojalá no haya tantas condiciones sociales y familiares que propiciaran que hubiera tanta cabronez, pues detrás de dicha gente hay dolor, carencias, sufrimientos, privaciones, miedos, tristezas, una estructura social y de valores que propicia, promueve y reproduce la cabronez. Sí, por desgracia, las mujeres, al igual que los hombres también manifestamos los avatares de una estructura social y humana en donde sólo somos humanos, tal vez demasiado humanos, parafraseando al filósofo alemán Friedrich Nietzsche.

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